Pablo Romero Montesino-Espartero

Pablo Romero Montesino-Espartero
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Camarote desde donde fueron escritas algunas de estas cartas-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Con este blog pretendo ir recopilando las cartas escritas por mi hermano Pablo Romero M-E, dirigidas a la familia, durante sus primeros años de navegación tras terminar su carrera de Marino Mercante allá por el final de la década de los años cincuenta, principio de los sesenta-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------.

martes, 28 de mayo de 2013

EL AVESTRUZ, SU COJERA Y EL ENGAÑO

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
 
 
Con el capellán del “Monte Urbasa” en 1960

 Carta nº 23

Se me asignó un “Remington” del 22- la primera vez en mi vida que tenía entre mis manos un rifle- y partimos con las armas asomando por las ventanillas del “Chevrolet” que parecía un erizo con ruedas. Luego de una hora de “navegación” por aquél mar de pasto, llegamos a un río y lo vadeamos en calzoncillos, pues del otro lado había unos claros en dónde nos sería más fácil disparar contra lo que se moviera. Nada más cruzarlo y aún en paños menores hicimos fuego contra una piara de unos siete cochinos que pasó por delante de nuestras narices tan rápido que no nos dio tiempo a hacer puntería siquiera. Fueron los únicos jabalíes que vimos en todo el día.
Animados y con la emoción propia de la caza, nos abrimos en arco y al cabo de una hora de andar, pude ver sobresaliendo del herbazal y a unos dos kilómetros de distancia un grupo de “ñandus”. Se me aceleró el corazón de tal forma que creí fuera a salírseme del pecho. Como un gusano me arrastré camuflándome entre los pajonales hasta situarme a unos cuatrocientos metros de ellas. Un disparo de mi amigo que se encontraba a unos quinientos metros de mí, las asustó alejándose tanto que las perdí de vista. Todos se dieron la vuelta para volver al río y al coche pero yo continué caminando hasta que de nuevo las tuve delante de mí. Arrastrándome como un lince, me acerqué hasta unos cien metros, me encaré el rifle y disparé a la más cercana. La vi caer y levantarse coja y arrastrando las alas por el suelo entre los pajonales. Disparé de nuevo hasta la última bala y sin pensármelo dos veces corrí tras ella abandonando el arma para correr mejor. Corrí y corrí hasta la extenuación, mientras el turco me gritaba algo que no entendía. Al cabo de unos minutos de mi enloquecida carrera, el avestruz dejó de cojear y se alejó a gran velocidad. Más tarde supe que era una hembra con pollos a los que fue colocando mientras a mi me hacia alejarme de ellos fingiéndose herida. ¡Tardé cerca de una hora en encontrar el rifle¡
 Vadeamos de nuevo el río y nada más poner el coche en marcha caímos en un barrizal oculto por el pasto. Nos quedamos clavados, con el barro hasta los ejes y por más que lo intentamos nos fue imposible salir de aquella trampa. Llegamos incluso a calzar las ruedas con todo el esqueleto de una vaca, sin que el invento funcionara.

En aquél océano de hierba seca, la casa aparecía en el horizonte a unos 12 kms. de distancia y era nuestra única esperanza si queríamos llegar al barco al día siguiente, antes de las ocho de la mañana. Sorteamos, y el turco y yo fuimos los “afortunados”a los que nos tocó ir a pedir auxilio.
 Caminamos y caminamos durante cerca de tres horas, siempre en línea recta y nadando a veces por entre el pasto. La estancia parecía un espejismo al que nunca llegaríamos, apareciendo y desapareciendo con las ligeras ondulaciones del horizonte. Llegamos con los pies destrozados y agotados pero animosos de ver la que se estaba montando mientras contábamos nuestra aventura. No sentía el menor deseo de volver al coche hasta que vi los caballos que cuatro de los hijos del guarda-dos chicos y dos chicas- nos prepararon para acompañarles en el rescate.

 Mi amigo el turco, al ver la alzada del suyo, me dijo si no me importaba que fuese a la grupa conmigo, ya que no tenía experiencia hípica alguna.
 Salimos en fila india, hasta que el ritmo y el tranco largo de los gauchos nos fue alejando de ellos. Yo intentaba acercarme galopando el nuestro, pero cada vez que lo intentaba, mi compañero de viaje me gritaba:

“¡Viejito, viejito, no lo galopés que nos vamos a caer y quedaremos mal¡”
Las chicas viendo el apuro que estábamos pasando-casi me tira por la forma en que se agarraba a mi cintura-galopaban sus monturas, con lo cual la nuestra daba arreones haciendo resbalar de la grupa a Gregory. Tanta era mi risa que me dolía el estómago y montaba apoyando mi frente sobre la crin del caballo para mitigar las molestias. En cuanto me veía en esa posición volvía a decirme:

“¡Viejito, viejito, mirá pá lante que vamos a quedar muy bien si no nos caemos¡”
Mientras nosotros luchábamos por mantenernos erguidos, las dos chicas puestas en pie sobre sus monturas oteaban el horizonte y cabalgaban en esa posición para nuestro escarnio y vergüenza. Supongo que pensarían que los conquistadores extremeños debieron ser mejores jinetes que yo...

