Pablo Romero Montesino-Espartero

Pablo Romero Montesino-Espartero
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Camarote desde donde fueron escritas algunas de estas cartas-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Con este blog pretendo ir recopilando las cartas escritas por mi hermano Pablo Romero M-E, dirigidas a la familia, durante sus primeros años de navegación tras terminar su carrera de Marino Mercante allá por el final de la década de los años cincuenta, principio de los sesenta-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------.

martes, 25 de diciembre de 2012

AMÉRICA, MÁS CERCA, GALICIA, MÁS LEJOS

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
 
 



Carta nº - 14 -

El paso del trópicos-a pesar de lo mucho que se ha escrito sobre él-no es tan maravilloso como se cree. Quizás lo más hermoso sean sus noches... si sopla algo de brisa, porque de otra forma el calor sofocante cargado de humedad lo convierte en un verdadero suplicio. Las guardias de mar nocturnas se hacen muy largas de manera que en cuanto veía un barco en el horizonte, le hacía señales luminosas con el “aldis” entablando amigable charla por Morse. Nos cruzamos información sobre origen y destino, nacionalidad, carga que transportaba etc. y si era español el tema preferido era los sueldos.
 A propósito del “aldis”. Desde el Peñón de Gibraltar, los ingleses suelen llamar por medio de este aparato de señales luminosas, a todos los barcos que cruzan el Estrecho. Solicitan nombre, viaje, nacionalidad etc. para hacer sus estadísticas que vienen después publicadas en una Gaceta del Lloyd Register de Londres. Navegaba yo en demanda del Cabo de San Vicente a bordo del “Maruja y Aurora”, el cual con la corriente en contra no andaba más de 6 nudos (11 kms por hora). Al estar al sur de Punta Europa recibí la clásica pregunta desde el Peñón: “What ship?” (¿Qué barco?) a lo que contesté : “Queen Mary” de Brurriana a Barbate. No le debió hacer ni pizca de gracia al señalero británico, pero a nosotros tampoco nos la hace el que estén allí y que encima nos controlen el paso por el Estrecho.

 Mi salida de la guardia a las cuatro de la madrugada venía premiada con un reconfortante baño nocturno en la piscina. Era la mejor hora para disfrutarla. Todos dormían y las estrellas lucen muy hermosas antes del alba. A los pasajeros de tercera clase no les estaba permitido hacer uso de ella, así es que también era el momento más apropiado para invitar al “ligue” de turno para un baño tropical sin testigos. Nos jugábamos un correctivo del Capitán pero ...¿cómo no correr riesgos ante tan apetecible oportunidad?
El pasaje, a medida que transcurrían los días de navegación, iba percibiendo que América estaba más cerca y Galicia tan lejos como jamás hubieran pensado pudiera estar. A veces se te encogía el alma viendo a personas mayores apoyadas sobre la borda, con la mirada perdida en el horizonte de la mar y llorando a lágrima viva, a más de diez días de nuestra partida. ¿Qué pasaría por sus mentes que tanto les entristecía? Para mí que cada día que pasaba se rendían más cuenta de que para muchos era un viaje sin retorno. Salían de sus camarotes al no poder resistir por más tiempo el terrible bochorno producido por el clima y el calor de las máquinas del barco. Se tumbaban en cubierta y se mojaban con las mangueras que poníamos a disposición de la tercera clase, bebiendo agua a todas horas. Los que podían superar el malestar producido por el suave movimiento del barco, iban cogiendo fuerzas y se les notaba más activos, pero continuaban caminando por los pasillos como “patos maneaos” sin poder acompasar el balance del barco. Otros se quedaban sobre cubierta toda la noche a pesar de la recomendación de no hacerlo para no dormir en un ambiente saturado de humedad. Pero aquella brisa producida por nuestra velocidad, les producía unas ganas irrefrenables de dormir al raso. ¡Qué poco qué ver con las noches de nuestra hermosa Galicia¡ Aquella brisa es fresca y huele a prados verdes, estiércol y humo de hogar...

 La radio brasileña traía al pasaje gallego un idioma familiar y cercano que por un momento les debía hacer pensar que habían estado dando vueltas y que de nuevo se encontraban en casa. ¡Triste espejismo¡ Estábamos a más de ocho mil kilómetros de Cabo Finisterre y aunque no se notara, la latitud nos había cambiado de estación. Estábamos en verano.
 Después de trece días de navegación, apareció la costa de Brasil desdibujada y difusa por la calima, pero lentamente iba tomando forma, dejando ver su exuberante vegetación. Desde el puente, con los prismáticos, podía uno percatarse de la extraordinaria diferencia con nuestras costas atlánticas, acantiladas y pobres de vegetación. Las playas, inmaculadamente blancas, interminables y limitadas solamente por el verde oscuro de sus selvas, infunden en el ánimo una mezcla de admiración sin límites y de temor a tanta naturaleza salvaje.

La gaita, ya no se la oye a la caída de la tarde o durante las reuniones entre paisanos que se cuentan sus vivencias y recuerdos. La cercanía de la costa y la vista de sus luces durante la noche, atraen a todos a la banda de estribor. ¡Es América¡ La tierra prometida que en poco tiempo se tornará en un calvario para la mayoría, hasta su integración en las nuevas costumbres, idioma, trabajo...
 Al amanecer, Cabo Frío nos avisaba de que Río de Janeiro estaba a la vuelta de la esquina.

Pablo

(Continuará)

miércoles, 12 de diciembre de 2012

EL PARALELO 39º-31´ (II)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero





Carta nº - 13 -


La estrella Polar, esa gran amiga y compañera de viaje del marino, iba perdiendo altura a medida que bajábamos en latitud.
 Mucho se ha escrito poéticamente sobre la relación que existe entre ella y aquellos que se adentran en la mar océana, como diría nuestro extremeño Vasco Núñez de Balboa. Quizás falte explicar aunque solo sea someramente el por qué de esa relación casi amorosa .
 Para muchos “terrícolas”, el norte es algo intangible, ambiguo y amplio. Para nosotros, los marinos, es un punto exacto de referencia y desde el cual empiezan a contarse todos los rumbos de la rosa de los vientos. Nuestro Norte-con mayúscula- es un rumbo que si lo siguiéramos desde cualquier punto del globo terráqueo, nos llevaría indefectiblemente al polo geográfico de nuestro hemisferio boreal, claro está, siempre y cuando el instrumento que nos dirigiera no tuviera errores. Aquí es dónde entra en juego nuestra querida estrella.

 El instrumento que nos guía, es la aguja magnética, que nos marca tan solo su norte particular : el “norte de aguja”. A veces, éste difiere del que queremos seguir sobre la carta náutica en hasta 15 ó 20 grados y que es el llamado “norte verdadero”. Pues bien,esa diferencia que es producto de un sin fin de variaciones magnéticas y desvíos producidos por el magnetismo terrestre y los hierros del barco, y que a su vez varían según la latitud y el rumbo, es lo que llamamos “corrección total de la aguja”. Esta corrección la podemos obtener por varios sistemas de cálculos más o menos tediosos, pero hay uno que nos la da de manera casi instantánea- y con un mínimo error -con solo lanzar una visual o “marcación” a la estrella polar, que para nuestra fortuna se encuentra situada próxima al Norte de la esfera celeste. En esto estriba su grandeza, ya que si tenemos en cuenta que en el Mar del Norte –por ejemplo-se navega entre barcos hundidos de las dos grandes guerras, bancos de arena, zonas aún minadas y de intensas corrientes, recorriendo “ways” o pasillos marcados con boyas distantes entre sí y que obligan a frecuentes cambios de rumbo, nos haremos una idea de lo que significa tener la certeza de que la aguja corregida de errores nos dará el rumbo verdadero que necesitamos para no salirnos del camino. Si tenemos en cuenta la escasa visibilidad y las frecuentes nieblas de ese mar cruel, nos podremos hacer una idea de por qué la Polar es tan importante para nosotros, especialmente para la mayoría de los barcos españoles que carecen hoy en día de modernos sistemas de navegación como son el radar, el Decca , Loran etc. Ver en una clara nuestra estrella o esperar a verla entre nubes, nos puede ocupar tiempo y paciencia, pero si lo conseguimos, nos puede dar un respiro o la seguridad, al menos, de que nuestro barco está haciendo el rumbo deseado.
 Unas singladuras antes del ecuador, la Polar a duras penas se la ve sobre el horizonte, dejando paso a una de las constelaciones más bellas del firmamento: la Cruz del Sur. El sol a su paso por el meridiano, va adquiriendo cada día una mayor altura, hasta llegar a culminar en nuestro cenit, momento en el cual las sombras desaparecen, por estar el astro rey, exactamente sobre nuestras cabezas.

