Pablo Romero Montesino-Espartero

Pablo Romero Montesino-Espartero
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Camarote desde donde fueron escritas algunas de estas cartas-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Con este blog pretendo ir recopilando las cartas escritas por mi hermano Pablo Romero M-E, dirigidas a la familia, durante sus primeros años de navegación tras terminar su carrera de Marino Mercante allá por el final de la década de los años cincuenta, principio de los sesenta-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------.

lunes, 4 de marzo de 2013

EL FANTASMA DEL ACORAZADO "GRAF SPEE"

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
 
 
El "Graf Spee" tal y como yo lo vi en 1959



Carta nº 18


Finalmente dejamos atrás el golfo de Santa Catarina y la mar se torno bella, dejándonos el mal tiempo una brisa de levante que hacía las delicias de todos. El horizonte se había alejado hasta el infinito y el sol volvía a castigarnos de pleno. Desde el alerón del puente, podíamos ver como el pasaje salía a cubierta y se tumbaba sobre las escotillas de las bodegas, para recuperar las fuerzas perdidas y hacer frente a las agujetas producidas por tratar de aguantar el balance y mantener la verticalidad. Las dos cariocas, únicas pasajeras de la primera clase, tomaban el sol en la piscina, y en el puente nos dábamos de puñetazos el Agregado gallego y yo, por ver quién cogía primero los prismáticos. Pasaba su guardia y la de los demás contemplando el panorama y relamiéndose como un gato ante un plato de pescado.
 He de decir en honor a la verdad, que la mayoría de los oficiales eran vascos y que ellos se dedicaban más al “mus” y a los “chiquitos” que a perseguir faldas por el barco, por lo que mi única competencia era el gallego, que jugaba con ventaja por su facilidad con el portugués. Pero mi amigo, cometería el error de abandonar el puente y bajar a comer estando ellas en la piscina. Ahí perdió su ventaja.

De forma inopinada quitaron la cadena que impide al pasaje subir al puente y se presentaron las dos en bañador. Al mismo tiempo recibimos una llamada del Capitán, indicándonos que eran pasajeras muy recomendadas y que las tratáramos con toda clase de cortesías. No podía creérmelo, pero la llamada del Capitán era también un aviso a navegantes-nunca mejor dicho-para que anduviéramos con sumo cuidado. Romanticismo sí, pero lo justo.
 A partir de aquella visita “oficial”, mi compañero gallego y yo cumplimos con nuestro “deber” y nos prodigamos en atenciones hacia ellas, sin el menor esfuerzo, dicho sea de paso. El tercer telegrafista, buen amigo, nos suministraba toda la música romántica habida y por haber a través del sistema de megafonía interna y convertimos el salón veranda de primera clase, en una coqueta “boite”.

En los días que duró el viaje hasta Buenos Aires, contamos desde la cubierta, todas las estrellas del hemisferio austral mientras bailábamos o nos bañábamos en la piscina. Sacrifiqué horas de sueño hasta tal punto, que una noche en mi guardia, me caí redondo al suelo como fulminado por un rayo. ¡Me había quedado dormido de pie¡ El timonel se llevó un susto mortal pues al caer, pegué con la cabeza en la base de la bitácora y casi me abro el cráneo, pero... mereció la pena.
 A medida que nos acercábamos al Plata, las aguas iban perdiendo su color azul, hasta cruzar la frontera que delimita las densidades,- perfectamente definida- y que en cuestión de escasos metros se tornan color chocolate claro. En las proximidades de Montevideo, y surgiendo de las aguas someras como un fantasma, el famoso acorazado alemán “Graf Spee” se deja ver en la bajamar. Su torre de señales, su puente de mando y algún cañón afloran herrumbrosos, recordándonos la tragedia vivida en la denominada “Batalla del río de la Plata”.

Era un acorazado de bolsillo que sembró- durante algún tiempo-de muerte y desolación las marinas mercantes aliadas, al principio de la Segunda Guerra Mundial. Se hizo famoso por sus acciones de corsario en el Atlántico Sur, hasta que buques de la armada británica y australiana, le obligaron a refugiarse en Montevideo, después de haberles infligido importantes daños y pérdidas en vidas humanas, a escasas millas de ese puerto. Las autoridades uruguayas obligaron al Capitán Langsdroff a salir a mar abierto, dónde le esperaban los barcos que le habían dado caza. Inopinadamente, zarpó de puerto y siguiendo instrucciones de Berlín, hizo estallar cargas que lo hundieron para siempre a la vista de todos los curiosos que desde el rompeolas, se apiñaban con la esperanza de ver el segundo acto de la tragedia. El Capitán se suicidó en un hotel en Buenos Aires. Pasar delante de estos restos, no deja indiferente a nadie.
Pablo 

(continuará)

 
Foto:
El "Graf Spee" tal y como yo lo vi en 1959

viernes, 15 de febrero de 2013

“GOLFADA” DEL GOLFO DE SANTA CATARINA

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
 

De guardia en el Monte Urbasa. Trópico 1959 

Carta nº 17 

A las veinticuatro horas de nuestra salida de Río y pasada la isla de San Sebastiao, el golfo de Santa Catarina nos sorprendió con una “golfada” poco frecuente en estas aguas, pero que tienen una merecida fama. Son de muy corta duración, pero te pueden dar una buena paliza.
 El Monte Urbasa, de gran potencia de máquina y buen gobierno, pero con excesiva estabilidad -debido a que en bodegas llevábamos mucha maquinaria pesada- dio durante la noche, fuertes bandazos.
 Para el pasaje fue una experiencia que no olvidaría jamás. Para nosotros, un mal tiempo con el que a veces nos resulta incómodo coger el sueño.

