Pablo Romero Montesino-Espartero

Pablo Romero Montesino-Espartero
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Camarote desde donde fueron escritas algunas de estas cartas-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Con este blog pretendo ir recopilando las cartas escritas por mi hermano Pablo Romero M-E, dirigidas a la familia, durante sus primeros años de navegación tras terminar su carrera de Marino Mercante allá por el final de la década de los años cincuenta, principio de los sesenta-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------.

jueves, 17 de marzo de 2016

ADIOS, GDYNIA, ADIOS

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero


 
 
 
Mar Báltico   29 de Diciembre de 1969
Carta nº 72
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    El  Alacrity surcando a velocidad reducida un mar de bloques de hielo y a 27 grados bajo cero nos va acercando poco a poco al Canal de Kiel. Por la proa, Alemania Federal, por estribor, Suecia y Dinamarca, por babor Alemania Oriental y para tristeza mía, por la popa, la inmaculadamente blanca Polonia. Allá se queda una buena parte de mi corazón, encerrado en unas fronteras tan inexpugnables como absurdas. Tania me preguntaba cosas acerca de España y del mundo libre; el Mediterráneo, sus playas, la moda femenina, cualquier cosa le maravillaba y exclamaba : “¡estúpido comunismo¡” .
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    Antes de hacernos a la mar nos convocaron a todos e hicieron una revisión profunda del barco buscando algún polizón. Cruzamos la bocana del puerto acompañados por los haces luminosos de potentes reflectores.
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          Toda la tripulación está recluida en sus camarotes y en las guardias de mar se refleja en nuestros rostros cierta tristeza. No hay bromas, tampoco se habla de lo bueno o lo malo de nuestros días en Polonia, cada uno rumia sus recuerdos, pero todos coincidimos en una cosa : jamás olvidaremos las navidades blancas del 69 en Gdynia.
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Pablo 