 La mar llana como la palma de la mano, ofrece durante la noche el maravilloso espectáculo de la fosforescencia producida por el casco del barco al romper las tranquilas aguas. Una guirnalda de luminiscencia nos rodea convirtiendo nuestro casco en un imponente tubo de neón que todo lo ilumina, mientras aquí y allá oímos el tableteo de las colas de los delfines que en sus zambullidas van dejando su huella luminosa en la oscuridad impenetrable del mar.
 El día 1 de Febrero de 1959 crucé por vez primera el ecuador. Fue un día típico de los trópicos, cargado de humedad y de altas temperaturas. En nuestro rumbo a las islas del archipiélago de Fernando de Noronha y a pocas horas de nuestra recalada en la Isla Rata situada ya en el otro hemisferio, la proa de nuestro barco parecía cortar una mar de mercurio.

 Un poco ajenos a todo y como pensando que la oficialidad joven había perdido la razón, los pasajeros nos miraban incrédulos cuando nos veían aparecer disfrazados de no se sabe qué, como acólitos de un tío con barba blanca portando un tenedor de campeonato, fabricado en el taller del barco.
 El rey Neptuno interpretado por nuestro segundo oficial Radiotelegrafista-hombre de aspecto, orondo , bonachón y un tanto descuidado-como buen fumador de pipa-parecía más bien haber salido de una taberna escocesa que del fondo del mar. Su pesada corona era un macetero de hierro al revés, pintado con purpurina, y la túnica una colcha de cuadros rojos y azules que tapaba a duras penas sus absolutamente bien ganados michelines. Los tres Alumnos de Náutica, obligados por el alto mando, no teníamos más remedio que servir de comparsas, acompañando a Neptuno por todo el barco, envueltos en sabanas cuarteleras y con las caras lo suficientemente pintadas como para no ser reconocidos por los pasajeros. A nuestros “ligues” las gustábamos de “branquinho”-como dijera una pasajera brasileña – con nuestros blancos uniformes y no haciendo el payaso lanzando agua a todo el que se ponía a tiro. Pero tenía de parte positiva, que de vez en cuando, pasajeros que no habían abandonado aún el síndrome de la partida de La Coruña, reían o sonreían con las patochadas que montábamos en los alrededores de la piscina, bautizando y entregando títulos que acreditaban el paso del ecuador y que iban firmados todos ellos por el Capitán y Neptuno.

 Existe una práctica extendida en los barcos de pasaje, que el oficial que por primera vez cruza el ecuador, debe ir de cabeza a la piscina vestido de uniforme. Nadie te dice cuándo ni como, pero no te libras a lo largo del viaje. Por desgracia para mí, me cogieron de noche y no me dio tiempo ni tan siquiera a quitarme mi flamante reloj Cauny comprado en nuestra escala en Tenerife. Desde ese momento y según reza mi título, el Rey Neptuno me aceptó en su reino con el rimbombante nombre de “Tiburón de los Mares del Sur”. ¡Ahí es nada¡
Pablo

sábado, 1 de diciembre de 2012

EL PARALELO 39º-31´ (I)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
Foto: De guardia en el Monte Urbasa
Carta nº - 12 -

El maretón de poniente a lo largo de la costa portuguesa, comenzaba a causar estragos entre el pasaje. Es una mar de fondo de ola larga y tendida que produce un balance continuo y muy desagradable incluso para nosotros. De madrugada, incapaces de soportar las cuatro paredes y la masificación de los camarotes de tercera clase, los emigrantes subían a cubierta con las colchonetas y rodaban sobre ellas como croquetas de uno a otro lado en el vano intento de pegar un ojo. Algunos permanecían horas con el pecho sobre la borda arrojando a la mar hasta el hígado, con la faz demudada y grandes ojeras.
En mi guardia crucé por vez primera a bordo del Monte Urbasa el paralelo 39º-31´ de Cáceres. Es una supina idiotez, pero es el momento en que en la mar, siempre me encontré más cerca de mi casa. Nunca pude evitar fijar en la carta náutica el punto en que de haber sido Cáceres un faro, habría estado allí. La verdad es que solo podía apreciarse el pinchazo de mi compás sobre el papel gris de esa zona “deshabitada”, lejos de la costa, pero muy cerca de mi corazón.

Al cuarto día de navegación y con no poco esfuerzo de la vista, aparecía entre nubes el pico del Teide y más tarde Punta Anaga, y con ella, la esperanza para aquellos a los que la travesía les había sometido a la primera prueba desagradable de su viaje, robándoles el apetito, el sueño, volcándoles el estomago y llevándolos casi a la extenuación.

Tenerife nos recibía siempre con sus tiendas de indios abiertas hasta altas horas de la madrugada. Era nuestra “américa”, pues nos permitía mejorar sustancialmente nuestros pobres ingresos como Alumnos de Náutica, que en el mejor de los casos nunca superaban las mil pesetas mensuales de sueldo.

Tratar con los indios de Las Palmas o Tenerife sin ser engañados no era tarea fácil. Se necesitaba una gran astucia, sentido comercial y determinación antes de aceptar cualquier precio. Nuestro negocio, conocido en la terminología marinera como "faifa", consistía en comprar productos tales como tabaco americano y whiskey-dos clásicos-aunque también ampliábamos la oferta con: medias, conjuntos de perlón, tijeras, mantillas españolas, radios japonesas, crema Ponds, bacalao en hojas, conservas de pescado etc. para ser vendidos especialmente en Buenos Aires.
Si la compra tenía sus dificultades financieras para nuestros pobres bolsillos, no era nada si lo comparamos con las de esconder todo aquello a los ojos de los corruptos policías e inspectores que nos visitaban en cada puerto. Estos nunca estaban satisfechos con la “participación” que se les daba en el negocio y eran capaces de desmontar hasta el último tornillo del barco si no se llegaba a un acuerdo entre “caballeros”.

Nuestro camarote era una especie de cruce de vías del aire acondicionado. En el confluían dos tuberías rectangulares de buen tamaño, unidas por unos cincuenta pequeños tornillos. Una vez desmontados los tubos del “cruce”, nos permitía tener a nuestra disposición un almacén de treinta centímetros de alto, por tantos metros de largo como fueran necesarios, ya que el tubo recorría el barco de proa a popa . Solíamos introducir en él, lo que podríamos llamar el “principal”, esto es, el tabaco y el whiskey. Teniendo en cuenta que en profundidad llenábamos hasta los diez o quince metros, debía ir todo perfectamente ligado, de forma tal que tirando del “hilo” pudiéramos extraer la mercancía. A veces y debido al exceso de volumen almacenado, éste no permitía el paso correcto del aire acondicionado, lo cual volvía locos a los mecánicos que no lograban descubrir, por qué aquello no funcionaba bien al ir hacia el sur y si ,en cambio, cuando íbamos para el norte.

Una vez colocada toda la" faifa " se procedía al sellado, pintado, secado y retocado-todo un arte- para que los inspectores de Aduanas brasileños y argentinos no pudieran ni imaginar lo que allí escondíamos.

Tenerife era a la vez puerto de embarque de emigrantes canarios y de provisiones especialmente vinos, champagne y cognac francés, caviar iraní, salmón ahumado noruego, puros habanos y un sin fin de artículos inaccesibles para los peninsulares y que la tripulación y el pasaje de primera clase podíamos disfrutar a precios irrisorios, cuando no, formando parte del menú de a bordo a lo largo del viaje.

Una vez completado el pasaje y ya en la mar, nuestro deporte favorito como solteros, era buscar entre los pasaportes lo mejorcito del pasaje femenino y preparar un plan de ataque individualizado. Era importante saber la edad de la “victima”, si era soltera, casada, casada por poderes y sobre todo si viajaba sola o acompañada y finalmente el puerto de destino-esto último muy importante, para saber el tiempo de que disponíamos para “actuar”-.

Con una mar bella y el alisio por la popa, los pasajeros comenzaban a asomar tímidamente y a transitar por las cubiertas, si bien algunos no superarían el mareo y en algunos casos los llevaría a extremos peligrosos de desnutrición y deshidratación. En cierto viaje una pasajera se pasó la travesía de Tenerife a Río de Janeiro tumbada en una hamaca en cubierta noche y día, sin probar bocado y a punto de morir de no ser por nuestro médico que la mantuvo viva a duras penas.
Poco a poco, el pasaje en su totalidad emigrante y por tanto acomodado en tercera clase, iba participando en las verbenas que organizábamos para que olvidaran sus penas y dramas. Las canciones de Pepe Blanco y las muñeiras, hacían verdaderos milagros en el ánimo de aquella gente. De vez en cuando y si la ocasión de “ligar” lo merecía, poníamos música de Nat King Cole hasta que “pescábamos”. A partir de ese momento nos subíamos a la cubierta de la toldilla de popa con nuestra “pebeta”, donde teníamos instalada nuestra “boite” particular lejos de cualquier mirada indiscreta. Bajo el cielo estrellado del trópico y con mi tocadiscos RCA de 45 revoluciones - montado sobre esponjas para evitar los saltos de la aguja producidos por las vibraciones de la máquina-, enunciábamos todos los tiempos del verbo amar arrullados por Frank Sinatra, Domenico Modugno o Lucho Gatica.

