Pablo Romero Montesino-Espartero

Pablo Romero Montesino-Espartero
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Camarote desde donde fueron escritas algunas de estas cartas-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Con este blog pretendo ir recopilando las cartas escritas por mi hermano Pablo Romero M-E, dirigidas a la familia, durante sus primeros años de navegación tras terminar su carrera de Marino Mercante allá por el final de la década de los años cincuenta, principio de los sesenta-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------.

miércoles, 22 de julio de 2015

CARTA DESDE EL PACÍFICO (1ª Parte)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Esparetero
 

Fondeado en Nueva Orleans abordo del "Sincerity"
 
 
Carta nº 62 
 
23 de Enero de 1969  
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    Salimos esta mañana de Guayaquil y llegaremos pasado mañana a El Callao.
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    Ayer vi el Chimborazo. Durante todo el día permaneció oculto y entre nubes, pero justo a la puesta del sol, salió como para no dejarme con las ganas de contemplar su fantástica mole. Fue como beberse un vaso de agua fresca con sed.
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Las nieves eternas del Chimborazo me refrescaron lo indecible a pesar de encontrarnos en aquél momento a unos 120 kms. de él.
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    Como sabéis, aquí después de la puesta del sol se hace de noche en pocos minutos; no hay apenas crepúsculo, a pesar de ello pude ver las nieves de las laderas del volcán  teñidas de color rosáceo, cuando ya en Guayaquil era oscuro.
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    Guayaquil me ha decepcionado, creo no haber pasado tanto calor bochornoso en mi vía. La subida por el río es una prueba de resistencia para la tripulación pues la humedad con 43 grados de temperatura hace que se respire prácticamente agua. Hay una miseria extrema por doquier y lo único que quizás te sorprende es ver los edificios coloniales más o menos bien conservados, al igual que las iglesias que dejamos los españoles tras la independencia de Ecuador. Impresiona la selva impenetrable a ambas orillas y sus sonidos indescifrables para nosotros. Hay buena gente y no es tan peligroso como Colombia, pero de cualquier forma hay que estar muy atento. Afortunadamente hemos pasado tan solo un día en este puerto.  
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28 de Enero de 1969
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     Dejamos ayer El Callao después de tres días de permanencia en lo que es puerto de la Ciudad de los Reyes como la bautizara Pizarro, o Lima como se llama en la actualidad. Ahora navegamos hacia el puerto de Matarani, también en Perú y al que llegaremos  al amanecer. Por nuestra proa,  a las 5 de la mañana deberá aparecer el volcán Misti de 6.500 m. de altitud y que se encuentra a 80 kms. de Matarani.
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    Habíamos proyectado una excursión al lago Titicaca, pero en Matarani tan solo permaneceremos una horas. Tendrá que ser el próximo viaje.
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    Los días son calurosos y las noches frías . Por babor e iluminada por la luna, la cordillera de los Andes ofrece un aspecto impresionante. La soledad es absoluta, ni una luz, ni un árbol, solo montañas nevadas que en sus estribaciones pasan del blanco níveo al rojizo para más tarde tornarse gris claro a medida que el sol las va bañando con su luz.       
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    La estancia en Lima ha sido un verdadero regalo. Si me lo hubieran pedido hubiera renunciado al sueldo a cambio de poder disfrutar de lo que es y significa esta ciudad para cualquier español y sobre todo para un extremeño que siente en sus venas la grandeza de la gesta de nuestros paisanos. A medida que navegamos hacia el sur a lo largo de esta costa interminable, uno se pregunta como pudieron salvar tantas dificultades  orográficas los hombres de España, “aquellos que nacieron para asombrar, no para asombrase”. Miles de kilómetros de selvas impenetrables y de territorios absolutamente desérticos, llevando consigo  enseres, armas y animales domésticos. Mirando la costa con los prismáticos, uno piensa que no pudo suceder todo eso que los libros de La Conquista nos enseñan.
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    El otro día pasamos ante la Isla Gallo y tuve la impresión de levitar. La isla de los “Trece de la Fama”, en la que don Francisco trazara la famosa raya divisoria que separaba a los valientes de los cobardes, a los ambiciosos de los conformistas y que  trece cruzaron sin titubear. Es difícil para un extremeño no emocionarse ante el escenario de aquél hecho histórico y heroico a la vez y en el que participaran varios paisanos. Entre aquella isla y la de la Gorgona, cercana a la anterior, pasaron siete meses de privaciones y hambre, esperando el auxilio de los marinos que volvieron a Panamá para pedir ayuda. Los trece pedían ayuda, no para establecerse sino para continuar hacia el sur y alcanzar el corazón del imperio inca a más de 3.000 kms de distancia de dónde se encontraban.