 En nuestro recorrido de inspección por los pasillos de la tercera clase, oíamos en algunos camarotes gritos femeninos de terror, acompañados por el ruido producido por el choque contra los mamparos, de los objetos más diversos en libertad. Los pasajeros que se aventuraban fuera de sus camarotes preocupados por la “situación” o por alguna necesidad, rodaban por los suelos en cuanto perdían un punto de sujeción, cada vez que una ola nos vapuleaba y nos imprimía una gran inercia en el balance. Durante mi guardia nocturna, un grupo de pasajeros subió al puente con los ojos desencajados y unos rostros que reflejaban miedo, desasosiego y preocupación. Uno de ellos se dirigió al piloto de guardia y con la voz demudada le dijo:
“Oficial, ¿es verdad que nos estamos hundiendo?”

La respuesta fue una sonora carcajada por parte de las tres personas que en esos momentos estábamos de guardia. A mi no se me ocurrió otra cosa para tranquilizarles, que hacerles ver el cigarrillo que me estaba fumando.
 Durante aquella noche, el sonido del viento y la mar golpeando el casco, no nos permitió oír lo que estaba sucediendo en la bodega número uno, en la cual iban los equipajes de todo el pasaje y algunos pertrechos del barco. El mal tiempo fue cediendo y ello nos permitió escuchar los golpes provenientes de aquella bodega. Llevamos a cabo una inspección física antes de dejar la guardia y vimos con asombro como un cilindro de repuesto del motor principal, con un peso aproximado de media tonelada, se desplazaba por todo el plan del entrepuente. El mal tiempo había aflojado las trincas con las que estaba fijado a dos cuadernas del barco y en su loca carrera de un lado para otro, había literalmente triturado todo el equipaje del pasaje. Cuando entramos en el entrepuente y una vez sujetado el cilindro, pudimos ver un espectáculo dantesco. Parecía como si un tornado hubiera pasado por allí, destrozándolo todo a su paso.

 De todo aquello diseminado, ropa, enseres, alimentos, objetos personales, etc. hubo algo que por su blancura nos llamó la atención. Nos acercamos para averiguar que era aquello y resultó ser un traje de novia, que en su rodar y rodar, estaba impregnado de grasas comestibles, posiblemente proveniente de embutidos. Quizás lo más triste que encontramos entre tanta desolación, fuera la industria del afilador de Orense, prácticamente descuartizada, la rueda cuadrada y la caja de herramientas con su interior, vacío.
 Paradójicamente el casco del barco no sufrió ningún daño y todo ello debido a que los equipajes de aquella pobre gente, habían servido para amortiguar los golpes de la pieza contra las planchas del casco. Dudo que la compañía se lo reconociera, pero aquél cilindro podía haber causado daños gravísimos a las mercancías si hubiera abierto una vía de agua.

El viaje Río- Buenos Aires se había retrasado algo, motivado por la pérdida de velocidad durante la “golfada”, lo cual favorecía mi plan de ataque a la brasileña que más me gustaba. No era una mujer espectacular, pero había en ella algo que a mí siempre me atrajo del otro sexo: su femineidad. Su tez morena y sus facciones denotaban su origen no del todo ibérico, tampoco podía decirse que fuera una mulata, pero se acercaba bastante a ello. Sin llegar a ser una belleza, su cara tenía el particular atractivo de sus ojos negros y sus labios carnosos, era morena de cabello brillante y alborotado y tenía un cuerpo bien proporcionado. Quizás uno de sus principales atractivos fueran sus andares, que el leve movimiento del barco los hacían más sugerentes aún.
Pablo
 
(continuará) 

Foto:
De guardia en el Monte Urbasa. Trópico 1959
 
 

miércoles, 30 de enero de 2013

MI "DOCTORADO BRASILEÑO"

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero




 
Carta nº 16
 

Creo que los españoles no estamos preparados todavía, para soportar el impacto de las cariocas paseándose en “bikini” por la acera de Copacabana o sentadas a tu lado en un tranvía.
 