 Las casadas por poderes eran el blanco preferido de los más experimentados en el arte de conquistar a la fémina. Lo que parecería poco menos que imposible dada la excepcionalidad de la situación, no lo era tanto y de cuatro o cinco embarcadas, siempre había alguna que pecaba. Las noches del trópico, la música romántica, el no se sabe qué de afrodisíaco de los barcos... lo cierto es que éstos producen un extraño efecto en la mujer. Lo malo era que, como en los pueblos, todo se sabía enseguida y cuando el resto del pasaje tenía la certeza de que la infiel estaba traicionando al que le esperaba en Buenos Aires o Río de Janeiro, le pasaba factura a la llegada.
 En cierta ocasión, una de estas impacientes del amor, fue abucheada en Río de Janeiro por todos los pasajeros que continuaban viaje a Buenos Aires. El marido que estaba en el muelle esperándola, al verla descender por la escala, salió a su encuentro, y mientras la abrazaba, al percatarse que los abucheos iban dirigidos a su flamante esposa, miró inquisitivo a los pasajeros y uno de ellos a voz en grito le dijo:

“¡Los tienes más retorcidos que los de un carnero...¡”
Allí mismo y luego de algunas discusiones, la plantó con su maleta en el muelle y se volvió sólo por donde había venido.

 La pobre subió al barco y rogó al Capitán que la llevara de regreso a España, a lo que el “viejo” le contestó, que el barco continuaba viaje para Buenos Aires y que tardaría en llegar a España un mes y medio. Finalmente y con su maleta de cartón en la mano derecha y el bolso en la izquierda se fue cabizbaja caminando hacia la ciudad.
PABLO


(continuará)

miércoles, 21 de noviembre de 2012

¡TODOS A LOS PUESTOS DE MANIOBRA!... (II)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero


 
Carta nº - 11 -


La Coruña nos dio la bienvenida con el reflejo de los primeros rayos de sol en sus casas acristaladas, mientras las murallas del fuerte de San Antón, se teñían de un color dorado que me traía recuerdos de nuestro Cáceres Monumental, cuando el sol desperezándose tras la Montaña, va encendiendo sus torres y almenas.

 En el muelle, una gran multitud se agolpaba esperando que el barco quedase atracado, para poder embarcar. Mucha de aquella gente estaba sentada sobre sus maletas de madera o cartón. Gente de todas las edades, si bien la mayoría eran hombres jóvenes. Sus caras reflejaban el cansancio de la espera, la incertidumbre y quizás el miedo a lo desconocido. Era gente variopinta aunque se podía decir que predominaban los campesinos y aldeanos. Algunos de nuestros futuros pasajeros mostraban un porte más distinguido, formando corrillos aparte, pero cuando veías de cerca su vestimenta te dabas cuenta de que era falsa apariencia. En realidad eran personas de chaqueta cruzada algunas, pero sobadas o descoloridas por el paso del tiempo, corbatas raídas y de cabellos opacos y sucios. Finalmente, también podían verse otras de edad, imbuidas en sí mismas, llorosas y un tanto desaliñadas, sentadas en mitad del muelle sobre sus equipajes, en espera de que se les permitiera el embarque.

 Inmediatamente después de dar el último cabo a tierra, subieron las autoridades. Aduana, Sanidad, Carabineros...”todos portando grandes carteras negras flácidas, vacías... Pasada una hora, esas mismas carteras saldrían por la escala del barco, portadas por las mismas personas, pero llenas de cartones de tabaco y Whiskey...era una especie de “impuesto” voluntario que el Capitán y el Mayordomo pagaban gustosos, para no tener complicaciones administrativas en la escala”. (Este párrafo entrecomillado, no fue publicado por el periódico).
 A renglón seguido, las autoridades sanitarias concedían al barco la”libre pratica” o de barco “limpio” y por la escala real, daba comienzo el embarque en procesión, de emigrantes con destino a América.

 En mis días de estudiante en Cádiz, había presenciado el embarque y desembarco de pasajeros en el "Constitution" y el "United States"- dos impresionantes trasatlánticos de la American Export Lines que en viajes de crucero, escalaban en aquél puerto-. Era un pasaje tan distinto al nuestro como pudiera serlo el del Orient Express si lo comparáramos con el famoso “shangai” Madrid-La Coruña de nuestros gloriosos ferrocarriles.
 Llegado un cierto momento retiramos el letrero que prohibía subir a bordo y fue conformándose una larga cola gris de gente portando sus maletas, paquetes y atillos de toda índole. Desfilaban entre una multitud de familiares sollozantes, mientras aquí y allá iban fundiéndose en abrazos eternos que les hacía a algunos perder su sitio en la cola. Las tocas blancas de algunas monjas rompían el monótono color gris oscuro de la masa.

 De pronto se oyó un murmullo y todos miraron hacía el cielo. Pendiendo del cable de la grúa que cargaba la bodega número uno -dedicada a equipajes pesados y material de respeto del barco-, se cimbreaba basculante una rueda de afilador de Orense. ¡Toda la “industria” de un emigrante colgada de un hilo, era causa de admiración, risas y hasta gritos angustiosos de buena parte de aquella gente expectante¡
A medida que nos iban entregando sus pasaportes se les asignaban camarotes de hasta ocho literas, separados por mamparos de acero que dejaban un espacio de medio metro en el techo, para que pudiera circular el aire forzado. Estos espacios nos creaban problemas durante el viaje y en cierta ocasión dos monjas subieron despavoridas al puente para denunciar que algunos hombres se asomaban desde el camarote contiguo. Para su suerte, las cambiamos a un camarote de segunda clase, totalmente aislado.

 El primer bocinazo del barco avisando la salida, provocó la inquietud y el nerviosismo de todos. Unos intentaban subir a las cubiertas superiores- cosa prohibida al pasaje de tercera-otros corrían de un lado para otro buscando a quienes desde tierra gritaban sus nombres, otros extendían sus brazos hacia adelante, como queriendo alcanzar las manos de los seres queridos que en pocos momentos iban a desaparecer, quizás para siempre de su vista. Se izó la escala real a bordo y se largaron los cabos. En el puente, el práctico y el Capitán se desplazaban de una banda a la otra sin prestar la menor atención al drama que se estaba viviendo en la cubierta principal.
 El tercer bocinazo desató el delirio. A medida que el barco iba separando su casco del muelle, el pasaje fue concentrándose a popa entre llantos y gritos desgarradores. Desde tierra les lanzaban caramelos a los que se iban, mientras alguien- que la había ocultado todo el tiempo-, desenfundó una gaita lanzando al aire las primeras notas de una muñeira.

 Hombres como castillos lloraban a moco tendido con la cabeza apoyada sobre la barandilla de hierro. Otros con la mirada perdida hacia las cristaleras de los Cantones, daban la sensación de una cierta pasividad, sin exteriorizar sus sentimientos ocultos, pero denotando tristeza en sus rostros.
 Desde mi puesto de maniobra presenciaba todo aquello ajeno al dolor de quienes en poco tiempo, el océano sería para muchos, la barrera infranqueable que para siempre les separaría de España. Un camino fácil de recorrer hacia el sur pero muy difícil hacia el norte. El éxito estaba reservado para unos pocos elegidos, que regresarían algún día siendo la envidia de sus paisanos, con un buen automóvil cargado de cromados, en la bodega del barco. Serían los menos, quizás un uno por mil. Para nosotros era un viaje de ida y vuelta, la rutina, la seguridad y al final nuestra patria esperándonos con los brazos abiertos.

En pocas horas se había cumplido el trámite. Habíamos embarcado cerca de cuatrocientos pasajeros, llenados nuestros tanques de agua dulce y tomado provisiones.
 Se oyó el telégrafo del puente dando “toda avante” y tras las primeras trepidaciones de la máquina al girar a la máxima potencia, el barco volvió a sus ruidos rutinarios en navegación, esos que a los marinos nos hacen coger mejor el sueño. Por la popa, la Torre de Hércules impertérrita a los acontecimientos del día, se perdía en el horizonte, a la vez que los últimos pasajeros iban abandonando la cubierta cabizbajos e inseguros, en su caminar hacia los camarotes.

PABLO

......................

" Este vaise,
 aquel vaise
e todos, todos se van;
 Galicia sen homes quedas
que te poidan traballar.

Tés, en cambio, orfos e orfas,
tés campos de soidade.

 Tés nais que non ten fillos,
e fillos que non ten pais.

E tés corazones que sofren
longas ausencias mortais,

 viúvas de vivos e mortos
que ninguén consolará".

Rosalía de Castro

lunes, 12 de noviembre de 2012

¡TODOS A LOS PUESTOS DE MANIOBRA!... (I)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero



Monte Urbasa

Carta nº - 10 -


“¡Todos a los puestos de maniobra¡”
La voz del Primer Oficial se oyó a través de todos los altavoces del barco.
...
Por fin salíamos a la mar con destino a los puertos de escala en el viaje de ida: La Coruña, Vigo, Tenerife, Río de Janeiro, Santos, Montevideo, Buenos Aires, Rosario y Mar del Plata.