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    Lima es una ciudad que te impresiona por muchas cosas, pero la plaza que desde una esquina preside Francisco Pizarro, sobrecoge cuando desde su centro desparramas la vista a tu derredor.  Para mi es solo comparable a la Plaza de  San Marcos en Venecia. El Palacio Pizarro, las enormes balconadas en madera labrada y la Catedral constituyen un complejo arquitectónico que ya de por sí compensa el haber cruzado el Atlántico y  parte del Pacífico para poder contemplarlo.
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    La avenida de Miraflores en la zona residencial tiene más de 5 kms. de palmeras erguidas como mástiles y que flanqueadas por casas coloniales de una o dos plantas recuerdan a esas casas señoriales de Jerez de la Frontera y el Puerto de Santa María y en las que el elemento madera abunda.
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    Si las obras que dejamos aquí los españoles, son de por sí bellas, no os digo nada del mestizaje. En Lima conocí a una belleza natural, mitad inca, mitad española, que además de sus atractivos físicos posee el título de Psicólogo Clínico y con un apellido muy español que no le pega ni con cola, pues tiene todos los rasgos de una india. Entablé conversación con ella en una cafetería donde según dicen las malas lenguas masculinas, las peruanas van a la caza de marinos españoles. Esas mismas malas lenguas dicen también que la mayor aspiración de una limeña es casarse con un español. La cosa fue sobre ruedas y digo sobre ruedas, porque al poco de conocerla la invité a bailar en una sala de fiestas de las afueras y me llevé la grata sorpresa de que tenía coche; un Hillman inglés precioso en el que me llevó a  un restaurante típico a unos 10 kilómetros de Lima, donde no se baila pero se ve bailar toda clase de danzas peruanas, que rezuman por todas partes sabores de mestizaje.
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    A las 2 de la mañana subimos a un monte por un camino tortuoso para desde él, admirar la grandiosidad del océano. Por vez primera pude contemplar  desde tierra, como la luna desaparecía tras el horizonte del Pacífico. Allá arriba me sentí un Pizarro amando a la hija de Atahualpa.
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    A las 4 de la mañana abandonamos el alto y se empeñó en que condujera su coche hasta su casa y así lo hice y me piropeó mi habilidad diciéndome “manejas muy lindo”. Me hubiera gustado estuviera presente el que me examinó en Cáceres.
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    A mitad de la bajada se nos acabó la gasolina y llegamos a Lima entre empujones e inercia.
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    Es una mujer de una belleza un tanto exótica con los ojos achinados y la piel muy oscura. El cabello muy negro y unas manos muy bonitas, es bajita pero muy bien proporcionada y cuando habla, su acento  es muy suave con giros que al principio te parecen un poco cursis, pero que al poco tiempo te resultan  encantadores.
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    La dejé en su casa. Su hermano la esperaba en la  puerta; era bajito pero fornido y con aspecto de apache. La vivienda de una sola planta con jardín y porche de arcos, sin grandes pretensiones y que me recordaba a una casa de peones camineros. Me asusté al verle plantado en el porche, pero antes de que me  empezaran a temblar las piernas pensé : “Pablo, tu eres un extremeño como los que llegaron aquí hace cuatro siglos, que significa un inca para ti, y no salí corriendo, aunque ganas no me faltaron.
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    Al día siguiente me llamó al barco, pues entre el miedo y el sueño se me olvidó pedirle el teléfono. Fue otro día ligado a la cultura y al romanticismo. Recorrí con ella la Plaza de Armas y la catedral que la preside. Me impresionó la tumba del conquistador del Perú. En medio de una capilla de paredes con frescos y artesonados dorados, el sarcófago de Francisco Pizarro de bellísima factura te sobrecoge, al pensar que dentro de él descansan los restos de aquél porquero trujillano que sabe Dios cuántas veces iría a lagartos por los berrocales que rodean Trujillo y que terminó siendo  Virrey del Perú.
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    Me emocioné leyendo la placa conmemorativa del cuarto centenario de la fundación de la ciudad de Lima por Francisco Pizarro,  colocada en el pedestal de su estatua ecuestre. En una esquina de la plaza el monumento a  Pizarro, idéntico al  de nuestro Trujillo, hace que te sientas orgulloso de ser español y extremeño.  Di más de cien vueltas alrededor de él, admirando cada detalle, y si en aquellos momentos, el caballo hubiera defecado sobre mi cabeza, habría exclamado: ¡Lo ha hecho de gusto al ver a un paisano de su amo¡
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    La estatua ha sufrido diversos desplazamientos a lo largo de los siglos. Al principio estaba situada en el centro geométrico de la plaza, pero últimamente la han trasladado a una esquina, como si se avergonzaran de ella. A Yolanda cuando ha salido a colación el tema siempre le he dicho que los peruanos que se avergüenzan o atacan a nuestra historia común, son los hijos de aquellos españoles que hicieron la Conquista. Los mestizos, que arremeten contra todo lo que huela a aquella gesta  y que en teoría deberían ser defensores a ultranza de sus raíces indias, se avergüenzan de ellas y maltratan a los indios de raza pura. ¡Qué incongruencia¡
 .
Pablo
 