viernes, 19 de febrero de 2016

CARTA DESDE GDYNIA (II)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero


A bordo del "Sincerity" buscando la Torre de Hércules




Carta nº 71
De una carta a la familia
Continuación de la carta anterior
 
 
    Hoy hace exactamente dieciséis días que llegamos a Polonia durante los cuales he vivido intensamente, amado mucho y trabajado poco.
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    Hace unos días al pasar el control de pasaportes a la salida del puerto me encontré  de nuevo a Tania atendiendo en su ventanilla a los marinos que salíamos del puerto. La he visto en otras ocasiones en las que siempre le había demostrado mi admiración por sus encantos femeninos. Es rusa, tiene treinta y tres años y está casada por lo que siempre me limité a ser simplemente cortés con ella. Pero mira por dónde, un compañero me dijo que no perdiera el tiempo y que hiciera algo más, ya que ella al parecer se interesaba por este cacereño. A mí Tania  no le falta de nada. Seguro del terreno que pisaba, la cité ocultando mi conocimiento de su estado civil. Me contestó que no podía encontrarse conmigo en ningún local pues como funcionaria, le estaba prohibido intimar con extranjeros. El problema quedó resuelto encontrándonos en la casa de la amiga del Tercer Oficial del Alacrity buen amigo y compañero, que no puso inconveniente alguno. Otra vez compartiendo techo con otra pareja. Habitación y salón bastante grande para lo que se lleva por aquí. Desde su ventana se puede contemplar el paisaje nevado más bonito que he visto en mi vida. Música, vodka, cigarrillos americanos, comestibles aportados por dos pudientes marinos españoles, calor de estufa de carbón y mucho amor.
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    El día de nochebuena nos reunimos en este apartamento el Capitán, el Jefe de Máquinas, el Tercer Piloto, el Telegrafista y yo, cada uno, a excepción del Capitán, con su respectiva “banquera”. Trajimos del barco en una furgoneta dos pavos asados, champagne, vodka, vinos, spaghetties, pescados, dulces variados, conservas de todo tipo, adornos navideños y regalos. Con todo el material y dirigiendo la operación vino también el cocinero del barco, hombre divertido dónde los haya y buen profesional que preparó una cena pantagruélica que dejó al personal perplejo, especialmente a nuestros amigos polacos, que vieron aquello como un milagro de la virgen de Cracovia. Tuvieron que pedir sillas a unos vecinos para poder sentarnos todos alrededor de una vieja mesa de madera. La cena resultó un éxito y como ésta gente es tan religiosa, tuvimos que acompañarlas a la Misa del Gallo, pero nos vimos obligados a  quedarnos fuera de la iglesia porque estaba hasta los topes. Con cerca de 20 grados bajo cero y no pudiendo entrar en calor de otra forma, los latinos nos alejamos de la puerta y nos liamos a tirarnos bolas de nieve y a correr de un lado para otro como caballos desbocados Creo que los feligreses lo entendieron, porque una vez finalizada la ceremonia, recogimos a nuestras polacas y no nos lo tuvieron en cuenta.
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    El otro día tuve un contratiempo que me podía haber costado muy caro. Gracias al Capitán, profesional donde los haya y buen amigo mío, todo quedó en un susto mayúsculo.
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    Generalmente el cambio de moneda lo hacemos en el mercado negro de la ciudad, para evitarnos problemas a la salida del puerto, pero esta vez caí en la tentación de hacerlo cómodamente a bordo, pues el cocinero tenía una buena remesa de zlotis de no se sabe que extraña procedencia y me ofrecía un cambio estupendo.
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    Nada más poner los pies en tierra, un oficial de aduanas, me hizo la pregunta de rigor:
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“¿Cuántos dólares y zlotis lleva encima?”
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    Tiré de cartera y como un auténtico panoli le enseñé todo mi capital, cifrado en unos tres mil zlotis.