Se me asignó el puente descubierto de popa, desde el cual transmitía las órdenes que recibía del puente principal al segundo oficial responsable de la maniobra de popa. Mi situación era un lugar elevado y privilegiado para ver todo lo que había a mi alrededor. Digo esto porque al pasar junto al "Monte Nuria", algunos tripulantes que estaban en cubierta presenciando nuestra maniobra de salida, me vieron encaramado en mí puesto, uniformado y con el teléfono de comunicaciones con el puente en la mano. Aquello debió ser “demasiado” para mis antiguos compañeros y resolvieron negarme el saludo metiéndose dentro, antes de que pasara el "Monte Urbasa" delante de ellos.

¡Qué espectáculo ver como nuestra proa hendía la superficie del mar “filando” a dieciséis nudos¡ La mayor velocidad alcanzada en mi anterior barco nunca pasó de los ocho nudos.

Cuando subí al puente para hacer mi guardia, era de noche. No pude reprimir un ¡oh¡ de admiración al entrar y contemplar las luces fluorescentes de los relojes indicadores : Angulo de metida del timón, clinómetro, tacómetros, corredera, giroscópica, pantalla de radar, controles de luces de navegación y de seguridad, alarmas de incendios en bodegas y camarotes, comunicaciones por VHF...todo estaba encendido y funcionando arrullado por el suave zumbido de los motores eléctricos de los sistemas de navegación. Creía haber agotado mi capacidad de asombro, hasta que al relevo de timonel, el Piloto de guardia me dijo que cogiera el timón para irme acostumbrando al servo eléctrico, mucho más sensible y de reacción más rápida, que el que tenía el "Monte Nuria" que era de vapor.
¡Podía llevar el barco con la punta de los dedos¡

¡Qué sensibilidad al ángulo de metida de caña y qué reacción casi instantánea de la caída de la proa a una u otra banda¡ Por unos instantes y a mis recién cumplidos veintiún años, creí tocar el cielo. Estaba gobernando uno de los mejores barcos de la compañía, mientras los destellos del faro de Cabo Peñas entraban tímidamente por la puerta abierta de babor, mitigando la oscuridad del interior del puente.
En el alerón, y apoyado sobre la tapa de madera barnizada de la regala me dejaba acariciar por la falsa brisa de poniente producida por la marcha del barco. Por la proa, las estrellas estampadas en el fondo oscuro, casi negro del cielo, iban sumergiéndose lentamente en el agua, mientras mis labios se impregnaban de un suave sabor salino.

Si mirar hacia proa era colmar tu espíritu de sensaciones nostálgicas y románticas, dirigir la mirada hacia popa era sentir el poder de la máquina que bajo tus plantas impulsaban a las quince mil toneladas que desplazaba el "Monte Urbasa". La estela blanca y recta se curvaba a veces por la guiñada del timonel al salirse de rumbo, pero al poco volvía a ser un camino de espuma blanca que se perdía por el este en la oscuridad de la noche.

En la pantalla fosforescente del radar además de los distintos ecos producidos por otros barcos y la silueta anaranjada de la costa, podía apreciarse nítidamente nuestra estela, denotando con ello la buena marcha del "Monte Urbasa".

La chimenea iluminada por potentes focos mostraban la A roja-insignia de la compañía- sobre fondo amarillo. Era un lujo que me resultaba difícil asumir, pero que marcaba la maravillosa realidad de mi cambio. Miraba mi bocamanga, y el fino galón dorado rematado por el ancla bordada sobre terciopelo negro, me llenaba de orgullo y de agradecimiento hacía mis padres, que con tanto sacrificio habían pagado mis cuatro años de estudios fuera de Cáceres.

Hubiera querido que mi primera guardia de mar en el puente del "Monte Urbasa" no hubiera terminado nunca, pero el cuádruple doble repique de la campana me sacó de mis ensoñaciones para decirme que eran las cuatro de la mañana y mi guardia había terminado. Por babor, la poderosa luz del faro de la Estaca de Bares anunciaba nuestra proximidad a mi querida Coruña.

Después del consabido ritual del cambio de guardia a los compañeros que entraban, bajé a mi camarote compartido con otros dos Alumnos de Náutica, gallego el uno, vasco el otro. No pude conciliar el sueño en lo que me restaba de noche. El cambio de sonidos, mis recuerdos más inmediatos de la guardia, fueron culpables de que a las ocho de la mañana, estuviera viendo la Torre de Hércules sin haber pegado ojo.


PABLO

(continuará)

domingo, 4 de noviembre de 2012

EL MONTE URBASA (un embarque deseado) (I)


Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
Monte Urbasa

 Publicidad de las dependencias del Monte Urbasa
Carta nº - 9 -

 Cuando nuestro Monte Nuria o “monte penurias”- como lo rebautizamos la tripulación- pasó junto al Monte Urbasa inmaculadamente blanco, saludándonos con su bocina mientras nuestra hélice levantaba los lodos de la ría de Bilbao, comprendimos que nuestro lamentable estado, debió inspirar al Capitán de uno de los mejores barcos de la flota, una brizna de admiración o quizás de lástima.
 ¡Aquello si qué era un barco¡

 Desde su puente, dos oficiales uniformados nos miraban como si ante ellos estuviera pasando la muerte con guadaña. Éramos de la misma familia, la misma carrera, la misma insignia en las chimeneas y la misma bandera, pero los escasos metros que nos separaban, marcaban la frontera entre el lujo y la miseria.
 Mi madre que había estudiado en el Colegio de las Irlandesas de Hendaya con la hija del armador, me recomendó para que me transbordaran... y el milagro se produjo. No podía creérmelo. Cuando el Capitán me informó de que había recibido ordenes para mi transbordo al Monte Urbasa preparé mi maleta de cartón-para su último viaje- y en el momento de la despedida me soltó a bocajarro:

“Debe tener usted un buen enchufe .En ese barco solo navegan los hijos de papá”.
Al pisar por vez primera la cubierta de madera de teka de mi nuevo barco, tuve la sensación de que mis pies la iban a ensuciar mientras caminaba hacia el despacho del Capitán, acompañado por un oficial.

 Cruzamos el vestíbulo pasando junto al comedor de primera clase. Sus puertas de cristal grabado y maderas nobles permitían ver un amplio salón en el que las lámparas reflejaban su luz en los barnices de paredes y techos, imprimiendo al conjunto de mesas y aparadores un brillo sobrio y elegante, como si de un restaurante de finales del siglo XIX se tratara.
 Enfilamos la escalera principal de peldaños alfombrados, haciendo crujir sus maderas a cada paso que dábamos en nuestro camino hacia la cubierta de primera clase. Al posar mi mano sobre la barandilla de caoba y deslizarla escalinata arriba, sentí en ella la agradable sensación de estar acariciando el lomo de un gato de angora.

En nuestro camino hacia la cubierta de oficiales pasamos ante las puertas de los camarotes de primera clase y los dos camarotes de lujo. Una camarera estaba preparando uno de ellos y no pude hurtarme a desviar la mirada a su interior. Fue como un “flash”, pero por un instante vi en la camarera a Bette Davis saliendo del baño de la habitación de un lujoso hotel en una de sus películas.
 El Capitán nos recibió en su despacho de paredes forradas de madera, sillones tapizados en piel negra, que denotaban su frecuente uso, y un velador de marquetería. Sobre la mesa de trabajo, además de los consabidos utensilios de escritura, unos prismáticos Zeiss. Más adelante supe que aquellos prismáticos no se podían tocar bajo ningún concepto cuando estaban en el puente.

 Los ojos de buey parecían más bien de oro de ley que de bronce, de tanto lustre como tenían. En las paredes algunos cuadros con motivos de la campiña vasca y uno muy especial enmarcando un documento con el reconocimiento por parte de la Coast Guard americana al Monte Urbasa por su colaboración en el salvamento de náufragos en las costas de los Estados Unidos.
 Pero de todo ello lo que más me impresionó fue ver iluminado el repetidor de la aguja giroscópica fijado en el techo por medio del cual en todo momento de la navegación, el “viejo” podía controlar el rumbo que estaba haciendo su barco. De donde yo venía, ese instrumento que en cierta manera jubiló a la aguja magnética, sabíamos de su existencia solo por los libros de la carrera.

 Vestía uniforme de invierno y era un hombre de unos cincuenta años, de porte distinguido, educado y elegante. También me pareció algo coqueto por llevar pañuelo blanco asomando tímidamente por el bolsillo superior de la guerrera. Es una costumbre arraigada en los marinos de alto rango en la Royal Navy y que sin duda alguna, es correctísimo su uso en cualquier marina cuando se viste uniforme azul.
 Debía haber recibido alguna información sobre mí humilde persona proveniente de la naviera, ya que me dijo al saludarme, que había nacido en una ciudad con mucha historia. Agradecí el que no me soltara la frasecita que me persiguió siempre como marino del interior y sin más me ordenó que vistiera siempre de uniforme a bordo del Monte Urbasa y que me presentara al Primer Oficial para recibir instrucciones sobre mi trabajo, guardias de mar, etc.