(Continuará 2ª parte)

jueves, 2 de julio de 2015

CARTA DESDE PANAMA

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero


Mi hijo Alejandro, 45 años después de mi paso
ante  ese monumento a bordo del "Alacrity"
 
 
 
Carta nº 61
Océano Pacífico, Enero de 1969.                                             
                                  
     Son las doce del día, hace calor pero se soporta bien gracias a la marcha del barco y a una ligera brisa de poniente. Os escribo en pantalón corto, sin camisa, descalzo y tumbado en una hamaca en el puente alto del “Alacrity”.
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    Hemos dejado atrás Cartagena de Indias tras una corta permanencia en puerto descargando automóviles Land Rover fabricados en España. Ha sido un duro trabajo especialmente para mi por el hecho de haber empalmado la guardia en el puente, con la maniobra de atraque y después la descarga, todo ello sin haber podido coger la cama en casi 24 horas. Por tanto de esta bellísima ciudad que tanto le debe a la colonización española, solo he podido disfrutar esta vez de la entrada y salida de puerto. A medida que nos acercábamos desde la mar, la mera contemplación de sus murallas y edificios coloniales, me hacían sentirme más y más orgulloso de la impronta hispana que dejamos en América. Ya pueden ladrar lo que quieran cuantos denostan a España por “La Conquista”. Yo he visitado muchas colonias inglesas y francesas, y en todas ellas he visto únicamente barracas y algún edificio suntuoso de algún gobernador. Nada que ver con la belleza de las catedrales, edificios, plazas y calles de la América Hispana.
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    Navegamos ya en dirección al Canal de Panamá.
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    Como no quiero que me molesten durante mi bien merecido descanso, me he instalado en el camarote del armador que es la puerta contigua a la mía. Este camarote, que es un derroche de gusto y esplendidez en cuanto a mobiliario y espacios se refiere, es sagrado. En él puede verse la mano de los constructores galos de este barco y la “grandeur” francesa . Las paredes todas forradas de maderas nobles con apliques de cristal y cortinas de damasco y una cama que solo le falta el dosel con una corona para parecer de la época de los zares. Un cuarto de baño como el del mejor hotel parisino, bañera forrada de madera todo su contorno al igual que el doble lavabo, teléfono y grandes ventanas de bronce, puertas de madera maciza de color marrón oscuro y suelo con plaquetas de mármol negro.  La llave de esta suite-como Primer Oficial- obra en mi poder y a veces la “subasto” cuando en puerto algún oficial desea sentirse “millonario” por una noche o sorprender al “ligue” de turno..
El paso del Canal de Panamá es un espectáculo de un colorido y belleza muy difíciles de olvidar. Parece como si la mano de Dios y la del hombre en una simbiosis mágica se hubieran unido para crear algo tan grandioso.
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    Desde Cristóbal-entrada del Canal-hasta Balboa-su salida al Pacífico-el paisaje es paradisíaco. Dejamos atrás la Bahía Limón y nos dirigimos a embocar el primer tramo del canal. Tiene una anchura de unos cuarenta metros y la vegetación no te permite ver las orillas pues todo lo cubre, formando una barrera infranqueable de un color verde oscuro semejante al de nuestras sierras en invierno. Entre la maleza, algunas palmeras rompiendo la monotonía de la selva tropical apuntan a un cielo plomizo al que casi tocan con sus palmas.
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    Luego de un corto recorrido entramos en las esclusas de Gatun arrastrados por unas extrañas máquinas eléctricas que mantienen al barco en el centro de aquellas.
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       Para llegar al nivel del lago Gatun tendremos que elevarnos veinticinco metros pasando por una cadena de esclusas, gracias a las cuales nuestra masa de 18.000 toneladas será elevada en escasos minutos por la ley de vasos comunicantes y del bombeo. El barco que nos precede, un imponente trasatlántico, aparece  a más altura de la de nuestras cabezas, encaramado sobre el hormigón de la esclusa siguiente. La imaginación vuela ¿qué pasaría si se rompiera  la compuerta de la esclusa? Posiblemente no pararíamos hasta llegar de nuevo al Atlántico...Subimos el último “peldaño” y contemplamos desde la altura y a vista de pájaro a un portaviones de los Estados Unidos que nos sigue desde Cristóbal.
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    La puerta de la última esclusa, se abre lentamente para dejarnos expedita la entrada al lago Gatun, dándonos la bienvenida sus cristalinas aguas  en las que parecen flotar islas e islotes de una belleza indescriptible y cuyos accidentes geográficos se van abriendo a nuestra vista a medida que avanzamos hacia el océano.
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¡Qué soledad¡ pienso que estoy traspasando las puertas del paraíso terrenal. 
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    A medida que nos acercamos al segundo tramo del Canal, las orillas se confunden y uno no sabe por dónde se abrirá un camino para continuar navegando rumbo a una salida que se escapa y solo cuando estás a pocos metros de ella, ves una pequeña boca en un recodo que se abre dándote paso. Poco más allá, los palos y la chimenea de un barco que navega en dirección opuesta a la nuestra, aparecen recortados en el cielo gris, moviéndose por encima de la selva y confundiéndose con las esbeltas palmeras tropicales. Es la salida del lago Gatun. Esperamos hasta que aparece su proa saliendo de entre la foresta como un extraño dinosaurio.  
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    Entramos finalmente en el segundo tramo del canal y reducimos la velocidad a solo seis nudos. Las curvas son cada vez más pronunciadas y peligrosas, dándonos la impresión de que la popa en su giro vaya a colisionar con las palmeras  que como gigantes bebiendo, se inclinan sobre la orilla.
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    La vegetación flota en el agua y nuestra proa en su avance la desplaza hacia los lados de nuestro barco, formando olas de verdes algas. Poco a poco el paisaje cambia, se va haciendo más montañoso aunque continúa por todas partes la flora tropical.
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    Nos acercamos al Paso de la Culebra cuando ya la tarde va declinando.
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    El sol desaparece ocultándose tras los árboles por nuestro costado de estribor, como queriendo indicarnos el oeste y el camino hacia el Océano Pacífico. En pocos minutos se hace la noche y el cielo  se rompe produciéndose grandes claros por donde se cuelan tímidas algunas estrellas. Las orillas aparecen iluminadas por miles de lucecitas de color amarillo, mientras que otras rojas y blancas nos señalan los límites del canal. A lo lejos y recortado por el lejano resplandor de la ciudad de Balboa y de Panamá City aparece el “tajo” artificial del paso de la Culebra.
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   El Canal se estrecha más y más, dándonos la impresión de que no va a caber nuestro barco por semejante angostura. Los montes se recortan en el cielo estrellado y de ellos, en sonoras cascadas, desciende el agua producida por los chubascos tropicales de horas antes, salpicándonos en su caída. El ruido es tremendo y ahoga con su estruendo el producido por nuestras máquinas.
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    A medida que nos acercamos a Balboa cambia más y más el paisaje. Tierras bajas de lujuriosa vegetación; mientras que por nuestra popa el agua en suspensión producida por las cascadas, forma un velo neblinoso teñido por las luces de colores de la Culebra.
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    De nuevo el sonido de la selva. Estamos entrando en la recta final. Parece una autopista en la que las luces rojas y blancas se confunden en el infinito. Entramos en Miraflores  nueva esclusa y nos bajan veinte metros a una velocidad de vértigo, produciéndonos la sensación de naufragio. Al sur, los edificios más altos de la ciudad de Balboa se tiñen de rosa al recibir los primeros rayos de sol del amanecer. Más allá, la inmensidad del Pacífico nos transporta al momento en que nuestro paisano hizo suyo y para la Corona de Castilla el Océano de los océanos: “...e si alguno otro príncipe o capitán, chripstiano o infiel o de cualquier ley o secta o condición que sea, pretende algún derecho a estas tierras e mares, yo estoy presto e aparexado de se lo contradecir e defender en nombre de los Reyes de Castilla...” La estatua de Núñez de Balboa aparece majestuosa cuando ya el barco flota en agua salada. Las sensaciones son grandes y mi admiración por el hombre de Jerez de los Caballeros se acrecienta hasta el paroxismo.
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    Al capitán yugoslavo le recuerdo lo que le dije cuando navegábamos por la costa portuguesa en relación con mi profesionalidad a pesar de ser de tierra adentro, y a los tripulantes que están en cubierta les grito desde el puente:
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-¿Lo veis bien? ¡Es uno más de los dioses que nacieron en Extremadura...¡
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    Nuestro barco, obedeciendo dócilmente al timón, va arrumbándose al sudeste en demanda del archipiélago de Las Perlas y del Perú, mientras por la popa va quedando atrás el Puente de las Américas y el verde esmeralda de la costa va tornándose azul, azul océano.
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   Navegamos ya en franquía del archipiélago cuando  la gran barrera andina que separa y une tantas naciones se vislumbra más allá de la costa ecuatoriana. La mole pétrea del Chimborazo destaca en la lejanía  cubierta de espesos nubarrones que de vez en cuando dejan ver sus nieves eternas. Nuestra proximidad a Guayaquil nos permite contemplar la grandiosidad de sus selvas y a uno le asalta  la duda de si eran hombres mortales, los que desde Panamá atravesaron esas intrincadas selvas para dirigirse andando hasta el Perú, y es que cuanto más voy conociendo la América Hispana, más aumenta mi admiración por aquellos españoles tan vituperados a veces, pero que dieron una lección al mundo de valor y sacrificio sin límites ante el sufrimiento y las adversidades.          
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 Pablo .
                                   