Más tarde, los del coche nos confesarían que pensaron que nuestro caballo estaba loco por las cosas raras que hacía.
 En un abrir y cerrar de ojos engancharon los animales al “Chevi” con largas correas de cuero y tiraron de él sacándolo de un tirón, ayudados por el motor.

 Regresamos a la casa escoltados por los cuatro hijos del guarda. La menor delante de nosotros y puesta en pie sobre la montura, buscando el mejor camino entre los pastizales y pajonales.
 Cuando llegamos a la estancia muy atardecido, comenzaba a llover. Nos metimos todos en la gran chimenea de la cocina y sentimos un gran alivio al ver terminada felizmente nuestra aventura. Sacamos anchoas, coñac español, sardinas y bonito, -manjares todos ellos muy apreciados en Argentina- mientras nos contaban historias y experiencias sobre la caza del puma en la sierra, las nutrias y los “ñandus” de la pampa o nos explicaban el uso de las boleadoras y el “facón”. La hija mayor en su afán por demostrarnos sus habilidades cinegéticas, salió en solitario a todo galope con intención de matar un “chancho salvaje” al estilo gaucho, con los cascos del caballo. Para nuestro asombro, regresó en noche cerrada con un pequeño jabalí amarrado por las patas a la montura.

No faltó la ceremonia del “mate” y por vez primera chupé por la “bombilla” aspirando aquél líquido amargo un tanto repugnante, pues todos chupábamos por la misma. Sentados alrededor del fuego, nos fuimos pasando la “matera” al tiempo que dos de los hijos se arrancaron con una “cueca” como despedida.
 El regreso a Mar del Plata fue otra odisea debido a la persistente lluvia. Los caminos estaban intransitables y caminábamos patinando como si de nieve se tratara. Llegamos al barco al amanecer, rendidos de la durísima jornada cinegética y de empujar el coche en la oscuridad inquietante de aquellas soledades.

Más adelante y en otros viajes a la Argentina, pude saborear el éxito de días de caza fructífera sentado sobre el capó del mismo coche y recorriendo las interminables siembras cerealistas o cazando al salto, si cazar se puede llamar el ir disparando a derecha e izquierda a cada paso que dabas. La liebre – que por cierto es como un perro de grande-está considerada plaga en ese país por lo que liebre muerta, es liebre abandonada en el campo.
Las perdices, un poco más grandes que nuestra codorniz, pero de parecido plumaje, iban a peón por las calles de los pueblos. En cierta ocasión y para no ser el hazmerreír de la tripulación al llegar con las manos, vacías, llenamos el maletero del “Chevi” de liebres, que depositamos provisionalmente en la bañera de nuestro cuarto de baño y que desgraciadamente terminaron en el agua a causa de su rápida descomposición.

 La Pampa me cautivó hasta tal punto, que me prometí a mí mismo volver para recorrer de norte a sur todo el territorio argentino. Un sueño... tal vez, pero de momento todo juega a mi favor para poder realizarlo algún día.
Pablo

(continuará)

Foto:
Con el capellán del “Monte Urbasa” en 1960

lunes, 6 de mayo de 2013

A LA CAZA DEL "CHANCHO" EN EL "CAZADERO"

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
 
 
Rastra y facón de un gaucho argentino.



 Carta nº 22

El “Monte Urbasa” es un buque mixto de carga y pasaje y en el que, generalmente, cargábamos en viaje de regreso grano en Argentina y café en Brasil.
 Mi primer contacto con la Pampa argentina lo tuve gracias a nuestra escala en Mar del Plata , puerto turístico y cerealista de gran importancia en el que pasamos una semana cargando trigo para Funchal y Amberes.
 Como siempre, nuestro barco era visitado por gente variopinta en cuanto dábamos el último cabo a tierra. Jamás pude imaginar en mis correrías cinegéticas tras los lagartos por los campos y berrocales malpartideños, que algún día iría de caza por la Pampa y menos aún invitado por un turco.
Gregory era uno de esos visitantes que se interesaba por los barcos y cuanto se podía comprar en ellos. La palabra “importado” tenía un significado para él casi erótico. De doble nacionalidad, regentaba en Mar del Plata una tienda de recuerdos trabajados en oro y plata y del que guardo como recuerdo un “facón” y una “matera”, ésta última en mérito a nuestra amistad, obsequio de la casa, lleva adornos de plata y oro y es una obra de artesanía gaucha que nunca creí merecer.
 Pues bien, la cuestión es que a bordo de su Chevrolet de la época de Al Capone, un buen día, con mi amigo y compañero gallego, salímos para la Pampa con afán de aventura y la ilusión de cazar un “chancho”, unas liebres o un ”ñandú”, teniendo como guía a nuestro nuevo amigo Gregory y al ayudante del Juez de Mar del Plata amigo a su vez de los propietarios de la finca.