 En cuanto me hube cambiado, subí al puente de mando en compañía del oficial de guardia, que me puso al corriente de cual sería mi más inmediata función durante la maniobra de nuestra inminente salida a la mar.
 Acostumbrado al ”monte penurias” en el que los instrumentos de navegación consistían en una brújula o compás magnético, una sonda eléctrica y un radiogoniómetro poco o nada fiables, aquel puente me parecía el sueño de cualquier marino.

 Radares de maniobra y de navegación, sistema Decca de navegación hiperbólica, aguja giroscópica, piloto automático, radiogoniómetro, tacometro, clinometro, indicador de ángulo del timón, sondas, corredera hidrostática, “chivato” de rumbo giroscópico con gráfico, sistemas de comunicación por VHF, sistemas de alarmas para luces de navegación y para incendios en bodegas y camarotes con detectores de humos y un sin fin de otros instrumentos relativos a la seguridad de la navegación y el pasaje. Cuando por primera vez me vi reflejado en el cristal de una de las puertas del puente, no me reconocí y pensé que aquel oficial de uniforme que había frente a mí, no era yo sino otro al otro lado de la puerta.
 La Cámara de Oficiales y su salón de lectura anexo, era una réplica del salón de un club inglés. Sillones y sillas de piel oscura con mesa corrida para catorce comensales, paredes de madera con apliques, espléndido aparador de maderas nobles al fondo con espejo biselado y apliques que hacían que lucieran los cubiertos y vajillas colocados en perfecto orden sobre él. Las ventanas con cortinas colgadas de barras de reluciente latón sustituían a los típicos ojos de buey, y sus bronces brillaban reflejando la luz tenue de las lámparas. Cuando por vez primera ocupé mi puesto en la cámara, estaban ya sentados en sus respectivas sillas la mayoría de los oficiales. Al presentarme el Primer Oficial a todos ellos mencionando mi nombre, mi mayor deseo fue que mis padres hubieran podido presenciar la escena.
PABLO

(continuará)

sábado, 27 de octubre de 2012

FILADELFIA Y EL PRINCIPIO DE ARQUÍMEDES (III)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero



 
Carta nº – 8 -

Me pregunto ¿por qué estará tan caprichosamente mal repartida la belleza en este mundo?
 Con el fin de incorporarme a mi nuevo destino he viajado en tren desde Barcelona a Génova, bordeando la famosa Costa Azul. Durante el trayecto y mientras discurrían ante mis ojos: Montecarlo, Niza, Cannes, San Remo... me he venido haciendo la misma pregunta, al asociar el hermoso paisaje que desfilaba ante mis ojos, con el que ofrece la carretera de Medellín en pleno Agosto.
...

Norfolk es la base aeronaval más importante que los americanos tienen en la costa este. Sus muelles se encuentran materialmente abarrotados de colosales naves de guerra, algunas, veteranas de Tarawa, Peral Harbour, Leyte o Normandia durante la Segunda Guerra Mundial.
 Desde el insignificante dragaminas, hasta el poderoso acorazado, pasando por los más diversos tipos de maquinaria bélica flotante, disfruta aquí de su merecido descanso. Portaviones, cruceros, destructores en número impresionante, parecen sumidos en un pacífico y letárgico sueño abarloados unos a otros a lo largo de kilómetros. Es una fuerza poderosa de cientos de barcos, signo identitario de un país pujante al que no parece haberle hecho el menor desgaste la guerra que finalizó hace escasos años.

 Durante todo el día y la noche, el cielo de Norfolk se ve cruzado en todas direcciones por los más modernos reactores. Bombarderos impresionantes, cazas y helicópteros, no dejan descansar un momento nuestros tímpanos.
 En esta nuestra última escala en el continente americano, mi fobia por este país y sus incómodas costumbres había llegado al máximo. Por otra parte, la frialdad de carácter, y poca hospitalidad de sus moradores, me hacían desear abandonarlo cuanto antes.

En el estado de Virginia al cual pertenece Norfolk, la discriminación racial es de lo más severa, no siéndoles permitido a los negros efectuar compras o hacer uso de algunos servicios públicos, estando sometidos a una separación del comercio entre ambas razas. Una de las cosas que más poderosamente me llamó la atención, fue la “frontera” existente en los autobuses. A un tercio de su longitud, una cadena divide o separa a los unos de los otros, con la particularidad de que la cadena puede desplazarse hacia atrás (zona de negros), y no en cambio hacia adelante, (zona de blancos), aunque el excesivo número de viajeros de color así lo requiriese.
 Durante el tiempo que permanecí en los Estados Unidos tuve ocasión de charlar y cambiar impresiones, con emigrantes españoles. Todos ellos, los unos carpinteros, los otros mecánicos etc., tenían uno o dos lujosos automóviles, apartamento con todo género de adelantos modernos, destinados a hacer más cómoda la vida doméstica y cuanto un español de su clase pudiera soñar. Ninguno estaba contento con su suerte. Al igual que yo, echaban de menos la tranquilidad, el calorcillo de nuestros bares y cafés, la animación callejera, la cocina casera, el buen vino, y tantas otras cosas imposibles de conseguir allá.

 Los automatismos dominan al pueblo americano, que como fiel cordero se adapta a ellos sin vacilación alguna, obsesionado por la idea del tiempo. Yo, como buen español, opino que sufren mayúsculo error al considerar tiempo perdido el empleado en saborear una buena comida, paladear un café o dormir una discreta siesta. Usted que me lee, ¿cambiaría todo esto, por un frigorífico, una cocina eléctrica o un televisor? No, estoy seguro que no, pues usted como yo, sabe perfectamente que no existe tiempo mejor gastado, que el perdido en el disfrute de estos pequeños placeres tan nuestros, tan españoles.
 A partir de las seis de la tarde, no se ve alma viviente por la calle. Los bares quedan vacíos y los cinematógrafos dan su última sesión, a la que solo asistirá un contadísimo número de espectadores, y a veces ninguno.

 El tráfico enloquecedor del día queda reducido a unos escasos vehículos lanzados a velocidades supersónicas por las amplias avenidas. Los enamorados, estacionan sus automóviles en los lugares más inverosímiles, huyendo de la linterna del policía y en todos los hogares, cada miembro de la familia, busca la postura más cómoda frente al receptor de televisión.
 Completada la carga de grano con destino a Hull en Inglaterra, nos hicimos a la mar en demanda de la Corriente del Golfo que nos proporcionaría uno o dos nudos más de velocidad en nuestro regreso a Europa.

 Mi estancia en Norteamérica había durado aproximadamente un mes, en el transcurso del cual, conocí tres de las ciudades más populosas; la “fortificada” Norfolk , la bella y distinguida Philadelphia y Baltimore además de otras como Gloucester, Wilmington, Portsmouth...tan iguales, que para mi solo se diferenciaban en el nombre.
 Cuando dejamos Cabo Henry por la popa de nuestro noble y maltrecho barco, pensé para mis adentros: ¡América para los americanos¡

 El día 22 de Noviembre de 1958 al ser las 0036 horas del reloj de bitácora el Monte Nuria se encontraba en Latitud 41-45 Norte y Longitud 50-14 Oeste o lo que es lo mismo a menos de 4 millas de donde descansa el Titanic. La sola idea de pensar que en nuestro entorno se produjo la gran tragedia que acabó con la vida de más de 1.500 personas te conmueve, pero el pensar que sus restos yacen ahí abajo en la oscuridad del fondo marino, te sobrecoge.
 Veinte días flotando sobre las calidas aguas de la Corriente del Golfo- ese río de agua templada que cruza el Atlántico de oeste a este- y cabo Finisterre apareció por la proa a la hora más o menos prevista como indicaban “nuestras estrellas”, trayéndonos con sus destellos el aroma de la campiña gallega y la alegría de nuestra España. Una avería en la máquina había obrado el milagro cambiándonos el destino de Inglaterra por el de Bilbao.

 Por la radio supimos que uno de los mejores barcos de pasajeros de la compañía, reparaba en sus astilleros. Esta noticia no me dejaba dormir por las noches.
Pablo

sábado, 20 de octubre de 2012

FILADELFIA Y EL PRINCIPIO DE ARQUÍMEDES (II)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero





Carta nº - 7 -
(Continuación de la 6)

El fin exclusivo de nuestra escala en Filadelfia, había sido con objeto de preparar las bodegas para el transporte de trigo y maíz que debíamos cargar en Baltimore y Norfolk. Terminadas las arcadas (compartimentación de las bodegas para evitar el corrimiento del grano en un temporal) navegamos en demanda del puerto de Baltimore, una de las ciudades más populosas de los Estados Unidos.
 Baltimore está materialmente sembrada de bellísimos parques-su número se aproxima a la treintena- algunos tan hermosos como nuestro Retiro. En todos ellos no falta la pincelada azul del lago cristalino o el arroyuelo murmurador, tan frecuentados como en España por esas “aves” que conocemos con el nombre de tórtolos.