 Uno se ruboriza cuando “ella” se percata de que no puedes aguantar las ganas de barrer con tus ojos su inmenso cuerpo semidesnudo. Me he sentido púber a mis 22 años, paseando por la playa. Se hace casi insoportable la seguridad de la que hacen gala al caminar o riendo a veces, cuando notan en sus carnes el aguijón de nuestras miradas. Pero, ¿cómo no mirar el contoneo “sambístico” sobre tacones altos de las mulatas, que a veces te rozan intencionadamente al pasar? Todo en esta vida tiene una primera vez. Pienso que desde que salí de Navalmoral de la Mata para embarcar, hasta que puse mis pies desnudos en la Playa de Copacabana, han habido muchas “primera vez”, pero ésta me hizo sentirme más mundano que Javier Cugat y me confirió algo así como una titulación añadida a la de mi propia carrera. No me había comido una rosca por falta de experiencia, por falta de tiempo, por falta de valor, por falta de...pero fue una escala, ésta de Río de Janeiro, que me sirvió para aprender de los cariocas su aplomo y seguridad ante una real hembra. Vendrían otras ocasiones a lo largo de mis dos años a bordo del “Monte Urbasa” que me permitieran alcanzar mí “doctorado” brasileño.

 Haciendo caso a los consejos de mi padre, traté de aprovechar el corto espacio de tiempo en puerto, para subir al Corcovado y al Pan de Azúcar; dos destinos turísticos obligados para cualquiera que visite Río. Del Corcovado bajé como flotando sobre una nube, entre otras cosas porque realmente la primera vez que subí, la ciudad aparecía y desaparecía entre flácidos penachos de nieblas. En las claras, la ciudad se mostraba como un mosaico, y a retazos nos administraba su belleza incomparable, grabando para siempre en mi memoria, la visión de sus playas y montes, abrazándola en una especie de simbiosis perfecta con la naturaleza. Maracaná es como una isla verde rodeada de playas en medio de un mar rojo de tejaditos. Es una construcción que sobrecoge, casi tanto como el vocerío que llega a nuestros oídos desde la distancia.

 En el camino de bajada hice parar al taxista para cumplir con la palabra dada a mi hermano, comprando un “titi” que me acompañó hasta Bilbao, desde dónde salió en un bote de Cola-cao camino de Cáceres en manos de un buen amigo. El pobre mono, perecería en Navalmoral de la Mata, abrasado por el agua hirviendo de unas inhalaciones, que a la sazón practicaba mi padre cuando se constipaba. Su casi interminable rabo se le quedo como un hilo saturado de agua. Fue durante tiempo la admiración de todo el que lo conocía, por su simpatía, su docilidad y extraordinaria pequeñez, pesaba tan solo unos gramos a pesar de ser un mono adulto. Lo paseaba en el bolsillo del pañuelo de la chaqueta, del que salían tan solo su diminuta cabeza y sus manecillas. Sus vivaces ojos, eran como dos chispitas que reflejaban su vitalidad y alegría aun cuando se encontrara tan lejos de su hábitat y de su Monte Corcovado.

 Creía haber visto todo en Copacabana hasta que entramos en una “boite” o como decimos en España: una sala de fiestas.

 Hacía tan solo escasas semanas de mi estancia en Estados Unidos, en donde casi todo me había sorprendido. Los “dancings” americanos, llenos de colores vivos y luces relampagueantes. Aquella juventud desaforada bailando “rock and roll” entre pares de zapatos diseminados por el suelo y parejas besándose en la pista o por los rincones, hizo que me sintiera desplazado y fuera de lugar. Qué distinto a nuestro modoso comportamiento en España, siempre tan caballerosos y educados con las féminas, casi rogándoles para poder bailar con ellas, guardando las distancias o acompañándola a su mesa...Pero América también tenía sus reglas y lo que hacías en la pista no se compaginaba con la persecución policial fuera de ella. Libertad sí, pero bajo techo.
 
Una “boite” en Copacabana es en cambio un lugar en el que lo que más baila son tus ojos. El espectáculo está siempre circunscrito a la samba bailada por mulatas esculturales, que te rodean, te tocan, te ríen constantemente y hacen que te sientas un pelele cuando a la fuerza te sacan a la pista. El olor a perfume barato te envuelve, anulando los demás sentidos y multiplicando por ciento los efectos del “cubalibre”. Nos desaconsejaron ir solos, no por el “peligro” de caer en las redes de una carioca, pero sí en las de sus “colaboradores”. Afortunadamente salimos indemnes y con una nueva lección aprendida: ser español y caballero no basta para “ligar” en Río.

 Al llegar a bordo, mis compañeros me anunciaron que habían embarcado en primera clase y con destino a Buenos Aires, dos hermanas brasileñas que tenían soliviantada a la tripulación. ¿Me tendría el destino preparada una segunda oportunidad? Esa será otra historia.

 Desde mi puesto de maniobra y luciendo mi inmaculado uniforme blanco, sentí que una de aquellas dos preciosidades, que apoyadas en la borda decían adiós a sus familiares, podía enamorar a cualquiera.

 La estela de nuestro barco, en nuestro lento caminar hacia la salida de Guanabara, fue dejando tras de sí un camino recto de espuma blanca, coronado por los montes color esmeralda del fondo de la bahía. Los tres bocinazos de despedida, retumbaron como un trueno y nos fueron devueltos por el Pan de Azúcar en forma de eco como saludo de la ciudad, cuando arrumbábamos ya al mar abierto.