 El viaje desde el puerto hasta el “cazadero” se hizo casi interminable y siempre por pistas de tierra. Tras un recorrido de unos 200 kilómetros llegamos de amanecida a la estancia cuya superficie de 24.000 hectáreas nunca llegamos a asimilar como algo real.
 Cargados de rifles, escopetas y hasta un revolver, nos presentamos en la casa de la finca y a partir de aquí, enlazo con la carta que desde Mar del Plata escribí a mi familia en Cáceres.

“ La casa está rodeada de dependencias de toda índole y en su conjunto parece como si se tratara de un pequeño pueblo. Nos salió a recibir el hijo mayor del guarda que sería nuestro anfitrión en ausencia del dueño. Se trata de una familia gaucha con catorce hijos, todos ellos trabajan en la estancia cuidando del ganado, miles de cabezas que en libertad permanente, deambulan por todos los confines de la finca.
 De unos treinta años de edad, parecía persona de carácter serio, pero algo tímido por nuestra presencia. Tostado por el sol y el viento, pelo muy negro y facciones enteramente indígenas, bigote bien poblado y de una estatura poco común. Al igual que los demás varones vestía el traje típico gaucho. Sombrero negro de ala ancha, cazadora de cuero con adornos de plata ennegrecida y pañuelo anudado al cuello. Pantalones bombachos, -que me traían recuerdos de mis años en el colegio - plisados e introducidos en sus botas de caña con formas de acordeón, espuelas de plata, una fusta de cuero con adornos del mismo metal y un enorme “facón” a la cintura metido entre la faja y la “rastra”. El mango del cuchillo es una verdadera obra de arte por sus filigranas en oro y plata. De la misma “rastra” llevaba colgada la “boleadora” que les sirve para parar en su carrera los terneros y cazar el ”ñandú” que es una avestruz americana de menor tamaño que la africana. Pensareis que estoy describiendo a un hombre que se va a la fiesta del pueblo. Pues os equivocáis. Como primogénito lucía toda la plata acumulada de sus ascendientes y la lleva de forma habitual y diaria.

 Prosigo. La “rastra” es un cinturón negro de cuero de unos treinta centímetros de ancho, con cadenas de plata que tejen más de doscientas monedas del mismo metal. Pero si todo esto es sorprendente, mucho más lo son los arneses y la montura de su caballo en los que se han cosido de alguna manera al cuero, varios kilogramos de plata trabajada y oscurecida por el paso de los años, fruto de una artesanía típicamente gaucha.
 La hija menor se ha educado en Mar del Plata y es de una belleza exótica al igual que la madre. Vestía muy modestita pero elegante. Pantalón bombacho y botas de caña, gorro de lana, que deja fuera una trenza corta de pelo negro como su cazadora de piel, forrada de lana blanca de cordero y un pañuelo azul anudado al cuello. La plata estaba absolutamente ausente en su indumentaria, a excepción de unos pendientes bastante modestos. De unos dieciocho años, nos encandiló a todos, sobre todo por su habilidad montando a caballo.

Lo primero que te sorprende de la Pampa es la lejanía del horizonte. Es como un mar de hierba y pajonales que no tienen más límite que el propio de la curvatura terrestre. Sus pastos son tan altos, que en algunas zonas, nuestro coche desaparecía entre la hierba y debíamos subirnos al capó, para tener la posibilidad de marcarnos un rumbo en nuestro peregrinar. Lisa como la palma de la mano, estaba surcada por ríos de aguas mansas y cristalinas.
 Os parecerá extraño cazar jabalíes en un lugar tan llano pero no es fácil verlos si no se va a caballo, a no ser cuando cruzan un río o atraviesan un claro en el pastizal.

Pablo
 
(continuará)

 Foto:
Rastra y facón de un gaucho argentino.

viernes, 19 de abril de 2013

LA VESPA, SU SIDECAR Y MI VIDA

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
 
 
Atracados en los muelles de Río de Janeiro. Año 1959 a bordo del "Monte Urbasa".