viernes, 5 de junio de 2015

CARTA DESDE EL CARIBE

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero


A bordo del "Alacrity", viaje Cádiz-Barranquilla año 1968
 
 
Carta nº 60
          
          12  de Enero de 1969
 
     Embarqué en el Alacrity en Barletta-costa adriática de Italia-es un barco de construcción francesa y como tal muy cómodo para nosotros. Tengo un camarote con baño privado, un tresillo en piel marrón oscuro, estupendo, frigorífico, teléfono para comunicarme con el puente, la máquina y la telegrafía y una cama de matrimonio espléndida con  “vistas al mar” por si faltara algo. Las paredes del camarote están forradas de madera color miel clara y el suelo es antideslizante. Una preciosa mesa de despacho en madera del mismo color que las paredes y los armarios empotrados, en suma, un apartamentito de soltero.
    Desde el punto de vista profesional, es un buen barco con un puente bien dotado de instrumentos de navegación: radar, giroscópica, timón automático, decca, sondas, radiogoniómetro etc. Con buen tiempo tiene un buen andar, llegando hasta los 16 nudos. El Uje andaba tan sólo 11 nudos. No se me olvidan los 42 días que empleamos en dar la vuelta a Africa.
    Hemos cargado en Génova, Marsella, Barcelona y Cádiz, principalmente maquinaria  y vehículos pesados para puertos de Venezuela, Colombia, Panamá, Ecuador, Perú y Chile.
    El Capitán es yugoslavo y hace dos meses, navegando por la costa portuguesa, en conversación distendida en el cuarto de derrota,  me pidió que le señalara sobre la carta de navegación el lugar de mi nacimiento. Con el compás de doble punta, le señalé exactamente donde debería haberse encontrado la ciudad de Cáceres, de haber sido un faro y no una ciudad del interior de España. Levantó  los ojos de la carta y mirándome entre sorprendido e incrédulo, me dijo:
-Pero...¿cómo se le ocurrió a usted estudiar la carrera de Náutica  habiendo nacido a más de doscientos kilómetros de la costa más cercana?
    A lo que le contesté:
    -Antes de que vosotros los yugoslavos supierais dónde estaba el Estrecho de Gibraltar, nosotros, los extremeños, habíamos descubierto el Océano Pacífico. Después de esto no ha vuelto a hacer ninguna pregunta que ponga en duda mi profesionalidad por causa de mi procedencia.
     Es, como casi todos los yugoslavos que he conocido, de  carácter muy distinto al nuestro latino. Tienen gran facilidad para los idiomas y el italiano, lengua cooficial con el inglés a bordo de estos barcos, lo hablan como si fuera la suya propia. Son gente muy trabajadora y profesional, pero tienen un gran complejo por su condición de comunistas y lo que es peor aún, sumamente desconfiados y difíciles de tratar por su idiosincrasia, al menos para italianos y españoles, que dicho sea de paso, nos entendemos a la perfección y continuamente estamos aprendiendo de ellos  en el arte del amor.
  Los yugoslavos sienten una gran atracción por España y hablan de ella maravillas. Dicen que nosotros no tenemos ni idea de lo que es una dictadura. Tienen una frase hecha en italiano que siempre la emplean cuando se habla de nuestra patria:
“Spagna il paese dove si balla e si magna”.  
    Esta tarde hemos atravesado la barrera de las Antillas que separan el Atlántico del Caribe. Pasamos muy cerca de la Guadalupe y la Montserrat. Ahora llevamos rumbo directo a Barranquilla, navegando con un tiempo maravilloso.
    A partir de los 23 grados de latitud empezó a pegar duro el sol, pero como por aquí tenemos ahora la estación seca, el calor es soportable durante el día,  al menos en la mar.
    El paso entre las islas coincidió con la puesta de sol y ha sido un espectáculo a todo color. El cielo se fue tiñendo de rojo tras la isla de Guadalupe, hasta tal punto que daba la impresión de que estuviera en llamas. A través de los nubarrones  de los chubascos tropicales se filtraban los rayos de sol incidiendo en la mar que se tornaba dorada o negra si no encontraban hueco entre las nubes.
    A medida que nos acercamos a la costa mi sangre extremeña bulle en mí de manera no experimentada antes. En la carta de navegación que tengo extendida en la mesa de derrota, aparecen nombres con minúsculas letras, pero que con ayuda de una lupa puedo leer y me emociono a medida que los voy descubriendo: Medellín, Trujillo, Cáceres, Mérida, Guadalupe, Alvarado, Valdivia, Pizarro...todos pertenecientes a ciudades y pueblos de Colombia, Panamá, Chile, Perú...
    Van quedando muy atrás mis vacaciones con la americana y mi coupé azul, con el que hicimos cerca de cuatro mil kms. recorriendo España. En Barcelona pude ver a la “niña” de los ojos azules que viajó con nosotros en el Uje y que la tuve de vecina de camarote durante cerca de un mes. Momentos muy intensos, pero que como los barcos en la niebla, pasan dejando tras de sí poca huella.
    En Cáceres quedé impresionado con una chica, guapa donde las haya. Estaba en  “Clavero” con una amiga y yo con la norteamericana sentados en un velador. De pelo castaño muy largo y unos ojos preciosos. Sin quererlo se me iba la vista hacia su cara, siempre vigilando que no me lo notara Ruth. Cuando le pregunté a  Mané, quien era ese bombón, se echó a reír y me dijo que vivía en el piso de arriba al nuestro. No me lo podía creer. Papá al llegar a casa me dijo de ella:
    -¡Es que es guapa con ganas¡ 
    El viaje hasta Barranquilla ha durado doce días, lo que significa un paseito. La ciudad está situada a orillas del río Magdalena y es muy extensa dado el tipo de construcción que se hace por aquí de una o dos plantas.
    La gente está haciendo ensayos callejeros preparándose para el carnaval  y uno se puede imaginar lo que será, con ver los ensayos. Las calles llenas de gente joven va siguiendo a las comparsas bailando de manera casi obscena los ritmos caribeños. Con ánimo de ligar a alguna colombiana nos quisimos informar de dónde podríamos encontrar un local o club o sociedad para tratar de conocer a chicas normales, que no te pidan cosas a cambio de su compañía. Preguntamos en un hotel y el conserje nos contestó que eso que buscamos no existía en Colombia. A pesar de ello nos hemos sentido muy a gusto por el trato afable que tienen para con los españoles y al final tuvimos que dejarnos llevar por los usos y costumbres de la ciudad. Por cierto que cerca de aquí hay un pueblo que se llama Cáceres.
    Se habla de que una vez terminada la descarga en Talcahuano-cerca de  las islas Chiloe- podríamos ir a Buenos Aires por el Cabo de Hornos o Magallanes, sueño dorado de cualquier marino.
    Pasado mañana saldremos hacia Cartagena de Indias y después el Canal de Panamá y el Pacífico.