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    Debo aclarar que oficialmente el Capitán entrega a cada tripulante el dinero polaco que desee, pero al cambio oficial, lo cual sale carísimo.
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    Inmediatamente el oficial me volvió a preguntar:
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“¿En dónde ha obtenido estos zlotis?”, a lo que respondí:
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   “Me los ha entregado el Capitán”, (cambio oficial).
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Sin mediar otra palabra me cogió del brazo y me llevó detenido a las oficinas de la policía del puerto en cuyas paredes colgaban una al lado de la otra, fotografías de Lenin y Marx. Allí, una mujer uniformada de cabellos estirados y moño, con toda la pinta de una inquisidora del KGB, me volvió a hacer las mismas preguntas en presencia del aduanero, obteniendo con ello las mismas respuestas. Descolgó el teléfono e hizo una llamada y me dijo:
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“Está Vd. mintiéndonos, el agente de su compañía naviera nos dice que las numeraciones de los billetes que tiene en su cartera, no coinciden con las serie de los que le entregaron a su Capitán para la tripulación.”
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Me temblaron las piernas pues había oído hablar de las leyes tan estrictas en lo concerniente al tráfico de divisas.
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Hicieron que me desnudara hasta dejarme en calzoncillos, registrando hasta el último rincón de mi ropa y me dijeron que estaría detenido hasta que el Capitán se hiciera responsable de la multa o me quedaría en Polonia unos cuantos meses.
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  Pasadas unas horas y acompañado por el mismo oficial de Aduanas que me detuvo, llegó el cocinero que me había hecho el cambio de moneda a bordo, con un pañuelo en la boca y tosiendo como un tuberculoso. Delante de mí le obligaron a desnudarse, encontrándole unos cientos de zlotis que como hice yo, confesó que se los había entregado el Capitán (cambio oficial). Le registraron hasta los calcetines, con cierta prevención por parte del oficial de Aduana, pues tosía y tosía tapándose la boca con el pañuelo.
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    La policía le confirmó que los números de los billetes pertenecían a las series que el agente de la Naviera había entregado al Capitán y que por tanto no había ningún problema y que se podía ir tranquilamente. Pasaron varias horas, hasta que llamaron al Capitán para explicarles que su Primer Oficial estaba detenido por tráfico ilegal de divisas. Cuándo lo vi entrar en aquella tétrica y siniestra oficina, su pequeña figura me pareció la de un gigante, que con su espada de fuego venía a liberarme de las garras de aquella comunista, marxista, leninista polaca.
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Su defensa se fundamentó en explicarles mi desconocimiento de las leyes polacas, el que fuera mi primera visita a Gdynia y sobre todo en mi buena fe, ya que no había escondido el dinero y el cambio lo había efectuado en la ciudad engañado seguramente por alguna mujer.
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Después de cerca de cinco horas detenido, salimos camino del barco con la lección bien aprendida y sin un céntimo, ya que me “confiscaron” todo. Tan sólo se libraron unos dólares que llevaba camuflados en el cuello de mi abrigo de cheviot. No hubo multa pues ello hubiera significado papel oficial, con lo cual no habrían podido sacar partido del botín, así es que todo se quedó en un buen susto.
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Una vez a bordo, le dije al cocinero que se había librado por los pelos y le pregunté:
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 “Pero ¿por qué coño tosía usted tanto en el interrogatorio y el cacheo?”, a lo que contestó:
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 “En el pañuelo tenía enrollados más de cinco mil zlotis del mercado negro en billetes grandes”. Es napolitano.
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 Pablo                                        
 