 Carta nº 21

Las salidas nocturnas de Buenos Aires nos traían de cabeza a la hora de iniciar nuestro trabajo a las ocho de la mañana. El Primer Oficial entraba en nuestro camarote pegando tres fuertes golpes en la puerta, soltándonos siempre la misma cantinela:
“¡Noches alegres, mañanas tristes¡”
Pero nuestro trabajo, no estaba reñido con el negocio, si bien era cierto que había que ingeniárselas para atender la “tienda” mientras hacías frente a tus responsabilidades durante la descarga. En ocasiones, la “tienda” la llevabas encima, como sucedía con las radios japonesas. Me solía pasear por cubierta oyéndola “visiblemente”, hasta que algún estibador me pedía que se la vendiera, cosa a la que siempre respondía que era de mi uso personal y no tenía otra. Esto hacía elevar el precio y una vez cerrada la operación, volvía al camarote a por la siguiente, procurando esquivar al cliente anterior.
 Entre la gente asidua que nos visitaba cada vez que se escalaba Buenos Aires, figuraba como invitada de excepción, una ex-pasajera del “Monte Urbasa” azafata de Aerolíneas Argentinas. Solía comer a bordo invitada por el Capitán y después compartía con nosotros sus vivencias tomando café en nuestro saloncito de estar. Venía siempre “cabalgando” sobre una Vespa con sidecar y nunca tenía inconveniente, en que cualquier oficial la utilizara para darse un paseo por los muelles. Mi experiencia con las motos, era en aquél año más bien escasa, pero al llevar sidecar me indujo a pensar que sería mucho más fácil. El caso es que, con el barco de salida y de uniforme blanco impecable, se me ocurrió darme un paseo corto. Todo fue bien hasta mi regreso triunfal. Entré muy confiado a cierta velocidad en la zona de vías que a lo largo del muelle, sirven de camino de hierro a las grúas. La Vespa dio varios saltos, sin que pudiera frenarla antes de chocar contra el casco del barco que estaba separado del muelle unos dos metros. Por ese hueco, precisamente por ese hueco, nos fuimos para abajo, la vespa, el sidecar y yo.

 Bajé, bajé y bajé con mi pierna trabada entre el casco y la moto. Fueron los segundos más largos de mi vida, pues por más que hacía no conseguía liberarme; hasta que llegué a la curva del pantoque –a unos ocho metros de profundidad-en que pude soltarme de ella. Cuando salí a la superficie flotaba en un charco de residuos y de gasoil y me encontré en un callejón en el que las defensas del barco me salvaron de morir aplastado. Me lanzaron un cabo y subí como un gato los cuatro metros de muelle.
La moto permanecería varios días bajo el agua y en el transcurso de los meses posteriores al accidente, la fui pagando en “cómodos” plazos, hasta que fue recuperada gracias a la intervención de la hija de un alto funcionario de Aduanas. La conocí en mi segundo viaje a Buenos Aires en la Casa de Galicia y creo que merece un inciso, ya que por ella estuve a punto de tener doble nacionalidad.

 Fue en Julio de 1959 y en pleno invierno austral. La Casa de Galicia es por así decirlo, el lugar más “chic” de Buenos Aires. Es un gran club social sumamente restringido, al que acuden todos los españoles adinerados que han triunfado en Argentina. El acceso a sus fiestas y bailes está sometido al filtro de la rigurosa invitación. El Capitán de nuestro barco recibía de manera casi institucionalizada, tres invitaciones cada vez que el “Monte Urbasa” atracaba en el puerto de Buenos Aires. Generalmente, los oficiales, vascos en su mayoría, preferían otro tipo de diversiones, por lo que no se hacía necesario mucho esfuerzo para que los Alumnos de Náutica pudiéramos hacernos con ellas.
En Argentina, el ser español es un salvoconducto, si además eres marino, las puertas se te abren de par en par y si por añadidura vistes de uniforme, entonces el éxito en la toma de la “plaza” está garantizado. Mi compañero gallego y yo, no olvidaremos jamás nuestra primera entrada en el salón de baile de la Casa de Galicia. Al poco de tomar asiento en nuestra mesa, quedamos sorprendidos cuando una señora acompañada de su hija se nos acercó y nos dijo:

“Desearía poder presentar a mi hija a dos marinos españoles.”
Ya han pasado unos años de este momento vivido tan lejos y tan cerca de España y aun siento gran emoción al recordarlo.

 La Argentina siempre nos trató bien y creo que nunca podremos pagarle la deuda que contrajimos con ella en nuestra posguerra. En aquellos tiempos tristes y a la edad de seis o siete años uno no sabía ni le importaba, la procedencia del trigo con el que convertido en blanca harina, se elaboraba el pan que nos quitaba el hambre a diario. Ahora, además, nos reciben con los brazos abiertos ofreciéndonos trabajo y futuro... ¿se puede pedir más para nuestro reconocimiento sincero?
 Aquella chica que su madre nos presentó, nunca llegó a ser en mi vida más que la amiga de la que sí lo sería y por varios años. La conocí gracias a ella y en un principio, su fuerte acento argentino hacía que mi atención por sus maneras educadas, su belleza y cultura, se desviara involuntariamente. Me era difícil concentrarme en las cosas que me decía, pero era tan atractiva y dulce que poco a poco su acento me fue pareciendo un toque musical a su personalidad. Fue mi guía turística por el Gran Buenos Aires, mostrándome todo lo típico y tópico, lo grandioso y lo criollo de su ciudad y alrededores, Olivos, El Tigre, Palermo...Conciertos en el Teatro Colón, tango, milonga y cueca hasta la extenuación. Sabedora de mi afición por el tenis, me llevó a su club donde la tierra batida trajo a mi memoria tantos recuerdos de Cáceres, Cádiz, La Coruña...Con ella se me ofrecieron de golpe un sin fin de posibilidades, entre ellas la de navegar a vela por el Plata en un barco clásico que su padre tenía amarrado en el Náutico de Buenos Aires y al que también alguna vez le pedía su coche para hacer excursiones inolvidables al Tigre o a Mar del Plata.