jueves, 28 de mayo de 2015

CARTA DESDE PORT SUDAN

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero


A bordo del "Sincerity" presumiendo de mi captura.

 
Carta nº 59
 

 3 de Julio de 1968
 

    Llegamos a este infierno desértico hace hoy una semana y aún deberá pasar otra  para salir de él.
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    Hemos alcanzado los 50º centígrados a la sombra, el aire es irrespirable y la cubierta de acero no la podemos pisar si no es con calzado de suela gruesa porque se abrasan materialmente nuestros pies. Ayer sufrimos una tormenta de arena, la visibilidad se redujo a pocos metros, se hizo casi de noche y en pocos minutos la pintura blanca del barco se puso de color rojizo. Las operaciones de carga del barco quedaron suspendidas hasta que pasó la tempestad.
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    La miseria, el hambre y la suciedad están por doquier. Algunos de los negros que trabajan en las bodegas son caníbales, según los ingleses que trabajan en las oficinas del consignatario de la naviera. Llevan unas melenas de pelo muy rizado que se cardan durante los descansos, con unos peines de madera de agujas muy largas, que hacen que la cabellera aumente de volumen hasta alcanzar proporciones inverosímiles. Algunos parece que llevaran un gran cesto en la cabeza.
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    Estos árabes son muy altos, mal encarados, sucios,  y te roban al menor descuido. Sus vestimentas, que algún día fueran blancas, tienen el color de la mugre y tan solo dejan ver los pies calzados con sandalias de cuero y sus asquerosos talones  desnudos.
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    Las mejillas las tienen desfiguradas de las cicatrices que les identifican con su tribu, y se ponen furiosos si intentas hacerles una fotografía. Hace dos días bajé al muelle para echar un vistazo a los calados del barco y vi a uno de ellos que estaba sentado en unos sacos de los que estábamos cargando. Me llamó la atención su aspecto bonachón y me acerqué a él para preguntarle que significaba el brazalete de cuero que llevaba en el brazo, con una especie de recipiente de madera ligado a él. Inocentemente, se me ocurrió la idea de acompañar la pregunta con el gesto, llegando a tocar suavemente lo que me pareció un adorno cilíndrico. ¡Jamás lo hiciera¡ Me echó una mirada amenazadora gritándome algo ininteligible, que me causó una impresión muy desagradable. Subí a bordo, y el capataz de la carga, un armenio que hablaba muy bien inglés, me dijo que lo que llevaba en el cilindro de madera, eran  cenizas de un ser muy querido para él y el solo hecho de que lo hubiera tocado un cristiano, no le dejará dormir en mucho tiempo.
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    Es impresionante de que forma se cargan sacos de sesenta y cinco kilogramos sobre el costado y lo trasladan desde el centro de la bodega hasta el fondo de ella. Por más que les explicas que se podían ahorrar mucho trabajo si balancearan el cable de la grúa para depositar la izada lejos de la vertical, no lo entienden.
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     Cuanto rodea a Port Sudán es arena. El primer día fuimos a dar una vuelta con el agente de la naviera y vimos el lugar donde se reúnen las caravanas que van a Khartoun. En el área de reunión habría más de mil camellos desdibujados por la tremenda polvareda y cientos de árabes cocinando con los excrementos de los animales. El olor fétido de sus fogatas, mezclado con el de la  suciedad y miseria de sus enseres y tiendas, hacían peligroso el respirar aquél ambiente y una vez visto el espectáculo nos alejamos sin tan siquiera bajar la ventanilla del coche.
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    Es asombroso como puede existir tanta diferencia con Arabia Saudita, no cabe duda de que el petróleo está mal repartido en el mundo árabe.
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    Poco antes de dejar Jeddah, nos dijeron los ingleses, que los viernes, después de las oraciones del santón tenían lugar en la plaza  las ejecuciones públicas. Unos marineros presenciaron la amputación de la mano izquierda de un ladrón. Volvieron con la faz demudada y uno de ellos vomitando por el camino. La descripción que hicieron fue tremenda y aun me dura la impresión que me causó.
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Nos sentimos prisioneros en nuestro barco y no vemos el momento de abandonar Sudán.
 