lunes, 1 de febrero de 2016

CARTA DESDE GDYNIA (I)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Expartero

 
Navegando por el Canal de Kiel
 

Carta nº 70
De una carta a la familia
Gydinia, 15 de Diciembre de 1969

 
    Esta carta no saldrá desde Polonia pues censuran la correspondencia hacia los países occidentales, así es que esperaré a Hamburgo para echarla al correo.
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    Llevo cinco días en Polonia y en el transcurso de los mismos, creo haber adquirido suficientes conocimientos como para escribir un artículo periodístico.
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    No sabría explicar la extraña sensación que uno siente tras el Telón de Acero, que aunque no lo creáis, continua siendo de acero y del bueno. Creo haberos contado la impresión que me causó Alejandría, cuando los remolcadores abrieron las redes anti-submarinos para dejar pasar a nuestro barco. Pues bien, lo que se siente aquí es algo parecido, con la diferencia de que aquello, al cabo de unos días te dabas cuenta de que a pesar de las cargas de profundidad en el puerto y los disparos de los antiaéreos, todo era una tragicomedia por la teatralidad que ponían los egipcios en sus acciones guerreras. Aquí en cambio, el drama aumenta a medida que vas conociendo más de la situación policial bajo la que nos encontramos y de la sordidez del comunismo que aplasta a esta pobre gente, y que te produce un temor que no había jamás sentido en ningún país de los que a lo largo de los años haya conocido.
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    La reglamentación a la que estamos sometidos los tripulantes de barcos occidentales es de tal calado, que antes de mover un dedo, debes pensártelo bien durante unos minutos, no sea que esté prohibido.
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    Inmediatamente después de haber dado cabos a tierra, nos colocaron tres soldados, uno ruso y dos polacos, armados con metralletas, uno en cada  extremo del barco y otro en el centro vigilando la escala real, con la exclusiva misión  de evitar fugas del país embarcando como polizones.
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    Los costados del “Alacrity” los tienen iluminados con potentes reflectores, de tal manera  que los soldados pueden vigilar el que ningún hombre  trepe por los cabos o por la cadena del ancla. Los soldados de los extremos están en continuo movimiento, entre otras cosas porque estamos a 18 bajo cero y siguen bajando las temperaturas.
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    He tenido ocasión de hablar en inglés con varios polacos, gente educada, culta y de una amabilidad extraordinaria. Tan solo se permiten hacer críticas sobre el comunismo y los rusos-a los que detestan- si no están acompañados de otro polaco y siempre vigilando que nadie pueda escucharles. Si por el contrario están dos, el afán de ambos es ponderar el régimen comunista y a sus “hermanos” los rusos.
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    La ciudad, es como esas casas señoriales a las que la ruina de sus dueños las ha dejado en el más absoluto abandono, pero que conservan su empaque de otra época mejor, sin  atisbo de modernismo alguno. El tráfico automovilístico prácticamente es inexistente, tan solo autobuses, taxis, camiones y algún que otro turismo oficial circulan por sus calles, tristes y sin color alguno que te recuerden al mundo occidental.
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    Los signos clásicos de la Navidad están representados por algún árbol con una paupérrima iluminación, adornos de poco gusto en los escaparates, en los que poco o nada tienen que mostrar. Se ven zapaterías que exhiben tres o cuatro pares de zapatos y hacen colas para verlos en un orden pasmoso. También rollos de telas, que parecen abandonadas y tiradas en desorden y aquellos que exhiben prendas femeninas, se asemejan a los escaparates de nuestros pueblos menos desarrollados, mostrando sujetadores que una española no vestiría ni para interpretar a Dulcinea del Toboso.
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    La gente camina a toda velocidad con enormes abrigos hasta los pies, sombreros de astracán y botas altas con los pantalones dentro de ellas. En los jóvenes  se nota quizás una cierta variedad en el vestir pero dan la impresión de un pueblo triste o muy serio, no sabría diferenciarlo. La música en la radio es toda sinfónica o folclórica. La televisión solo se ve en bares y cafeterías y como transmiten en canales distintos a los nuestros, no la podemos ver en el televisor del barco.
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    El descanso dominical tampoco existe; trabajan en turnos continuos día y noche, incluso en Navidad. Dejan de hacerlo en lugares a la intemperie cuando la temperatura alcanza los 25 grados bajo cero; en cambio las iglesias se llenan de fieles y oyen misa desde el exterior a pesar de un tiempo gélido que hiela hasta los pensamientos.