 Fue una relación seria, pero que estaba condenada a no durar más que el tiempo que me quedaba para tener que retomar mis estudios de Piloto. En Septiembre de 1960, un año después de haberla conocido, nos prometimos amor eterno en los muelles de Buenos Aires, mientras nos despedíamos en mi último viaje. Nunca perdió la esperanza de que aceptara la oferta de su padre, para que navegara-una vez obtenido mi título de Piloto- en modernos barcos argentinos y en condiciones económicas que no podíamos ni soñar en España. Hecha un mar de lágrimas y pensando como yo, que quizás era la última vez que nos veíamos, se quedó sola en el muelle del puerto de mi querido Buenos Aires, cuando nuestro barco lentamente ponía proa a Europa.
 Pero el hombre propone y el amor dispone. Pasado un tiempo, pensó equivocadamente, que si cruzaba el Atlántico me llevaría consigo a la Argentina... y lo cruzó. Pero siendo esa una historia ajena a mi vida en la mar, no va a tener cabida en estos relatos.

Pablo


(continuará) 

Foto:
Atracados en los muelles de Río de Janeiro. Año 1959 a bordo del "Monte Urbasa".

miércoles, 3 de abril de 2013

A LA CONQUISTA DE LA "CITY"

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
 
 
Nochebuena de 1959 en el Club Náutico de Buenos Aires, con la que
años después cruzaría el Atlántico, para intentar hacerme argentino.
 
Carta nº 20 
 

Cumplidos nuestros deberes y obligaciones y formando una especie de binomio perfecto con mi compañero gallego, nos lanzamos a la conquista de la “city”. Los negocios marchan bien, por lo que disponemos de abundante plata para corrernos más de una “farra” con taxi a la puerta.
Solemos, como principio de fiesta, cenar en un buen restaurante un churrasco de esos que solo en Buenos Aires se pueden “catar”. Las calles huelen a carbón vegetal y carne asada que preparan a la vista, impregnándolo todo con su olor característico. Es asombroso el despilfarro que hacen de ella. En España comeríamos tres adultos con una porción de estas. La mitad del plato se va a la basura a pesar de su exquisitez. Pero lo más asombroso es saber que la carne de la res sacrificada o se consume o se deshecha, tal es su abundancia y bajo precio, que no les interesa congelarla para un posterior consumo. Por todas partes se nota el bienestar social. Cines, teatros, restaurantes, tiendas, librerías- sorprendentemente abiertas hasta altas horas de la madrugada – con gente dispuesta a gastarse hasta el último peso. Para nosotros, los españoles, los precios son muy asequibles y en según que cosas muy baratos. Todo lo relacionado con la alimentación, la piel, los tejidos de lana, los transportes y la diversión están baratos. Una noche con restaurante, baile y taxi nos cuesta unas cien pesetas o dicho de otra forma, un cartón y medio de cigarrillos- precio de compra en Canarias.
Se ven buenos automóviles americanos, algunos de ellos ocupados por hombres que peinan canas y que practican un deporte desconocido en España. Se trata de orillarse a la derecha en una calle principal y seguir a una chica a velocidad peatonal, invitándola insistentemente a montarse en el coche. Algunos se hacen varios kilómetros en las grandes avenidas y consiguen su fin cuando ya el radiador echa humo. Esta formula de conquista, en España, además de “ligarte” una buena multa, causaría risa a todos los transeúntes. Aquí en cambio se ve como lo más natural del mundo, hasta el punto de que a veces hay más de un coche detrás de la misma “pebeta”.
La primera vez que fui a bailar en Buenos Aires, y como caballero español de ley, me acerqué a la mesa de una encantadora bonaerense y con gesto amable y educado, le pedí que bailara conmigo. Me miró sorprendida y me dijo:
“Lo siento “gallego”, me tenés que cabecear”
Regresé con la cabeza baja y un hombre de mediana edad con el que compartíamos la mesa, me soltó:
“Qué gallego...¿ te calabaceó la piba... ? Fiiijáte como hace el gaucho que está apoyado en la columna”
El “gaucho” que estaba apoyado en la columna, medía casi
 dos metros y era un dandy de cabello repeinado, pantalón estrecho y zapatos de dos colores. Desde su situación privilegiada, dominaba toda la sala e iba fijando su mirada unos segundos en las chicas que estaban sin pareja. De vez en cuando paraba su ojeo en una de ellas y sin apartar la vista del “blanco”, le hacía dos o tres inclinaciones de cabeza, casi imperceptibles para un neófito del “cabeceo” como era yo. El resultado era, que de pronto, el “gaucho” se ponía en movimiento al mismo tiempo que la “ piba “que estaba a más de quince metros de distancia, para finalmente encontrarse ambos uno frente al otro en la pista. Se puede decir que la sacó a bailar vía radio.