Pablo 

(continuará)

Foto:
-Un vasco, un gallego, otro vasco y un extremeño, en el alerón del puente del Monte Urbasa, camino de Río en 1959
 

viernes, 18 de enero de 2013

ENTRADA A LA BAHIA DE RIO DE JANEIRO

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero

 
El "Monte Urbasa" visto desde el palo de proa + Monte "Pan de Azucar"


Carta nº 15


El día 5 de Febrero de 1959 , con los primeros rayos de sol iluminando el Cristo del Monte Corcovado, la proa de nuestro barco abocó la entrada a la bahía de Río de Janeiro. Para el “Monte Urbasa” era una vez más; para mi fue la primera y la que me marcó para siempre. Con... veintidós años, no parece que uno deba impresionarse con las cosas de la naturaleza, más bien se inclina uno por lo material, sobre todo si tiene ruedas o faldas. Eso creía yo hasta entrar en la bahía de Río de Janeiro, la bahía de la Cidade Maravilhosa.



A medida que en nuestro lento caminar íbamos acercándonos a tierra, aparecían poco a poco los accidentes geográficos que definen a esta bahía y sus alrededores como una de las maravillas naturales del mundo. Por la amura de babor, Copacabana se presentaba en la lejanía como una línea costera blanca como la nieve, contrastando con los verdes oscuros de la costa y de los montes selváticos que tras ella se empinan como coronando tanta belleza. Más allá, Ipanema, una diadema más de blanca arena y ante nosotros casi por nuestra proa, la impresionante roca marrón ferruginoso del Pan de Azúcar salpicada de asombrosa vegetación. Islas, islotes, pequeñas bahías dentro de la gran bahía, con sus minúsculas playas de blanquísima arena se iban abriendo a medida que nos aproximábamos a la de Guanabara con su puerto al fondo, final de trayecto para muchos de nuestros pasajeros. Presidiendo tan majestuosa belleza, el impresionante Cristo parece cobijar desde lo más alto del Monte Corcovado la gran urbe que bajo sus pies se extiende hacia todos los puntos cardinales.

En nuestro lento acercamiento a los muelles va creciendo nuestra admiración a medida que se van definiendo los distintos tipos de construcción. Por un lado y sobresaliendo del denominador común, los grandes rascacielos de Copacabana contrastan con las enjalbegadas casitas de rojos tejados con el siempre verde oscuro de los montes y el azul del cielo como telón de fondo. De otra parte y con la mirada al norte, la impenetrable selva salpicada de roquedos y acantilados que van declinando hasta terminar en diminutas playas bañadas por una mar turquesa de incomparable belleza.

Dejamos el Pan de Azúcar por babor, pasando a escasos metros de su base pétrea sintiendo un sobrecogimiento grande al mirar hacia arriba y ver encendida su cumbre por los primeros rayos de sol. De nuevo la eterna pregunta ¿por qué Dios repartió tan mal la belleza en este mundo? Todo lo que abarcaba mi vista era sorprendente. ¡Qué impresión sufrirían los primeros marinos que entraron por la bocana de esta bahía increíble¡

En la lejanía podían ya escucharse los sonidos de la gran ciudad sacándonos de la contemplación casi religiosa de cuánto nos rodeaba. Sonaron las órdenes a la máquina y el silencio de nuestra lentísima marcha hacía los muelles, se vio turbado por el estruendo de la hélice girando a destrosum para parar la arrancada del barco.

Al cabo de una hora escasa, los muelles, sus gentes, sus grúas nos volvieron a la cruda realidad en cuanto dimos el último cabo a tierra. Estábamos en Río de Janeiro sí, había terminado el “encantamiento” y daba comienzo el segundo acto, dramático para algunos, al tener que enfrentarse a su nueva situación. Había terminado la seguridad que ofrecía el barco al que con esfuerzo se fueron acostumbrando a lo largo del viaje. La comida servida y abundante, el techo seguro, las amistades... ¡ah¡ las amistades. En ocasiones esas amistades y familiares incluso, proseguían viaje hacia Buenos Aires con lo que la soledad se hacía insoportable, invitando a más de uno al suicidio, como en cierta ocasión una mujer casada por poderes no pudo soportar el no encontrar en el muelle a su flamante marido. Había ido a tierra a telefonear y volvió a bordo donde tomó la determinación de acabar con su vida, cosa que no lograría gracias a la intervención del médico de a bordo.


Desembarco de emigrantes gallegos

La alegre y dulzona música brasileña, sonaba por todos los altavoces del barco en señal de despedida para aquellos que bajando por la escala real, iban desembarcando. Se alejaban volviendo continuamente sus cabezas, como queriendo fijar en sus retinas la bella imagen del “Monte Urbasa” desde la perspectiva, en que por vez primera lo vieran en La Coruña... Una fila humana homogénea de color grisáceo, flanqueada por maletas de cartón y atados de diversas formas y volúmenes, caminaba lentamente hacia la Aduana para pasar el primer control, antes de incorporarse a la vorágine que les aguardaba más allá de las rejas que separaban el área portuaria, de la gran ciudad.

El anecdotario en espacio tan reducido como el de un barco de pasajeros, en el que conviven durante semanas cientos de personas, puede ser inagotable. Pero hubo en este viaje un caso insólito que merece la pena relatar.