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     Nos paran por la calle para pedirnos que les vendamos nuestra ropa, ofreciéndonos cambios de 120 zlotis por un dólar, mientras que el cambio oficial es de 24 zlotis el dólar. En ocasiones dejamos de propina al taxista hasta el triple del coste de la carrera pues ellos saben que su trabajo lo estamos pagando con lo que gastamos en occidente en tomar un café.
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    El bajar a tierra significa tener que pasar  tres controles: uno del partido, otro de la aduana y un tercero de la policía, tomando nota de la hora exacta en que abandonamos el barco, entregando el pase de frontera y haciendo declaración de cuanto llevas, cigarrillos, zlotis y efectos personales, no pudiendo permanecer fuera del barco más de 24 horas y sin alejarte más de 20 kms. de la ciudad, estando terminantemente prohibido abandonar la carretera cuando vamos a la bonita ciudad de Sopot. Oficialmente tenemos prohibido el frecuentar locales que no estén destinados específicamente para extranjeros, -cosa que no cumplimos-pero en cambio te juegas de uno a seis años de prisión, si sacas una fotografía o tomas apuntes, dibujos etc. de las instalaciones portuarias. Estás obligado a presentar la declaración de moneda en cualquier momento que se te pida y no puedes regresar a bordo con un solo zloti   que no haya sido cambiado bajo pena de prisión. Controlan las numeraciones de los billetes que los agentes de la compañía nos entregan al salir del barco, por tanto la única formula es sacar escondidos los dólares, cambiarlos en el mercado negro y dárselos a guardar a nuestras respectivas “banqueras”. Cada tripulante tiene la suya y son de fiar, porque somos esplendidos con nuestras conquistas polacas.
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    Los sueldos oscilan entre las 1.400 ptas. de un  aduanero a las 5.000 ptas. de un arquitecto o ingeniero. Los precios son increíblemente bajos si haces el cambio en el mercado negro. Una cena en el mejor restaurante de Gdynia viene a costar unas 200 ptas. Una botella de vodka-bebida nacional que consumen hombres y mujeres como si bebieran agua-  cuesta en el mejor salón de baile unas 75 ptas.; unos buenos zapatos no más allá de 140 ptas. un traje entre 2.000 y 3.000 ptas.
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    El otro día me dijo un alférez de la policía que estuvo tomando una copa en mi camarote, “sí Chief, mi sueldo mensual es justamente lo que uno de sus marineros gasta en tierra una noche en Gdynia”.
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    La guerra le supuso a Polonia la enorme pérdida de seis millones de hombres por esta razón la población femenina es tan grande viéndose a la salida de las fábricas solo mujeres, si bien la profesión mejor pagada en Polonia es la prostitución y está protegida al ser una óptima fuente de ingresos de divisas para el Estado. Lo cierto es que  en mayor o menor medida, soltera o casada, empleadas o no, todas explotan un negocio que les produce en una noche la mitad del sueldo mensual de un obrero. De esta forma, las mujeres lucen lujosos atuendos, abrigos de piel, joyas etc. mientras que los hombres parecen hijos del mismo padre y de la misma madre. Ellas con sus dólares se hacen comprar por los tripulantes de los barcos  en almacenes para extranjeros, toda clase de “trapos” y enjuagues y siendo los marinos los únicos extranjeros, nos convertimos sin comerlo ni beberlo en pura golosina para el sexo débil de este país. Por otra parte, nuestra forma de ser latina y nuestra sana alegría contagia a esta pobre gente cuando en algún local nocturno nos desternillamos de risa, cantamos o bailamos como peonzas, y las chicas que no están con nosotros miran a las nuestras con cierta envidia. Somos, incluido el capitán, nueve oficiales. Después de cenar nos citamos todos en el Gran Café que es el local más “chic”. Allí acuden nuestras  “banqueras” y organizamos una juerga que un día nos van a tachar de asquerosos burgueses, capitalistas a los que chicas comunistas revisionistas  han hipnotizado con sus encantos.
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    En cada casa o apartamento viven de dos a cuatro familias. El primer día que fui con mi “banquera” a su apartamento vi que en cada puerta había tres o cuatro pares de botas masculinas y femeninas. Pensé que sería una familia de veinte o treinta personas y me asusté un poco, pues eran demasiadas botazas para este cacereño perdido de amor. Entonces ella me explicó la cosa  y lo difícil que resulta el tener una vivienda en Polonia. Lo cierto es que cuando iba al baño pasaba mi apuro, pero cuando noté que no se sentían ofendidos de tenerme bajo el mismo techo, no cedía el baño a nadie, ¡la cola es la cola¡
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    Otro día os seguiré contando, pues la estancia aquí va a ser más larga de lo esperado.
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 Pablo                                  
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miércoles, 6 de enero de 2016