“Eso es cabecear a una mujer en Argentina”, me soltó mi compañero de mesa.
 En el curso de la noche lo intenté en varias ocasiones, hasta que por fin me salió de una forma, que no pareciera que mi “cabeceo” lo hubiera aprendido en una clase de gimnasia. No podía creer que aquella mujer que desde tan lejos caminaba hacia la pista, viniera a mi encuentro. Pero si esto me sorprendió, no lo fue menos el que ya frente a mí, no me permitiera cogerla para iniciar el baile. Yo la miraba sin preocuparme del entorno y de nuevo, pasados unos segundos, lo intenté por segunda vez cuando ya la pieza iba por la mitad. Entonces me di cuenta de que todas las parejas estaban paradas mirándose o hablando, hasta que, como si alguien diera la salida, todos nos pusimos a bailar. Quizás lo más interesante fuera que la chica te aguantaba hasta la tercera pieza... y vuelta a cabecear. Después supe que eran costumbres arraigadas en zonas más bien de nivel social medio bajo, si bien la “piba” lo era de nivel medio alto.

Pablo
 
(continuará) 

 La foto se salvó por casualidad de la quema en 1971.



domingo, 17 de marzo de 2013

LLEGADA A BUENOS AIRES

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
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Observando el paso del sol por el meridiano, para el cálculo de la latitud.

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Carta nº 19
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Quizás lo más espectacular de la llegada por mar a Buenos Aires sea la navegación por el río de la Plata. Su desembocadura es de tal extensión, que después de navegar horas en demanda del puerto, no se ven las orillas. Da la impresión de encontrarte en un mar de chocolate con leche, que poco a poco va oscureciéndose a medida que nos acercamos a la ciudad del Plata.
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 Las autoridades de inmigración, sentadas tras una mesa alargada en el comedor de primera clase, con sus tampones y sellos, van desgranando la personalidad de cada pasajero. Los pasaportes en pilas de a diez, son escrutados uno por uno delante de los interesados. Sus nombres, lanzados a voz en grito, van abriéndose paso entre los murmullos de las tres grandes colas. Sus rostros reflejan la inquietud que les producen los uniformes azules y el cansancio de la vigilia. Se suceden las preguntas una y otra vez referidas a la salud, no importa si son o no analfabetos, importa lo físico. Se examinan los tórax sobre la marcha. Hay miedo a la tuberculosis, algunos son apartados de la fila y no se les devuelve el pasaporte. Les esperan los rayos X en las dependencias de la sanidad en el puerto. Vuelven los llantos y el miedo. A los que colaboramos nos invade cierta pena, sabedores de lo que han pasado para llegar a la fecunda y rica Argentina.
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 Las dos brasileñas descienden por la escala sin pasar el trámite. Son turistas. La noche anterior a la llegada tuvimos nuestra particular despedida con promesas, direcciones, teléfonos y toda clase de arrumacos, arrullados por los destellos de la Cruz del Sur.
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 Finalmente el barco se queda sordo, pero por poco tiempo. Despedido todo el pasaje a los acordes de un pasodoble, da comienzo a las pocas horas la invasión turística de criollos y españoles afincados en el país, que quieren visitar el barco y comprar cualquier cosa que venga de España y especialmente bacalao, por el cual harán largas colas para hacerse con una hoja. ¡Termina el romanticismo y da comienzo el negocio¡
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 Nuestro camarote se convierte en una verdadera tienda al detall. Sobre nuestras camas y a modo de mostrador, mantillas españolas, medias americanas, crema “Ponds” radios japonesas, tijeras de Vitoria, navajas de Albacete, conservas gallegas... se entremezclan en absoluto desorden. Los conjuntos de perlón hacen perder la cabeza a alguna fémina. Tenemos que abandonar el camarote para que se prueben...otras veces, no. Todo esto tan solo son baratijas que representan una parte de nuestras ventas. El plato fuerte será el tabaco y el whisky, pero para eso hay que esperar a que la policía se lleve su parte, en manera de poder bajar el “principal” y trabajar con tranquilidad. En cierta ocasión dejaron sus pistolas en el camarote y se llevaron todo el tabaco con la promesa de pagarnos al recogerlas. Lo hicieron para que nos confiáramos. Regresaron a por ellas y se largaron sin pagarnos un céntimo. Alguien dijo una vez:
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“El dinero va y viene”. Desde luego no en este caso.
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 Lo primero que descargamos fue la rueda del afilador. Era como un muñeco roto colgado del cable de la grúa. Más tarde comienza la descarga de mercancías, que se interrumpe con la llegada de una camioneta con soldados armados. Se colocan en las inmediaciones de la bodega número dos, de la que sale una caja de madera de regular tamaño. Todo el mundo está expectante por ver que sucede con la caja, cuyo contenido se ha mantenido en el más absoluto secreto desde que se cargó en Bilbao. Finalmente, la caja es rodeada por los soldados y es cargada en la camioneta. Algunos de ellos suben al vehículo que parte seguido de un coche de la policía. A los pocos minutos el Primer Oficial nos comunica que allí van más de quince millones de pesetas en azafrán.
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Pablo
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(continuará)
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Foto:
Observando el paso del sol por el meridiano, para el cálculo de la latitud.
 