En primera clase no solíamos llevar pasajeros en viaje de ida a Sudamérica. En esta ocasión embarcó en La Coruña un hombre educado y elegantemente vestido que derrochó simpatía y dinero durante todos los días que duró la travesía. Bebía y comía lo mejor de lo mejor, invitando en el bar de primera clase a toda la oficialidad en cuanto uno aparecía por allí. Su profesión, según nos confesó, era la de óptico y su intención abrir en Copacabana un negocio de grandes vuelos relacionado con sus conocimientos. Hizo una despedida a bordo en la que no faltó de nada y desapareció del barco sin dejar más rastro que el de una buena cuenta impagada en el bar de primera y sus maletas en el camarote.
Al cabo de unos meses, en mi tercera escala en Río de Janeiro, me lo encontré en Praça Maua portando una bandeja colgada del cuello, en la que ofrecía a los viandantes gafas ahumadas de toda índole.

Pablo

Foto 1: El "Monte Urbasa" visto desde el palo de proa.
(de mi primera entrada en Río)

Foto 2: Desembarco de emigrantes gallegos

(Continuará)




martes, 25 de diciembre de 2012

AMÉRICA, MÁS CERCA, GALICIA, MÁS LEJOS

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
 
 



Carta nº - 14 -

El paso del trópicos-a pesar de lo mucho que se ha escrito sobre él-no es tan maravilloso como se cree. Quizás lo más hermoso sean sus noches... si sopla algo de brisa, porque de otra forma el calor sofocante cargado de humedad lo convierte en un verdadero suplicio. Las guardias de mar nocturnas se hacen muy largas de manera que en cuanto veía un barco en el horizonte, le hacía señales luminosas con el “aldis” entablando amigable charla por Morse. Nos cruzamos información sobre origen y destino, nacionalidad, carga que transportaba etc. y si era español el tema preferido era los sueldos.
 A propósito del “aldis”. Desde el Peñón de Gibraltar, los ingleses suelen llamar por medio de este aparato de señales luminosas, a todos los barcos que cruzan el Estrecho. Solicitan nombre, viaje, nacionalidad etc. para hacer sus estadísticas que vienen después publicadas en una Gaceta del Lloyd Register de Londres. Navegaba yo en demanda del Cabo de San Vicente a bordo del “Maruja y Aurora”, el cual con la corriente en contra no andaba más de 6 nudos (11 kms por hora). Al estar al sur de Punta Europa recibí la clásica pregunta desde el Peñón: “What ship?” (¿Qué barco?) a lo que contesté : “Queen Mary” de Brurriana a Barbate. No le debió hacer ni pizca de gracia al señalero británico, pero a nosotros tampoco nos la hace el que estén allí y que encima nos controlen el paso por el Estrecho.

 Mi salida de la guardia a las cuatro de la madrugada venía premiada con un reconfortante baño nocturno en la piscina. Era la mejor hora para disfrutarla. Todos dormían y las estrellas lucen muy hermosas antes del alba. A los pasajeros de tercera clase no les estaba permitido hacer uso de ella, así es que también era el momento más apropiado para invitar al “ligue” de turno para un baño tropical sin testigos. Nos jugábamos un correctivo del Capitán pero ...¿cómo no correr riesgos ante tan apetecible oportunidad?
El pasaje, a medida que transcurrían los días de navegación, iba percibiendo que América estaba más cerca y Galicia tan lejos como jamás hubieran pensado pudiera estar. A veces se te encogía el alma viendo a personas mayores apoyadas sobre la borda, con la mirada perdida en el horizonte de la mar y llorando a lágrima viva, a más de diez días de nuestra partida. ¿Qué pasaría por sus mentes que tanto les entristecía? Para mí que cada día que pasaba se rendían más cuenta de que para muchos era un viaje sin retorno. Salían de sus camarotes al no poder resistir por más tiempo el terrible bochorno producido por el clima y el calor de las máquinas del barco. Se tumbaban en cubierta y se mojaban con las mangueras que poníamos a disposición de la tercera clase, bebiendo agua a todas horas. Los que podían superar el malestar producido por el suave movimiento del barco, iban cogiendo fuerzas y se les notaba más activos, pero continuaban caminando por los pasillos como “patos maneaos” sin poder acompasar el balance del barco. Otros se quedaban sobre cubierta toda la noche a pesar de la recomendación de no hacerlo para no dormir en un ambiente saturado de humedad. Pero aquella brisa producida por nuestra velocidad, les producía unas ganas irrefrenables de dormir al raso. ¡Qué poco qué ver con las noches de nuestra hermosa Galicia¡ Aquella brisa es fresca y huele a prados verdes, estiércol y humo de hogar...

 La radio brasileña traía al pasaje gallego un idioma familiar y cercano que por un momento les debía hacer pensar que habían estado dando vueltas y que de nuevo se encontraban en casa. ¡Triste espejismo¡ Estábamos a más de ocho mil kilómetros de Cabo Finisterre y aunque no se notara, la latitud nos había cambiado de estación. Estábamos en verano.
 Después de trece días de navegación, apareció la costa de Brasil desdibujada y difusa por la calima, pero lentamente iba tomando forma, dejando ver su exuberante vegetación. Desde el puente, con los prismáticos, podía uno percatarse de la extraordinaria diferencia con nuestras costas atlánticas, acantiladas y pobres de vegetación. Las playas, inmaculadamente blancas, interminables y limitadas solamente por el verde oscuro de sus selvas, infunden en el ánimo una mezcla de admiración sin límites y de temor a tanta naturaleza salvaje.