 Estos parques, junto con el que las calles tengan nombres de personajes ilustres en vez de números y que la mayoría carezcan de la monótona simetría propia de las ciudades americanas, dan a esta gran urbe un marcado sabor europeo. De norte a sur y de este a oeste, la cruzan catorce importantes arterias descollando la avenida Harford con más de dieciséis kilómetros de longitud y la autopista subterránea y subacuática que cruza el río Patapsco con un recorrido muy superior a los trece kilómetros. Su puerto, en el que cabrían diez como el de Barcelona, es uno de los de mayor tráfico marítimo del mundo.
 Mi madre me había recomendado mucho que visitase, -caso de que hiciera escala en Baltimore-, a una vieja amiga que conociera en Burdeos durante la Primera Guerra Mundial y con la que después de cuarenta años, seguía carteándose. Yo sentía verdadera curiosidad por conocer a la enfermera americana Mary Marshall, que año tras año nos felicitaba las Pascuas desde el otro lado del Atlántico. Con mi mejor amigo y camarada de a bordo, nada más poner los pies en tierra me lancé a la caza y captura del 3.312 de la Franklin Street.

 A poco de salir de los muelles nos encontramos con el triste cuadro que ofrecía una señora en estado de buena esperanza, cambiando en plena calle, una rueda de su automóvil. Haciendo gala de una caballerosidad congénita con nuestro espíritu español, decidimos echarle una mano a la embarazada dama, causando con ello la estupefacción de los americanos que presenciaban el desinteresado ofrecimiento de dos “quijotes” españoles, de Cáceres el uno y de Jerez de la Frontera el otro. Por cierto que durante el cambio de rueda, con tanto levantarme y agacharme, extravié la cachimba preferida de mi amigo. Tenía por costumbre ofrecer a una chica la primera “calada” imponiéndole su nombre y si había sido cariñosa con él, también el apellido. Aquella pipa se llamaba Emma Abruzzo von Zuibliden. Nunca me lo perdonó.
 Luego de no se cuantas horas, en el transcurso de las cuales utilizamos nuestros maltrechos pies y los más diversos medios de locomoción, llegamos al 3.312 de la calle Franklin. Por equivocación, pulsamos el timbre de una puerta que no correspondía al apartamento de la persona buscada y cual no sería nuestra sorpresa, cuando la chica que acudió a nuestra llamada- a la que no perdonaré nunca mis esfuerzos lingüísticos por expresar en la lengua de Sakespeare el motivo de nuestra visita- me respondiera en el más castizo castellano:

 “La señora Marshall vive en el apartamento de al lado, pero actualmente se encuentra en San Francisco con su hijo”.
La que así hablaba, era una guapísima vallisoletana establecida en Norteamérica hacía tres años y que compartía su piso con una estudiante de medicina de nacionalidad colombiana.

A partir de aquél instante, la señora Marshall , me importó tres pitos, y que me perdone mi progenitora.
 En tan grata compañía se nos fue la tarde y buena parte de la noche, hablando de España, escuchando su música, bailando ritmos colombianos e incluso mascando buen chicle americano entre sorbo y sorbo de buen ron caribeño. Esto de mascar chicle en América es tan típico como nuestro gazpacho o el “five o´clock tea” de los ingleses, aunque quizás más romántico, pues de ello han hecho canciones enternecedoras. Yo conozco una que dice: “Una joven se miraba en las azules aguas de un lago, cuando acertó a pasar por allí un apuesto muchacho, le ofreció chicle y a los cinco minutos “he was chewing her gum” (él mascaba el chicle de ella).

 Durante mis cuatro años de viajar de un lado para otro, he conocido españolas en todas las latitudes, pero a la única que reconozco como tal, es a mi amiga de Valladolid, ¿por qué?, yo les digo porque.
 Cuando la española deja el suelo patrio con el fin de residir en otra nación, su manera de pensar y sus costumbres sufren un cambio radical. Huye del “macho ibérico” como si lo hiciera de su propia conciencia, desarrollándosele una asombrosa cara dura. La libertad en grandes dosis se le indigesta y la pierde en un noventa por ciento de los casos (palabras de un sacerdote católico de Londres).

 Siempre que en alguna sala de fiestas fuera de España he intentado abordar a una compatriota he sido “calabaceado” de la forma más ignominiosa y solo cuando he empleado el “voulez vous dancer avec moi” o el “Will you dance with me” he obtenido resultados positivos. Bueno, positivos hasta que volvía a abrir la boca. Acto seguido era hombre sin pareja.
“Los españoles lo contáis todo” . Es la explicación que dan.

 Pienso que llevan toda la razón.
Pablo

(continuará)

sábado, 13 de octubre de 2012

FILADELFIA Y EL PRINCIPIO DE ARQUÍMEDES (I)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero


 Carta nº – 6 -

Diariamente, el puntito negro que indicaba nuestra situación en el pilot chart del Atlántico Norte iba acercándose a las costas americanas. Las diecinueve marcas indicaban nuestra posición en cada uno de los días de viaje y unidas todas ellas se podía ver el camino sinuoso descrito por nuestra quilla a lo largo de los cerca de seis mil kilómetros que nos separaban de las  costas de la Península.
 Se me hacía difícil creer que al siguiente día, el cielo plomizo que nos acompañó durante todo el viaje, no se confundiría en el horizonte con la mar, sino con las primeras tierras del Nuevo Mundo; pero no cabía duda alguna, el puntito negro no engañaba y éste estaba allí, a escasos milímetros de nuestro destino.

 Aquél 28 de Octubre de 1958 por la mañana, como lo hiciera seiscientos años atrás Rodrigo de Triana desde la cofa de la “Santa María”, grité ¡tierraaaa¡ desde el puente del" Monte Nuria" con la diferencia de que Rodrigo de Triana vio realmente tierra y lo mío fue un cumulus nimbus emergiendo tras la línea en que la mar se confunde con el cielo.
 Al mediodía finalmente vimos la silueta grisácea de la costa, dibujándose en el horizonte como una esperanza alentadora.

 De la bahía de Delaware fluían de forma continua poderosos y enormes navíos, al lado de los cuales, nuestro valiente barco llamaba la atención por su vejez, su estado cochambroso, su casco rezumando óxido por cada poro y uno de los botes salvavidas, con trincas de fortuna para evitar que se nos cayera al mar. Desde un espectacular trasatlántico fondeado en las cercanías del puerto de Wilmington, algunos pasajeros agitaban sus pañuelos, no sé si en señal de bienvenida o en señal de admiración por lo que nuestro lamentable aspecto denotaba.
 El práctico norteamericano bajo cuyas indicaciones íbamos a navegar río arriba, en un alarde de ingenio y humor sajón, le espetó al Capitán al pisar el puente de mando:

 “O.K Capitán, ha llegado usted hasta aquí, pero ¿piensa usted regresar a Europa en esto? ”
 El “viejo” le contestó en inglés con acento vasco de Bermeo:

 “Me siento orgulloso de mandar uno de los tres vapores más antiguos que hoy en día cruzan el Atlántico. navegar en los que ustedes tienen es fácil, lo difícil es hacerlo en estos”
 A lo lejos y surgiendo de entre la bruma, como figuras fantasmagóricas escapadas de un Greco, los colosales rascacielos de Filadelfia desafiaban a todas las leyes físicas, mientras nuestro renqueante barco, lo hacía al Principio de Arquímedes, pasando-como si de un arco triunfal se tratara- bajo el puente colgante Walt Whitman sobre el río Delaware.

 Por cierto que este puente, de impresionante obra de ingeniería, con ocho pistas, doble vía férrea y doble camino de peatones, se me ocurrió cruzarlo andando en compañía de otro oficial y fuimos durante todo el trayecto, blanco de las sorprendidas miradas de los norteamericanos, que dicho sea de paso, solo utilizan los pies para ponerlos sobre las mesas.
 Inmediatamente después de atracar el barco, fuimos abordados por el F.B.I, que nos fotografió y tomó huellas de cada uno de los tripulantes. La Aduana con sus complejos sistemas de detección de drogas y narcóticos nos dejaban con la boca abierta. Por último la inmigración, esa maravillosa organización que en veinticuatro horas pone de patitas en el país de origen a los que cegados por el asombroso nivel de vida de los americanos, desertan de sus barcos con el propósito de establecerse en el país.

 Usted lector, si algún día visita esta nación, le recomiendo lleve buena ración de pañuelos, porque como yo, derramará amargas lágrimas al contemplar el macabro cuadro que ofrecen los cementerios de automóviles, sí, sí, de automóviles. En ellos verá miles de modelos recién salidos de las fábricas, cuyas vidas se han visto truncadas por la impericia o imprudencia de sus conductores, y se le desgarrará el corazón al presenciar como sus brillantes portezuelas son atravesadas por las uñas de las grúas.
 Pero si todo esto es triste, más lo es aún saber que, con el dinero que lleva en la cartera para los gastos o compras del día, podría pasar a ser propietario de un “Cadillac” del 56, cuyas abolladuras un buen chapista en España las dejaría irreconocibles. Desde cuatro mil pesetas y sin más trámite que el papel moneda y una firma, usted tendría entre sus manos el volante de un “haiga” de segunda mano en buen estado y arranque garantizado a la primera.