lunes, 4 de marzo de 2013

EL FANTASMA DEL ACORAZADO "GRAF SPEE"

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
 
 
El "Graf Spee" tal y como yo lo vi en 1959



Carta nº 18


Finalmente dejamos atrás el golfo de Santa Catarina y la mar se torno bella, dejándonos el mal tiempo una brisa de levante que hacía las delicias de todos. El horizonte se había alejado hasta el infinito y el sol volvía a castigarnos de pleno. Desde el alerón del puente, podíamos ver como el pasaje salía a cubierta y se tumbaba sobre las escotillas de las bodegas, para recuperar las fuerzas perdidas y hacer frente a las agujetas producidas por tratar de aguantar el balance y mantener la verticalidad. Las dos cariocas, únicas pasajeras de la primera clase, tomaban el sol en la piscina, y en el puente nos dábamos de puñetazos el Agregado gallego y yo, por ver quién cogía primero los prismáticos. Pasaba su guardia y la de los demás contemplando el panorama y relamiéndose como un gato ante un plato de pescado.
 He de decir en honor a la verdad, que la mayoría de los oficiales eran vascos y que ellos se dedicaban más al “mus” y a los “chiquitos” que a perseguir faldas por el barco, por lo que mi única competencia era el gallego, que jugaba con ventaja por su facilidad con el portugués. Pero mi amigo, cometería el error de abandonar el puente y bajar a comer estando ellas en la piscina. Ahí perdió su ventaja.

De forma inopinada quitaron la cadena que impide al pasaje subir al puente y se presentaron las dos en bañador. Al mismo tiempo recibimos una llamada del Capitán, indicándonos que eran pasajeras muy recomendadas y que las tratáramos con toda clase de cortesías. No podía creérmelo, pero la llamada del Capitán era también un aviso a navegantes-nunca mejor dicho-para que anduviéramos con sumo cuidado. Romanticismo sí, pero lo justo.
 A partir de aquella visita “oficial”, mi compañero gallego y yo cumplimos con nuestro “deber” y nos prodigamos en atenciones hacia ellas, sin el menor esfuerzo, dicho sea de paso. El tercer telegrafista, buen amigo, nos suministraba toda la música romántica habida y por haber a través del sistema de megafonía interna y convertimos el salón veranda de primera clase, en una coqueta “boite”.

En los días que duró el viaje hasta Buenos Aires, contamos desde la cubierta, todas las estrellas del hemisferio austral mientras bailábamos o nos bañábamos en la piscina. Sacrifiqué horas de sueño hasta tal punto, que una noche en mi guardia, me caí redondo al suelo como fulminado por un rayo. ¡Me había quedado dormido de pie¡ El timonel se llevó un susto mortal pues al caer, pegué con la cabeza en la base de la bitácora y casi me abro el cráneo, pero... mereció la pena.
 A medida que nos acercábamos al Plata, las aguas iban perdiendo su color azul, hasta cruzar la frontera que delimita las densidades,- perfectamente definida- y que en cuestión de escasos metros se tornan color chocolate claro. En las proximidades de Montevideo, y surgiendo de las aguas someras como un fantasma, el famoso acorazado alemán “Graf Spee” se deja ver en la bajamar. Su torre de señales, su puente de mando y algún cañón afloran herrumbrosos, recordándonos la tragedia vivida en la denominada “Batalla del río de la Plata”.