La gaita, ya no se la oye a la caída de la tarde o durante las reuniones entre paisanos que se cuentan sus vivencias y recuerdos. La cercanía de la costa y la vista de sus luces durante la noche, atraen a todos a la banda de estribor. ¡Es América¡ La tierra prometida que en poco tiempo se tornará en un calvario para la mayoría, hasta su integración en las nuevas costumbres, idioma, trabajo...
 Al amanecer, Cabo Frío nos avisaba de que Río de Janeiro estaba a la vuelta de la esquina.

Pablo

(Continuará)

miércoles, 12 de diciembre de 2012

EL PARALELO 39º-31´ (II)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero





Carta nº - 13 -


La estrella Polar, esa gran amiga y compañera de viaje del marino, iba perdiendo altura a medida que bajábamos en latitud.
 Mucho se ha escrito poéticamente sobre la relación que existe entre ella y aquellos que se adentran en la mar océana, como diría nuestro extremeño Vasco Núñez de Balboa. Quizás falte explicar aunque solo sea someramente el por qué de esa relación casi amorosa .
 Para muchos “terrícolas”, el norte es algo intangible, ambiguo y amplio. Para nosotros, los marinos, es un punto exacto de referencia y desde el cual empiezan a contarse todos los rumbos de la rosa de los vientos. Nuestro Norte-con mayúscula- es un rumbo que si lo siguiéramos desde cualquier punto del globo terráqueo, nos llevaría indefectiblemente al polo geográfico de nuestro hemisferio boreal, claro está, siempre y cuando el instrumento que nos dirigiera no tuviera errores. Aquí es dónde entra en juego nuestra querida estrella.

 El instrumento que nos guía, es la aguja magnética, que nos marca tan solo su norte particular : el “norte de aguja”. A veces, éste difiere del que queremos seguir sobre la carta náutica en hasta 15 ó 20 grados y que es el llamado “norte verdadero”. Pues bien,esa diferencia que es producto de un sin fin de variaciones magnéticas y desvíos producidos por el magnetismo terrestre y los hierros del barco, y que a su vez varían según la latitud y el rumbo, es lo que llamamos “corrección total de la aguja”. Esta corrección la podemos obtener por varios sistemas de cálculos más o menos tediosos, pero hay uno que nos la da de manera casi instantánea- y con un mínimo error -con solo lanzar una visual o “marcación” a la estrella polar, que para nuestra fortuna se encuentra situada próxima al Norte de la esfera celeste. En esto estriba su grandeza, ya que si tenemos en cuenta que en el Mar del Norte –por ejemplo-se navega entre barcos hundidos de las dos grandes guerras, bancos de arena, zonas aún minadas y de intensas corrientes, recorriendo “ways” o pasillos marcados con boyas distantes entre sí y que obligan a frecuentes cambios de rumbo, nos haremos una idea de lo que significa tener la certeza de que la aguja corregida de errores nos dará el rumbo verdadero que necesitamos para no salirnos del camino. Si tenemos en cuenta la escasa visibilidad y las frecuentes nieblas de ese mar cruel, nos podremos hacer una idea de por qué la Polar es tan importante para nosotros, especialmente para la mayoría de los barcos españoles que carecen hoy en día de modernos sistemas de navegación como son el radar, el Decca , Loran etc. Ver en una clara nuestra estrella o esperar a verla entre nubes, nos puede ocupar tiempo y paciencia, pero si lo conseguimos, nos puede dar un respiro o la seguridad, al menos, de que nuestro barco está haciendo el rumbo deseado.
 Unas singladuras antes del ecuador, la Polar a duras penas se la ve sobre el horizonte, dejando paso a una de las constelaciones más bellas del firmamento: la Cruz del Sur. El sol a su paso por el meridiano, va adquiriendo cada día una mayor altura, hasta llegar a culminar en nuestro cenit, momento en el cual las sombras desaparecen, por estar el astro rey, exactamente sobre nuestras cabezas.

 La mar llana como la palma de la mano, ofrece durante la noche el maravilloso espectáculo de la fosforescencia producida por el casco del barco al romper las tranquilas aguas. Una guirnalda de luminiscencia nos rodea convirtiendo nuestro casco en un imponente tubo de neón que todo lo ilumina, mientras aquí y allá oímos el tableteo de las colas de los delfines que en sus zambullidas van dejando su huella luminosa en la oscuridad impenetrable del mar.
 El día 1 de Febrero de 1959 crucé por vez primera el ecuador. Fue un día típico de los trópicos, cargado de humedad y de altas temperaturas. En nuestro rumbo a las islas del archipiélago de Fernando de Noronha y a pocas horas de nuestra recalada en la Isla Rata situada ya en el otro hemisferio, la proa de nuestro barco parecía cortar una mar de mercurio.