El día 17 de este mes saldremos para Italia a donde esperamos llegar a finales de agosto. Tendremos en el viaje 20 días de invierno puro, 6 de trópico y 20 de verano.

Pablo


 

martes, 5 de mayo de 2015

CARTA DESDE JEDDAH

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero


Sextante en mano observando la meridiana tocado con fez tunecino

  

 Carta nº 58                    


    Arabia Saudita, 25 de Junio de 1968
 .
    Finalmente llegamos al “puerto deseado” después de 1.024, 42 horas de navegación sin escalas. El calor es asfixiante y solo gracias al aire acondicionado se puede respirar. Por las tardes la brisa limpia el ambiente y solo cuando el sol se sumerge tragado por las aguas del Mar Rojo, se puede permanecer en la cubierta del barco. Tenemos la lancha a motor en el agua y todos los atardeceres salimos a pescar a los arrecifes de coral. Las aguas someras nos permiten disfrutar de la belleza indescriptible de estos  arrecifes coralinos, que vemos a través de una especie de cubo con el fondo de cristal. Bañarse en estas aguas es suicida, pues los tiburones están por todas partes. Cuando entramos en puerto, los veíamos tras la estela de nuestro barco devorando los desperdicios de comida que echábamos por la borda, y hace unos días a un pescador que estaba sentado en el muelle con las piernas colgando, se lo llevo uno y no dejó del  pobre más que un rastro de sangre por todo el puerto.
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    Me han sorprendido las costumbres de los saudíes, tan diferentes a las del resto de los árabes  del Africa septentrional.
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    Es gente de carácter muy serio, trabajadores y lo más inaudito de todo: honrados.
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    En Egipto, Túnez, Marruecos etc. te persiguen por las calles pidiéndote cualquier cosa y al menor descuido te dejan desnudo. En los camarotes entran a robar cuando duermes y son verdaderos pelmas como vendedores. Aquí en cambio, todo está abierto. Las mercancías valiosas que descargamos, como televisores, comestibles, automóviles de lujo etc. permanecen en el muelle sin vigilancia alguna y dado que no llueve nunca, a la intemperie. Ni un solo árabe merodeando por los pasillos del barco, ni entre las mercancías. Les ofreces un cigarrillo y se niegan a cogerlo. En fin algo que si me lo hubieran jurado no lo habría creído jamás.
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    El por qué de todo esto es sencillo. Las leyes saudíes son muy severas. Por un hurto de un reloj o una pluma, la pena es la amputación de un dedo de  la mano izquierda, pudiendo aumentar el número de amputaciones dependiendo del valor de lo sustraído, hasta la pena capital por decapitación en la plaza de Jeddah ante todo el que quiera presenciarlo. Si por ejemplo has golpeado a una persona con un palo, la pena es ser golpeado con el mismo palo y en doble medida que sufrió la victima. Si has matado con un cuchillo, te pasan a mejor vida con el mismo cuchillo, clavándotelo en la misma parte del cuerpo en la que lo fue el agredido. Fornicar no estando casado significa un año de cárcel y el adulterio se castiga con la decapitación de la fémina o la lapidación en según que orilla del Mar Rojo te coja.. En cambio, y esto si que tiene su qué, el hombre importante o poderoso, lleva siempre con él a un crío de 12 ó 13 años, que los italianos llaman diaboletto , y que no es otra cosa que un amante . De donde se deduce que la pedofilia aquí no es punible. La mayoría de la población es muy rica debido al petróleo. Poseen automóviles lujosos y viven en mansiones de las mil y una noches. La ciudad está  rodeada por el desierto y cuando te desplazas en taxi por la periferia, los camellos y las cabras se entremezclan con los Mercedes y los Cadillacs más impresionantes.
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    Las mujeres escasean y las que se dejan ver van tapadas con velos negros que no dejan un ápice de sus cuerpos al aire libre. De vez en cuando hacen alarde de su posición social, mostrando sus antebrazos cubiertos de pulseras de oro y brazaletes hasta el codo, y su piel, a diferencia de la de los varones, es blanca como la leche, supongo que porque jamás les da el sol.
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    Los hombres visten unas túnicas blanquísimas con cordones negros en la cabeza y se pasean para arriba y para abajo en sus soberbios coches acompañados del diaboletto  vestido también de un blanco impoluto.
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    La calle principal de Jeddah es algo así como nuestra calle de Pintores, pero un poco más larga. En ella se encuentran las mejores joyerías del mundo árabe. Pero lo que más llama la atención es ver como  a uno y otro lado de la calle, los comerciantes exponen sobre alfombras persas, lingotes y monedas de oro, objetos de marfil, pulseras sortijas de brillantes, diamantes a granel, esmeraldas y toda clase de relojes de oro de las marcas suizas más selectas. Siempre el oro por doquier. Pero lo más sorprendente es que cuando llega la hora del cierre, meten todo el tesoro en una caja fuerte y se van a sus casas, dejando  la caja en el suelo de la calle sin absolutamente ningún sistema de fijación ni de vigilancia.
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    A pesar de ser Jeddah una ciudad con los mejores hoteles del mundo, no hay un solo bar, ni una sala de cine, ni nada que se le parezca. El alcohol está prohibido y las diversiones abolidas dada la escasa distancia a la Meca, ciudad prohibida para un cristiano.
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    La hora oficial difiere  a la nuestra en casi doce horas. Ellos al ocaso ponen sus relojes a las doce y es precisamente cuando el santón empieza sus rezos desde una  torre inclinada, situada en el centro de la ciudad. Solo los hombres rezan.
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    La única diversión que nos podemos permitir, es meter en el agua una pequeña embarcación a vela y alejarnos unas millas del puerto para pescar o disfrutar de la navegación a vela. La brisa que suele soplar de poniente a la caída de la tarde, suele darnos velocidad y sobre todo aire que respirar. Si de repente cambia la dirección del viento, la atmósfera se hace irrespirable a causa del polvo en suspensión que viene del desierto. Todos estamos deseando abandonar este país. Lo malo es que nos espera otro aun peor : Sudán.
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Pablo 
     

jueves, 16 de abril de 2015

RUMBO AL CABO DE BUENA ESPERANZA (III)