Era un acorazado de bolsillo que sembró- durante algún tiempo-de muerte y desolación las marinas mercantes aliadas, al principio de la Segunda Guerra Mundial. Se hizo famoso por sus acciones de corsario en el Atlántico Sur, hasta que buques de la armada británica y australiana, le obligaron a refugiarse en Montevideo, después de haberles infligido importantes daños y pérdidas en vidas humanas, a escasas millas de ese puerto. Las autoridades uruguayas obligaron al Capitán Langsdroff a salir a mar abierto, dónde le esperaban los barcos que le habían dado caza. Inopinadamente, zarpó de puerto y siguiendo instrucciones de Berlín, hizo estallar cargas que lo hundieron para siempre a la vista de todos los curiosos que desde el rompeolas, se apiñaban con la esperanza de ver el segundo acto de la tragedia. El Capitán se suicidó en un hotel en Buenos Aires. Pasar delante de estos restos, no deja indiferente a nadie.
Pablo 

(continuará)

 
Foto:
El "Graf Spee" tal y como yo lo vi en 1959

viernes, 15 de febrero de 2013

“GOLFADA” DEL GOLFO DE SANTA CATARINA

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
 

De guardia en el Monte Urbasa. Trópico 1959 

Carta nº 17 

A las veinticuatro horas de nuestra salida de Río y pasada la isla de San Sebastiao, el golfo de Santa Catarina nos sorprendió con una “golfada” poco frecuente en estas aguas, pero que tienen una merecida fama. Son de muy corta duración, pero te pueden dar una buena paliza.
 El Monte Urbasa, de gran potencia de máquina y buen gobierno, pero con excesiva estabilidad -debido a que en bodegas llevábamos mucha maquinaria pesada- dio durante la noche, fuertes bandazos.
 Para el pasaje fue una experiencia que no olvidaría jamás. Para nosotros, un mal tiempo con el que a veces nos resulta incómodo coger el sueño.

 En nuestro recorrido de inspección por los pasillos de la tercera clase, oíamos en algunos camarotes gritos femeninos de terror, acompañados por el ruido producido por el choque contra los mamparos, de los objetos más diversos en libertad. Los pasajeros que se aventuraban fuera de sus camarotes preocupados por la “situación” o por alguna necesidad, rodaban por los suelos en cuanto perdían un punto de sujeción, cada vez que una ola nos vapuleaba y nos imprimía una gran inercia en el balance. Durante mi guardia nocturna, un grupo de pasajeros subió al puente con los ojos desencajados y unos rostros que reflejaban miedo, desasosiego y preocupación. Uno de ellos se dirigió al piloto de guardia y con la voz demudada le dijo:
“Oficial, ¿es verdad que nos estamos hundiendo?”

La respuesta fue una sonora carcajada por parte de las tres personas que en esos momentos estábamos de guardia. A mi no se me ocurrió otra cosa para tranquilizarles, que hacerles ver el cigarrillo que me estaba fumando.
 Durante aquella noche, el sonido del viento y la mar golpeando el casco, no nos permitió oír lo que estaba sucediendo en la bodega número uno, en la cual iban los equipajes de todo el pasaje y algunos pertrechos del barco. El mal tiempo fue cediendo y ello nos permitió escuchar los golpes provenientes de aquella bodega. Llevamos a cabo una inspección física antes de dejar la guardia y vimos con asombro como un cilindro de repuesto del motor principal, con un peso aproximado de media tonelada, se desplazaba por todo el plan del entrepuente. El mal tiempo había aflojado las trincas con las que estaba fijado a dos cuadernas del barco y en su loca carrera de un lado para otro, había literalmente triturado todo el equipaje del pasaje. Cuando entramos en el entrepuente y una vez sujetado el cilindro, pudimos ver un espectáculo dantesco. Parecía como si un tornado hubiera pasado por allí, destrozándolo todo a su paso.

 De todo aquello diseminado, ropa, enseres, alimentos, objetos personales, etc. hubo algo que por su blancura nos llamó la atención. Nos acercamos para averiguar que era aquello y resultó ser un traje de novia, que en su rodar y rodar, estaba impregnado de grasas comestibles, posiblemente proveniente de embutidos. Quizás lo más triste que encontramos entre tanta desolación, fuera la industria del afilador de Orense, prácticamente descuartizada, la rueda cuadrada y la caja de herramientas con su interior, vacío.
 Paradójicamente el casco del barco no sufrió ningún daño y todo ello debido a que los equipajes de aquella pobre gente, habían servido para amortiguar los golpes de la pieza contra las planchas del casco. Dudo que la compañía se lo reconociera, pero aquél cilindro podía haber causado daños gravísimos a las mercancías si hubiera abierto una vía de agua.

El viaje Río- Buenos Aires se había retrasado algo, motivado por la pérdida de velocidad durante la “golfada”, lo cual favorecía mi plan de ataque a la brasileña que más me gustaba. No era una mujer espectacular, pero había en ella algo que a mí siempre me atrajo del otro sexo: su femineidad. Su tez morena y sus facciones denotaban su origen no del todo ibérico, tampoco podía decirse que fuera una mulata, pero se acercaba bastante a ello. Sin llegar a ser una belleza, su cara tenía el particular atractivo de sus ojos negros y sus labios carnosos, era morena de cabello brillante y alborotado y tenía un cuerpo bien proporcionado. Quizás uno de sus principales atractivos fueran sus andares, que el leve movimiento del barco los hacían más sugerentes aún.
Pablo
 
(continuará) 

Foto:
De guardia en el Monte Urbasa. Trópico 1959