 Un poco ajenos a todo y como pensando que la oficialidad joven había perdido la razón, los pasajeros nos miraban incrédulos cuando nos veían aparecer disfrazados de no se sabe qué, como acólitos de un tío con barba blanca portando un tenedor de campeonato, fabricado en el taller del barco.
 El rey Neptuno interpretado por nuestro segundo oficial Radiotelegrafista-hombre de aspecto, orondo , bonachón y un tanto descuidado-como buen fumador de pipa-parecía más bien haber salido de una taberna escocesa que del fondo del mar. Su pesada corona era un macetero de hierro al revés, pintado con purpurina, y la túnica una colcha de cuadros rojos y azules que tapaba a duras penas sus absolutamente bien ganados michelines. Los tres Alumnos de Náutica, obligados por el alto mando, no teníamos más remedio que servir de comparsas, acompañando a Neptuno por todo el barco, envueltos en sabanas cuarteleras y con las caras lo suficientemente pintadas como para no ser reconocidos por los pasajeros. A nuestros “ligues” las gustábamos de “branquinho”-como dijera una pasajera brasileña – con nuestros blancos uniformes y no haciendo el payaso lanzando agua a todo el que se ponía a tiro. Pero tenía de parte positiva, que de vez en cuando, pasajeros que no habían abandonado aún el síndrome de la partida de La Coruña, reían o sonreían con las patochadas que montábamos en los alrededores de la piscina, bautizando y entregando títulos que acreditaban el paso del ecuador y que iban firmados todos ellos por el Capitán y Neptuno.

 Existe una práctica extendida en los barcos de pasaje, que el oficial que por primera vez cruza el ecuador, debe ir de cabeza a la piscina vestido de uniforme. Nadie te dice cuándo ni como, pero no te libras a lo largo del viaje. Por desgracia para mí, me cogieron de noche y no me dio tiempo ni tan siquiera a quitarme mi flamante reloj Cauny comprado en nuestra escala en Tenerife. Desde ese momento y según reza mi título, el Rey Neptuno me aceptó en su reino con el rimbombante nombre de “Tiburón de los Mares del Sur”. ¡Ahí es nada¡
Pablo

sábado, 1 de diciembre de 2012

EL PARALELO 39º-31´ (I)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
Foto: De guardia en el Monte Urbasa
Carta nº - 12 -

El maretón de poniente a lo largo de la costa portuguesa, comenzaba a causar estragos entre el pasaje. Es una mar de fondo de ola larga y tendida que produce un balance continuo y muy desagradable incluso para nosotros. De madrugada, incapaces de soportar las cuatro paredes y la masificación de los camarotes de tercera clase, los emigrantes subían a cubierta con las colchonetas y rodaban sobre ellas como croquetas de uno a otro lado en el vano intento de pegar un ojo. Algunos permanecían horas con el pecho sobre la borda arrojando a la mar hasta el hígado, con la faz demudada y grandes ojeras.
En mi guardia crucé por vez primera a bordo del Monte Urbasa el paralelo 39º-31´ de Cáceres. Es una supina idiotez, pero es el momento en que en la mar, siempre me encontré más cerca de mi casa. Nunca pude evitar fijar en la carta náutica el punto en que de haber sido Cáceres un faro, habría estado allí. La verdad es que solo podía apreciarse el pinchazo de mi compás sobre el papel gris de esa zona “deshabitada”, lejos de la costa, pero muy cerca de mi corazón.

Al cuarto día de navegación y con no poco esfuerzo de la vista, aparecía entre nubes el pico del Teide y más tarde Punta Anaga, y con ella, la esperanza para aquellos a los que la travesía les había sometido a la primera prueba desagradable de su viaje, robándoles el apetito, el sueño, volcándoles el estomago y llevándolos casi a la extenuación.

Tenerife nos recibía siempre con sus tiendas de indios abiertas hasta altas horas de la madrugada. Era nuestra “américa”, pues nos permitía mejorar sustancialmente nuestros pobres ingresos como Alumnos de Náutica, que en el mejor de los casos nunca superaban las mil pesetas mensuales de sueldo.

Tratar con los indios de Las Palmas o Tenerife sin ser engañados no era tarea fácil. Se necesitaba una gran astucia, sentido comercial y determinación antes de aceptar cualquier precio. Nuestro negocio, conocido en la terminología marinera como "faifa", consistía en comprar productos tales como tabaco americano y whiskey-dos clásicos-aunque también ampliábamos la oferta con: medias, conjuntos de perlón, tijeras, mantillas españolas, radios japonesas, crema Ponds, bacalao en hojas, conservas de pescado etc. para ser vendidos especialmente en Buenos Aires.
Si la compra tenía sus dificultades financieras para nuestros pobres bolsillos, no era nada si lo comparamos con las de esconder todo aquello a los ojos de los corruptos policías e inspectores que nos visitaban en cada puerto. Estos nunca estaban satisfechos con la “participación” que se les daba en el negocio y eran capaces de desmontar hasta el último tornillo del barco si no se llegaba a un acuerdo entre “caballeros”.