(Tercera parte)
 
Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
 
En el cuarto de derrota del "Sincerity"


 
Carta nº 57
(Continuación de la 55 y 56)                      
 
  Al este de Tanganica, 10 de Junio 
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    De nuevo hemos pasado a la costa africana para aprovechar la corriente ecuatorial. El calor ahora es intenso y se respira un ambiente húmedo que casi se mastica. La calma es total, ni una brizna de viento. Los chubascos se suceden unos a otros y parecen que el diluvio universal se viniera sobre nuestro barco. Cuando se aproximan salta un ventarrón acompañado de tales relámpagos y rayos que parece el fin del mundo. Después la calma más absoluta y más humedad.
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                                 Al este de Kenia, 12 de Junio 
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    Pasadomañana llegaremos al estrecho de Bab-el-Mandeb. Ahora navegamos cerca de tierra. La costa es solo una mancha verde oscura salpicada aquí y allá de árboles monumentales. Hemos visto algunas canoas a más de 20 millas de la costa ¡estos negros son marinos¡ pero durante la noche representan un verdadero peligro, pues pescan sin luces y el radar no detecta las pequeñas embarcaciones de madera. ¡Cuántos de ellos se habrán ido al fondo del mar sin que el piloto de guardia se percatara de la colisión¡ En algunas ocasiones durante la noche los hemos oído gritar al pasar cerca de nuestro costado, pero eran gritos de saludo, al menos eso creemos...en ciertas ocasiones navegan en canoas a motor y nos invitan a que paremos para darles agua. En los derroteros ingleses, que no son otra cosa que una fuente de información fidedigna de las costas del Africa, avisan de no caer en la trampa de parar, pues son piratas de esta era, que una vez a bordo asaltan el barco y se llevan lo que pueden, empleando como armas, cuchillos y alfanjes de grandes dimensiones.  
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                               Costa de Somalia, 17 de Junio 
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    Hace dos días pasamos el estrecho de Bab-el-Mandeb, con lo cual nuestro viaje de circunvalación del continente africano está tocando a su fin. Ahora navegamos ya en el Mar Rojo entre islas volcánicas de gran extensión cubiertas de lava  y tierra negruzca en cuanto alcanza la vista.. El calor más agobiante y húmedo, el horizonte invisible debido al vapor de agua en suspensión y el sol que se filtra a través de  tan enrarecida  atmósfera, confieren a cuanto nos rodea  una tonalidad rojiza entre tenebrosa y fantasmagórica que te hace pensar si tras eso no estará el mismísimo infierno de Dante. Se respira con mucha dificultad. Las planchas blancas del barco están tomando un color ocre del polvo que  proveniente del desierto en  un vuelo de cientos de millas, se pega a las paredes y a los cristales. La soledad es absoluta y cuanto alcanza nuestra vista es un paisaje desolador en el que ni los reptiles pueden sobrevivir. Solo el blanco de la espuma que produce nuestra proa al cortar el agua, rompe el cuadro siniestro de nuestro derredor.
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    Islas, escollos, bajos de coral se suceden en continua procesión. Zonas inexploradas por los oceanógrafos y cartógrafos ingleses, en cuyas cartas náuticas la palabra unexplored aparece por doquier. Las islas  presentan manchas blancas debido a que las arenas transportadas por el viento en las tempestades, se acumulan en sus laderas orientadas al desierto Arábigo, tras haber volado millas y millas sobre las aguas del Mar Rojo. 
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                                 Arabia Saudita, 18 de Junio 
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    Hoy y después de 42 días de viaje sin escalas, han picado dos peces gordos. Ha sido muy emocionante. El primero que pesó 18 kilos, cayó en mi guardia al amanecer. Salí como un rayo hacia popa dejando en el puente solo al timonel, después de ordenarle que metiera el timón todo a una banda para frenar la arrancada del barco y evitar que al pez se le rompiera la boca por efecto de la velocidad del “Uje”. Mientras corría, gritaba al pasar por la cocina por si estuviera levantado a esa hora el cocinero. Nadie me oyó. Llegué a popa con el corazón en la boca y lo fui cobrando en un tira y afloja que duró más de diez minutos. A todo esto el barco seguía girando con todo el timón a la banda y el timonel asomado en el alerón del puente viendo si terminaba la faena para volver a rumbo. Ha sido un ejemplar precioso de lucio real y  al que el cocinero napolitano - gran cocinero y mejor persona- le ha hecho toda clase de festejos.
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    Ha funcionado también mi sistema de alarma, consistente en un hilo de nylon de unos cien metros de longitud que desde una falsa amarra en la línea que lleva el anzuelo, viene hasta el puente a un artilugio que aún no he “patentado” y que cuando pica el pez, el tirón hace que se deshaga la falsa amarra, el cabo del anzuelo tire del hilo de nylon y éste abra un interruptor que enciende la luz  del timonel.
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    La mujer del Capitán -que viaja con nosotros-, un día si y otro también  le decía al camarero en plan irónico:
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“Qué el cocinero tenga todo preparado para cocinar el pez que  el Chief Officer va a pescar hoy”
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Después de tantos días de viaje con los anzuelos en el agua sin cobrar ni un pez volador, aquella sorna hería mi orgullo. Esta mañana cuando ha visto el ejemplar me ha dicho:
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Chief, no deje de avisarme la próxima vez que pique otro, quiero filmar con el tomavistas la faena”
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Hemos comido dos días pescado fresco toda la tripulación para regocijo del “cuoco” por cuanto significa también de ahorro para la “gambuza” del barco.
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     En estos momentos  navegamos cerca de la costa oriental del Mar Rojo y paradójicamente nos encontramos a menos de 2.000 millas de Trieste, de donde partimos hace ahora 42 días. Mañana finalmente llegaremos  a Yeddah, puerto situado a escasos kilómetros de la Meca, y al que de haber estado abierto el Canal de Suez, habríamos llegado en tan solo siete días. 
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Pablo.
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lunes, 6 de abril de 2015