 Si visita algunos grandes almacenes en Market Street y sus medios económicos se lo permitieran, tendría ocasión de adquirir en ellos desde una casa prefabricada hasta una avioneta, pasando por las cosas útiles de uso más común… para ellos por supuesto.
 Si hiciera alguna compra- lo digo por experiencia- y no quisiera ser confundido con un vulgar ratero, no se le ocurra abrir dentro de los almacenes ninguno de sus paquetes, pues aunque le parezca mentira, más de veinte cámaras de televisión filman sus movimientos, que son observados en otras tantas pantallas por inspectores, que inmediatamente ordenarán a un vigilante su detención hasta que pueda demostrar que cuanto contienen los envoltorios ha sido pagado.

 Cuando vaya a un cine tenga buen cuidado de enterarse del precio de la butaca, ya que a este cacereño le costó ciento veinte pesetas darse el gustazo de ver a Antonio Nieto, a nuestra Benemérita y a los gitanos de Sacromonte, “hablar” un inglés envidiable entre trabucazo y trabucazo.
Entrar en un bar si no tienes cumplidos los veinte años, te puede llevar a hacer el ridículo más espantoso ante la parroquia al pedir una cerveza y que te obliguen a que acredites tu edad.

 Procure comer en un restaurante, italiano, francés o español, de otro modo se acordará toda su vida.
 Por ninguna razón se aventure a hacer “auto-stop”, a menos que se encuentre situado a unos dos metros del borde de la carretera, yo lo hice a menos distancia y aún me pregunto cómo estoy vivo. Por último le recomiendo que estudie usted, no inglés, sino “americano” y buena mímica italiana, entre otras cosas porque no hacen el mínimo esfuerzo por hacerse comprender. Por ultimo si va a un "dancing" buscando con el pretexto del baile una amistad femenina, no lo haga, porque no existiría tal pretexto, desde el momento en que eso de los dos pasitos a la izquierda y el pasito a la derecha, desgraciadamente en 1958 aún lo desconocen por completo.

 Pablo

(continuará)
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domingo, 7 de octubre de 2012

DE MI DIARIO DE NAVEGACIÓN

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero



Carta nº - 5 -

“Singladura Nº. 12
Damos comienzo a la presente singladura navegando al rumbo de aguja 265º, viento frescachón de 60 k/h del 4º cuadrante y mar muy gruesa del mismo. Al ser mediodía verdadero observamos meridiana de sol, siendo situación latitud 46º-15´N y longitud 42º-31´W . Barómetro bajando.
A HRB 20 horas continúa aumentando la fuerza e intensidad del viento y la mar. Velocidad del buque 5 nudos. Barómetro bajando. Grandes bandazos..
Singladura Nº. 13
Navegando al 263º de la aguja con vientos de noroeste fuerza 8 rolando al norte. Velocidad del viento 75 km./h y temporal declarado con mar arbolada y olas de 7 m. Barómetro bajando.
Sufrimos duros golpes de mar por el costado de estribor embarcando grandes masas de agua. Bandazos de hasta 35º grados.
Finalizamos la singladura al rumbo 180º corriendo en popa el temporal. Rachas de viento huracanado de hasta 100 km./h y olas de mar montañosa de hasta 9 m. embarcando duros golpes de mar sobre la toldilla de popa. Se abaten los pescantes de los botes salvavidas como medida de seguridad”
Pocas cosas hay tan hermosas y de tanta fuerza emotiva en la naturaleza como la mar embravecida...pero vista desde tierra firme. Tengo grabados en mi mente en manera imborrable mi primer temporal en aquellos días finales de mi primer viaje a América. Nunca podré olvidar todos y cada uno de los acontecimientos acaecidos y la honda impresión que me causaron las fuerzas, para mí absolutamente desconocidas, de la mar y el viento. En mi época de estudiante en La Coruña, presencié como las borrascas vapuleaban la costa con mares tremendas, pero aquél viento aullando entre la jarcia del barco en la negritud de la noche y que con su fuerza deformaba nuestras caras cuando nos asomábamos al alerón del puente, aquél viento levantando montañas de agua con las crestas empenachadas y espumeantes, no lo olvidaré jamás.
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El barco estaba a merced del temporal sacando a veces la hélice fuera del agua al paso de la ola y obligándole a meter la proa bajo ella un tiempo interminable dada la lentitud con la que recuperaba su estabilidad longitudinal. Los golpes de mar hacían crujir cada remache de sus planchas de acero y las maderas emitían auténticos quejidos de bestia herida a punto de rendirse a la fuerza descomunal que batía cada centímetro cuadrado del casco. Parecía como si fuera cosa de poco tiempo el que saltara algún remache que anunciara el principio del fin. Nadie se sostenía en pie sin aferrarse con ambas manos a lo que podía. Los bandazos y cabezadas hacían que nuestros cuerpos tomaran una inercia difícil de contrarrestar.
A veces al retirarse la ola que nos pasaba bajo el casco, el barco levantaba la proa quedándose ésta sin agua debajo, cayendo a gran velocidad sobre la superficie del agua y produciendo con su quilla plana un impacto estremecedor que hacía que el buque sufriera flexiones de hasta dos metros en sus extremidades, como si de una vara de mimbre se tratara. A esto lo llamamos pantocazo que casi lo dice todo. Saltan los lavabos de sus anclajes, se rompen los cristales, caen las bombillas, las lámparas se desprenden y hace que las plantas de los pies lleguen a separarse del suelo varios centímetros sufriendo un plantillazo que se transmite por todo tu esqueleto si no te pones de puntillas antes del impacto. Cualquiera que haya cazado ranas con una tabla se podrá hacer una idea de lo que sería si la tabla pesara once mil toneladas y cayera desde 4 ó 5 metros de altura golpeando la superficie plana del agua.
En la siguiente singladura nos encontrábamos en el centro de la depresión y un durísimo temporal del noroeste azotaba aquella zona del Atlántico Norte. El día anterior, si bien es verdad que me sentía atemorizado cuando el Capitán dijo: “solo nos queda correr el temporal”, también no es menos cierto el que aquella inmensa humanidad de blancos cabellos y bruto hasta decir basta, inspiraba cierta confianza. Pero cuando dijo aquello de abatir los pescantes de los botes salvavidas por seguridad, sentí por vez primera ganas de salir corriendo. Por mi mente pasaron en un momento todos y cada uno de los miembros de mi familia. ¡Cuán ajenos estaban ellos del trance que estaba viviendo ¡ Los veía sentados alrededor de la acogedora camilla, quién sabe si hablando de mí e incluso envidiándome por mi visita al país de las maravillas. ¡Qué no hubiera dado yo en aquellos instantes por ocupar mi lugar junto al brasero de buen picón malpartideño, rodeado de todos los míos y no a dos mil millas de la costa más cercana, en medio de un océano inhóspito que nos obligaba casi a andar a gatas, debido a las tremendas escoras que alcanzaba en sus bandazos nuestro maltrecho y vapuleado barco.
El día 15 por la noche el barómetro comenzó a subir y el tiempo fue amainando. En muchas ocasiones habréis visto como los marinos tenemos por costumbre golpear ligeramente con el dedo índice el cristal del barómetro. La reacción del dispositivo sensible del instrumento ante el golpe seco, hace que la aguja se desplace hacia arriba o hacia abajo según la tendencia de la presión atmosférica. Durante un temporal el oficial de guardia, está muy atento a ese saltito de la aguja pues nos puede indicar el inicio de la mejoría del tiempo si sube o un mayor empeoramiento si baja. Es difícil explicar lo que puede significar ese mínimo aumento de la presión atmosférica en el ánimo del oficial de guardia.
Después de sufrir una buena paliza, y de los malos ratos vividos, el barco quedó maltrecho, con daños y averías que hacían de él una chatarra flotante.
Como un cachalote herido, resoplando por su chimenea el humo de un volcán, y con una escora permanente de 3 grados, fuimos alterando el rumbo durante las siguientes veinticuatro horas cuando la mar nos lo permitía, hasta alcanzar por fin nuestra derrota.
En la radio podíamos escuchar en la lejanía a Doménico Modugno cantar “Volare”, canción que de forma persistente sonaba en todas las emisoras y que nos iba indicando fielmente nuestro acercamiento al continente americano.