Nuestro camarote era una especie de cruce de vías del aire acondicionado. En el confluían dos tuberías rectangulares de buen tamaño, unidas por unos cincuenta pequeños tornillos. Una vez desmontados los tubos del “cruce”, nos permitía tener a nuestra disposición un almacén de treinta centímetros de alto, por tantos metros de largo como fueran necesarios, ya que el tubo recorría el barco de proa a popa . Solíamos introducir en él, lo que podríamos llamar el “principal”, esto es, el tabaco y el whiskey. Teniendo en cuenta que en profundidad llenábamos hasta los diez o quince metros, debía ir todo perfectamente ligado, de forma tal que tirando del “hilo” pudiéramos extraer la mercancía. A veces y debido al exceso de volumen almacenado, éste no permitía el paso correcto del aire acondicionado, lo cual volvía locos a los mecánicos que no lograban descubrir, por qué aquello no funcionaba bien al ir hacia el sur y si ,en cambio, cuando íbamos para el norte.

Una vez colocada toda la" faifa " se procedía al sellado, pintado, secado y retocado-todo un arte- para que los inspectores de Aduanas brasileños y argentinos no pudieran ni imaginar lo que allí escondíamos.

Tenerife era a la vez puerto de embarque de emigrantes canarios y de provisiones especialmente vinos, champagne y cognac francés, caviar iraní, salmón ahumado noruego, puros habanos y un sin fin de artículos inaccesibles para los peninsulares y que la tripulación y el pasaje de primera clase podíamos disfrutar a precios irrisorios, cuando no, formando parte del menú de a bordo a lo largo del viaje.

Una vez completado el pasaje y ya en la mar, nuestro deporte favorito como solteros, era buscar entre los pasaportes lo mejorcito del pasaje femenino y preparar un plan de ataque individualizado. Era importante saber la edad de la “victima”, si era soltera, casada, casada por poderes y sobre todo si viajaba sola o acompañada y finalmente el puerto de destino-esto último muy importante, para saber el tiempo de que disponíamos para “actuar”-.

Con una mar bella y el alisio por la popa, los pasajeros comenzaban a asomar tímidamente y a transitar por las cubiertas, si bien algunos no superarían el mareo y en algunos casos los llevaría a extremos peligrosos de desnutrición y deshidratación. En cierto viaje una pasajera se pasó la travesía de Tenerife a Río de Janeiro tumbada en una hamaca en cubierta noche y día, sin probar bocado y a punto de morir de no ser por nuestro médico que la mantuvo viva a duras penas.
Poco a poco, el pasaje en su totalidad emigrante y por tanto acomodado en tercera clase, iba participando en las verbenas que organizábamos para que olvidaran sus penas y dramas. Las canciones de Pepe Blanco y las muñeiras, hacían verdaderos milagros en el ánimo de aquella gente. De vez en cuando y si la ocasión de “ligar” lo merecía, poníamos música de Nat King Cole hasta que “pescábamos”. A partir de ese momento nos subíamos a la cubierta de la toldilla de popa con nuestra “pebeta”, donde teníamos instalada nuestra “boite” particular lejos de cualquier mirada indiscreta. Bajo el cielo estrellado del trópico y con mi tocadiscos RCA de 45 revoluciones - montado sobre esponjas para evitar los saltos de la aguja producidos por las vibraciones de la máquina-, enunciábamos todos los tiempos del verbo amar arrullados por Frank Sinatra, Domenico Modugno o Lucho Gatica.

 Las casadas por poderes eran el blanco preferido de los más experimentados en el arte de conquistar a la fémina. Lo que parecería poco menos que imposible dada la excepcionalidad de la situación, no lo era tanto y de cuatro o cinco embarcadas, siempre había alguna que pecaba. Las noches del trópico, la música romántica, el no se sabe qué de afrodisíaco de los barcos... lo cierto es que éstos producen un extraño efecto en la mujer. Lo malo era que, como en los pueblos, todo se sabía enseguida y cuando el resto del pasaje tenía la certeza de que la infiel estaba traicionando al que le esperaba en Buenos Aires o Río de Janeiro, le pasaba factura a la llegada.
 En cierta ocasión, una de estas impacientes del amor, fue abucheada en Río de Janeiro por todos los pasajeros que continuaban viaje a Buenos Aires. El marido que estaba en el muelle esperándola, al verla descender por la escala, salió a su encuentro, y mientras la abrazaba, al percatarse que los abucheos iban dirigidos a su flamante esposa, miró inquisitivo a los pasajeros y uno de ellos a voz en grito le dijo:

“¡Los tienes más retorcidos que los de un carnero...¡”
Allí mismo y luego de algunas discusiones, la plantó con su maleta en el muelle y se volvió sólo por donde había venido.

 La pobre subió al barco y rogó al Capitán que la llevara de regreso a España, a lo que el “viejo” le contestó, que el barco continuaba viaje para Buenos Aires y que tardaría en llegar a España un mes y medio. Finalmente y con su maleta de cartón en la mano derecha y el bolso en la izquierda se fue cabizbaja caminando hacia la ciudad.
PABLO


(continuará)