RUMBO AL CABO DE BUENA ESPERANZA (II)

(Segunda parte)
 
Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
 
 
Doblando el Cabo de Buena Esperanza en un Mercedes


Carta nº 56
(Continuación  de la carta nº 55)
 
29 de Mayo
 
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    Esta mañana cruzamos el paralelo 23 grados sur, dejando atrás la zona ecuatorial, por tanto estamos en pleno otoño austral. ¡Adiós amada primavera boreal, hasta dentro de 14 días¡
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    Del pantalón corto pasamos al largo y al jersey de punto, pues con los 23 grados de latitud sur, también nos han llegado 16 grados centígrados, que así de golpe y porrazo se notan. Desde que salimos de Trieste hemos tenido amaneceres a las más diversas horas; desde las 4 de la mañana a las 9 en que nos amanecía en Dakar. Ahora lo hace a las 7 y cuando estemos en Madagascar lo hará a las 3. No me digáis que no es divertido. Algunos marineros -que de astronomía saben bien poco- se vuelven locos queriendo descifrar el misterio y se preguntan ¿ por qué ayer cuando me levanté a las 7 era completamente de noche  y hoy a la misma hora, luce el sol? En cambio ninguno se percata de como el astro rey ha llegado un día a culminar en nuestro cenit desapareciendo las sombras en ese instante; ni de cómo nuestra estrella Polar un buen día dejó de verse sobre el horizonte como lo venía haciendo antes de cruzar el ecuador, o la presencia por nuestra proa de estrellas como Rigel Kent, Acrux, Alfa del Centauro, Canopus, las más hermosas del hemisferio austral, y que han ido apareciendo tan silenciosamente como desapareció del firmamento nuestra amadísima estrella Polar.
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        Al sur del Cabo de Buena Esperanza, 2 de Junio
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    ...y la astronomía no falló...tampoco lo hizo mi sextante Plath. Con un retraso de casi doce horas debido a la fuerte marejada, esta mañana a las 7 dimos vista a ese punto que divide los dos océanos y marca el fin del continente africano. La costa es realmente espectacular, montañosa, escarpada y sin alguna vegetación debido al azote de los vientos y temporales que durante todo el año la castiga. Esta mañana y como doblamos el cabo en mi guardia, me cupo el honor de recalar en él para más tarde dar rumbo hacia el  canal de Mozambique. He sentido una sensación extraña mirando la Cruz del Sur; pensar que probablemente en ese instante entre el Polo Sur y el cabo, los únicos seres humanos éramos nosotros. Parece una idiotez tal pensamiento, pero lo cierto es que sobrecoge  el ver esa mole por babor y por estribor un océano en el que su orilla opuesta son los hielos antárticos.
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    La temperatura ha bajado a 9 grados y hemos encendido la calefacción. El capitán dice que hace dos años vio focas apareándose en esta época del año. De momento nuestros únicos acompañantes son los albatros volando a escasos centímetros del agua sin mover un ala y picando a veces con sus extremos  las crestas de las olas. Nos acompañan durante días, duermen en el agua, alcanzándonos de nuevo al alba después de volar  más de doscientos kilómetros tras nuestra huella.
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     En Trieste cargamos en cubierta cincuenta Mercedes 280 S para los adinerados saudíes. Cuando empezó el buen tiempo, cada tripulante eligió su coche para disfrutar en las horas de ocio de las ventajas que ofrece el navegar sobre ruedas...ajenas.
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    Yo tengo en usufructo uno negro precioso en el que escucho buena música, y tomo el sol gracias a su techo corredizo, que te permite en las noches de estrellas, soñar con los ojos abiertos y colmar tu ánimo con las distancias infinitas del firmamento austral. No creo que haya muchos mortales, que hayan doblado el Cabo de Buena Esperanza a bordo de un soberbio Mercedes, éste cacereño, sí.
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Al doblar el cabo llevábamos recorridos 6.907 millas desde Trieste en 26 días de mar sin escalas. Nos faltan 4.600 para llegar a nuestro destino, es decir, unas dieciocho singladuras 
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                           Al oeste de Madagascar, 7 de Junio
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    Desde el Cabo de Buena Esperanza hasta Mozambique, hemos navegado  a media milla de la costa con objeto de evitar la fuerte corriente de las Agujas, que alcanza hasta 5 millas por hora. Han sido tres días interesantísimos pues nos ha permitido disfrutar muy de cerca el paisaje costero, tan de cerca que podíamos ver a los nativos y sus hogueras en las playas. Por otro lado ha representado un gran esfuerzo para los pilotos y un estado de nervios muy grande, pues navegar  tan próximos a la costa es muy peligroso ya que no hay faros y nos debemos guiar únicamente por el radar, de cuya pantalla no levantábamos la cabeza ni un minuto.
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    Las cabañas salpican el paisaje por doquier, un paisaje de un Africa para mi desconocida, de altas montañas y verdes colinas, te hacen imaginar que navegas por aguas del norte de Escocia, especialmente en las costas sudafricanas. De noche, ni un faro, solo alguna que otra luz mortecina de alguna cabaña y la luna que afortunadamente nos acompaña y que define la costa dándole un matiz más misterioso aún. Con viento de poniente, podíamos escuchar las voces de los negros y oler el humo de sus fogatas.
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    Hace dos días cortamos la corriente de las Agujas, navegando desde la costa oriental del continente a la occidental de Madagascar, de esta manera evitamos llevarla de proa, ganando dos nudos de velocidad. De nuevo volvimos al pantalón corto y al aire acondicionado. En estos momentos pasamos al través de una isla de corales que se llama Ilha das Indias.
 
Pablo.
 
(Continuará)