Pablo
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lunes, 1 de octubre de 2012

MI NUEVO BARCO (II)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero

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Carta nº - 4 -
(Continuación de la 3)

Mis primeros días de mar me produjeron mi primera gran satisfacción personal, al poder poner en práctica cuanto había aprendido durante mis cuatro años de Escuela de Náutica. Observar con el sextante el paso del sol por el meridiano para calcular nuestra latitud o buscar al atardecer las estrellas para obtener nuestra situación en mitad del Atlántico Norte, mediante cálculos trigonométricos largos y tediosos pero emocionantes. Los resultados a veces dispares con los del oficial superior, te proporcionaban la falsa esperanza de que alguna vez se tuvieran en cuenta al marcar sobre la carta el punto. La situación así obtenida nos permitía además de corregir nuestro rumbo, poner los relojes de abordo en hora solar o tiempo verdadero, saber con exactitud nuestra velocidad media en veinticuatro horas y calcular día arriba día abajo la fecha de llegada al primer puerto americano. ¡El sextante proponía y la mar disponía¡
De todos los instrumentos empleados en navegación son el sextante, el cronómetro del barco y el compás magnético o brújula los verdaderos tesoros de cualquier marino. A bordo los tratamos como a “Stradivarius” y como tales los mimamos.
Un mínimo error, unas décimas de segundo de arco o de tiempo en estos instrumentos pueden alejarnos de nuestro rumbo considerablemente. Existen otros medios más modernos basados en la radionavegación por enrejado hiperbólico, experimentado por vez primera durante el desembarco de Normandía, como son el Decca o el Loran, pero a pesar de todo continuamos aferrados a nuestro sextante y a nuestras maravillosas estrellas que son capaces de convertir su punto luminoso perdido en el espacio, en algo tan sencillo pero a la vez tan difícil como es saber en que lugar del inmenso océano se encuentra tu barco.
Los días fueron transcurriendo de forma tranquila sin más novedad que el empeoramiento progresivo del tiempo o la visita de los delfines cuyos prodigiosos saltos y piruetas me llenaban de asombro y hacían más llevadera la guardia diurna. Era un espectáculo ver como surgían del fondo del mar, a veces en manadas, elevándose a varios metros de la superficie del agua para caer con gran estrépito sobre sus costados. Los más atrevidos, pasaban por debajo del casco a una velocidad de vértigo o se rascaban el lomo, rozando en sus pasadas la proa. Nos acompañan durante horas e incluso días enteros, sin hacer el menor caso a la carnada que en un anzuelo remolcábamos a unos cien metros de nuestra popa con el propósito de pescar alguna dorada o algún atún. El aparejo de pesca era de lo más sencillo e ingenioso. Consistía en un cordel de unos cien metros de longitud, separado del barco por una percha o pértiga y que llevaba un anzuelo con una brocha de fibra blanca camuflándolo. El sistema terminaba en una pesada pieza de hierro con una falsa amarra, que al romperse por el tirón de la picada, era arrastrada por la cubierta del barco, con grande estrépito. Yo pensaba que todo aquel lío no serviría para engañar a ningún morador de los mares, hasta que un buen día a eso de las seis de la mañana, encontrándome en el mejor de los sueños, un marinero aporreó la puerta de mi camarote, invitándome a presenciar un gran espectáculo, cuando por la popa, los penachos de algunas nubes empezaban a teñirse del color rosáceo del alba.
Oí el telégrafo de ordenes a la máquina y noté como disminuía la velocidad mientras el barco lo acusaba dejando pasar bajo su quilla olas que empezaban a producirme cierto vértigo por su grandiosidad y cercanía, para quien estaba en la cubierta principal en la brega con aquél pez, de sorprendentes dimensiones totalmente desconocido para mi y que llevaba una tremenda protuberancia en su boca.
La batalla por cobrar aquello que salía del agua dando tremendos saltos y destellos plateados, me sobrecogió. En cierto momento pensé qué hacía yo, cacereño del secano más yermo, en medio del Atlántico halando, entre vascos y gallegos, un cabo que traía prendido un pez con una especie de estoque descomunal en su nariz. Mis ojos de marino del interior no daban crédito al ver como su cola producía el efecto de una coz de mula y sus gruñidos parecían los de una cochina ante el matarife. Por unos momentos mi imaginación voló a Cáceres recordando mis días de pesca en el Tajo, el Salor o el Guadiloba, cuando tenía esa edad en que se cambia una buena siesta por una insolación. ¡Qué lejos quedaba todo aquello¡

Pablo
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jueves, 27 de septiembre de 2012

MI NUEVO BARCO (I)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
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Carta nº - 3 -

 Mi nuevo barco, el Monte Nuria veterano de los cinco océanos, había sido en sus años mozos, buque escuela de la Marina Mercante. Su viejo casco de remachadas planchas, rezumaba historia a través de su medio siglo de peregrina vida. No solo había aguantado las fuerzas desatadas de la Naturaleza durante las oscilaciones del barómetro, también el furor y los errores de los hombres. En su haber tenía dos embarrancadas, una colisión con otro barco y el impacto de un torpedo alemán que no llegó a explotar gracias-según antiguos tripulantes- a la Virgen de Begoñakoa que adornaba, junto a unos angelitos el espejo de su despintada popa.
 Era un barco que flotaba por misericordia del Principio de Arquímedes y que disponía de cuatro bodegas con capacidad para siete mil toneladas de grano, y su máquina de vapor era capaz de imprimirle la increíble velocidad de ocho nudos-unos 15 Km. por hora- que le permitían en condiciones atmosféricas muy favorables, cruzar el Atlántico Norte en el bonito “record” de 20 días, es decir diez y seis días más que el “United States” poseedor de la famosa Cinta Azul.
 A pesar de sus inconvenientes, me sentía orgulloso de ser miembro de su tripulación. Más tarde nos demostraría que era un barco marinero y valiente a pesar de su vetustez.
 Cuando llegué a bordo, las operaciones de descarga de los siete millones de kilogramos de blanquísima azúcar cubana estaban tocando a su fin y me preguntaba que se haría con los cientos de kilos esparcidos por sus bodegas y que se consideraban desperdicios o barreduras. Todo se fue al mar, nada se aprovechó.
 Al día siguiente me empezaría a contar mi tiempo de embarque como Alumno de Náutica o Agregado en prácticas. Transcurrirían casi cuatrocientos días de mar y dos años y medio de embarque, antes de desembarcar para retomar de nuevo mis estudios para la obtención del título de Piloto de Segunda Clase de la Marina Mercante Española.

 Como todo aquél que embarca por vez primera, mi mayor y más grave preocupación era si me marearía o no. Sentía espanto al imaginarme hecho un trapo a la vista de mis compañeros, pero por fortuna jamás me sucedió tal cosa, dándome cuenta más tarde de que nadie que se maree a bordo hace el ridículo ante la tripulación, al considerarse el mareo una enfermedad profesional.
 Tras unas emocionantes pitadas de despedida, abandonamos Santander con destino a Lisboa, puerto en el cual nos esperaba un cargamento completo de corcho en fardos para Norteamérica. No podía creer que mi primera travesía atlántica la hiciera con una mercancía tan entrañable para cualquier extremeño.

 ¡Mi barco olía a Extremadura¡ Después supe que buena parte de la carga procedía de San Vicente de Alcántara, ¿cómo no sentir una emoción grande cuando en navegación, y en mitad del océano, la ventilación de las bodegas nos traía hasta el puente el inconfundible aroma de nuestros alcornocales?
Teníamos por la proa seis mil kilómetros de Atlántico en la más dura época del año, sobre todo para un barco con tan mísera fuerza de máquinas.

 Para ir de Europa a América hay dos caminos a elegir: loxodrómico y ortodrómico. El primero es el más largo pues se trata de bajar en latitud hasta alcanzar las Canarias, correr el paralelo, para después arrumbar a las costas americanas viniendo del sur. Esto nos aparta del círculo máximo u ortodrómica que es la distancia más corta entre dos puntos del globo. La principal ventaja radica en las latitudes bajas por las que se navega, que nos proporciona un viaje, en la mayoría de los casos, de sol y buen tiempo. Es el camino elegido por los capitanes de viejos y destartalados candrays, menos por el nuestro, que no le importaba afrontar los peligros del Atlántico Norte en invierno, si con ello nos ahorrábamos un día de viaje.
El camino ortodrómico o directo, nos lleva a latitudes muy altas que implica riesgo de temporales con grandes mares del N.O, persistentes nieblas y lo peor de todo, los icebergs .Estos últimos, a veces auténticas montañas de hielo que esconden bajo su línea de flotación siete veces lo que emergen. Desde Groenlandia navegan a la deriva arrastrados por los vientos y corrientes, llegando algunos de ellos a alcanzar la llamada “autopista del Atlántico” siendo un peligro muy serio especialmente para barcos como el nuestro, sin radar.

 Poco a poco, las turbias aguas del Tajo se iban tornando color turquesa y más tarde azul, azul océano, solamente roto por la blanca espuma que la estela de nuestro decrépito barco iba dejando tras de sí.
 A medida que nos adentrábamos en el Atlántico la niebla hacía acto de presencia convirtiendo las guardias en un verdadero suplicio y las noches en una tortura.

 La bocina del barco lanza al viento su estrepitoso lamento ahogando el sonido de las máquinas, mientras los tripulantes tratamos de no pensar en la colisión del Titanic. Algún barco con radar pasa cerca de nosotros con su bocina silenciada por la confianza que aquel les proporciona. Solo el runruneo de sus máquinas nos avisa de su paso. Seguro que sus oficiales reirán comentando el susto que nos habrán dado. “Spain is different”..., nuestros barcos también lo son.
Por la proa veinte días de horizonte hasta que Cabo Hatteras nos anuncie nuestra llegada a América.

Pablo
(continuará)