CARTA DESDE EL ATLÁNTICO NORTE

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
 
 

 De guardia en el "Sincerity", amanece solo para mi en el Atlantico.


 
Carta nº 69
De una carta a la familia
Gdynia, Diciembre de 1969
 

 
    Nos encontramos en estos momentos a solo 500 millas del Finisterre Inglés, lo cual significa un día más de navegación  para avistar las costas de la Bretaña inglesa. Nuestro último vistazo a la tierra firme fue pasando al oeste de Puerto Rico, desde allí hasta aquí, 4.427 millas de mar y cielo navegadas por ortodrómica, lo cual nos ha obligado a elevarnos mucho en latitud.
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    Durante todo el viaje el tiempo se ha mantenido dentro de ciertos límites de bondad, pues para suerte nuestra hemos viajado en compañía de un anticiclón hasta anteayer, que se fue con viento fresco hacia Groenlandia. Ahora ha empezado el “baile” clásico del Atlántico Norte en invierno, pero mañana, al abrigo de las Islas Británicas, volveremos a gozar de tranquilidad. Contrariamente a cuanto esperábamos, el frío no se ha hecho sentir por ahora, a pesar de habernos elevado hasta los 55 grados de latitud. Hace unos días tuvimos que parar en medio del Atlántico para reparar una avería en la máquina. En el viaje de ida, el carpintero, uno de los pocos que quedan de ribera y acostumbrado en su Galicia natal a construir barcos de pesca de madera, hizo lo propio con un diseño elaborado por el capitán y por mi, para que nos sirviera como bote o chinchorro para pintar el casco del barco en puerto. Le salió un bote precioso, al que se le instaló un motorcito fueraborda de 4 cv.. Durante la parada lo echamos al agua y el capitán y yo hicimos una excursión, alejándonos del “Alacrity” fuera del radio de acción del radar, según nos dijo el segundo oficial que se quedó de guardia en el puente. Nunca había sentido tanta emoción. Bajo la quilla plana del bote teníamos una profundidad de cinco mil metros, la costa más cercana estaba a más de 1000 millas y no veíamos al “Alacrity” parado en mitad del Atlántico. Por primera vez en nuestras vidas fuimos “náufragos” por unas horas y supimos por experiencia de la pequeñez del ser humano y de la grandeza de Dios. 
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     Ha pasado casi un mes desde que abandonamos Talcahuano –al norte del Estrecho de Magallanes- y os confieso que no veo la hora de “aterrizar” en Gdynia, me han hablado tanto de las polacas...quiero piel blanca y cabellos dorados, necesito oler a estufas de carbón, pisar alfombras y sentir dolor en las orejas por el frío.
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    No sabemos a ciencia cierta en dónde nos cogerá la Navidad, posiblemente en Alemania pues de Polonia vamos a Hamburgo y a Amberes donde cargaremos para Nápoles.
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    El loro continua vivito y coleando. Es de lo más simpático que podáis imaginar, silba a las chicas, pronuncia su nombre,” Alberto”, perfectamente; se ríe a carcajada limpia, una carcajada casi humana y hasta ahora no ha aprendido ningún taco, pero si continúa a bordo, acabará soltando más de uno.
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    Me gustaría mucho pasar con vosotros la Navidad, pero me he trazado un rumbo a seguir y éste pasa por Italia y Panamá una vez más. Con ello quiero decir que de no surgir complicaciones, haré un quinto viaje al Pacífico, para desembarcar aproximadamente a principios de la primavera, con la sana intención de hacer el curso de Capitán y casarme, ¿con quién?, no lo tengo aún completamente decidido, pero me caso. Hasta ahora todas me han ofrecido amor y trabajo, siempre lo mismo, con la única variante de la latitud. No he perdido la esperanza de encontrar una que me ofrezca amor y “dolce vita”.
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    Después de hacer pasar por nuestra quilla, el Pacífico, el Canal de Panamá, el Atlántico Norte, el Golfo de Vizcaya, el Canal de la Mancha, el Mar del Norte, el Canal de Kiel y el  Báltico, llegamos por fin sin novedad a Polonia con 10.000 toneladas de harina de pescado con las que alimentar a todos los pollos del país. Esta mercancía aparentemente inofensiva es muy peligrosa pues es autocombustible debido a su riqueza en nitrógeno. A veces se produce un incendio en el centro de la bodega muy difícil de atajar. El centro de la carga se convierte en un gran brasero que paulatinamente va avanzando sin humo hasta llegar al costado o la cubierta del barco. Las altas temperaturas deforman sus estructuras  hasta quebrarlo y hundirlo si no se llega antes a puerto. El agua no resuelve el problema pues cuando aflora el fuego, ya es demasiado tarde. En fin, una mercancía peligrosa.
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    Pasado el Canal de Kiel, encontramos un Báltico por el que se podría caminar a pesar de que el hielo es joven. Para llegar hasta aquí hemos tenido que navegar por “ways” de una milla de ancho de los que no nos podemos salir por el peligro que encierran aún los campos minados de la Segunda Guerra Mundial. Las nieblas lo hacen extremadamente peligroso, pues aunque el radar es de gran ayuda, el tráfico es tan intenso que las boyas que determinan los distintos rumbos de los “ways” se confunden a veces con falsos ecos o pequeñas embarcaciones  que los cruzan, sin peligro para ellas por su poco calado.
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    Gracias por vuestras felicitaciones, 34 años, ¡qué asco¡
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    Con motivo de mi avanzada edad, me he dejado bigote, lo pondré a prueba aquí en Polonia y si veo que a las polacas-amantes de los hombres morenos y velludos,- no les gusta, me lo afeito rápido. De momento el loro no se asusta al verme.
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 Pablo 
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sábado, 19 de diciembre de 2015

PEDAGOGÍA DEL SEXO EN EL “ALACRITY”

 Autor:
Pablo Romerto Montesino-Espartero
 
 Foto: Venus y Marte de Boticelli. He elegido este cuadro para ilustrar mi carta íntima, porque veo en él a unas ninfas que tratan de despertar a Marte (de su ignorancia), desentendiéndose de la hermosa mujer que tiene enfrente, creyendo que todo está hecho y bajo control. Mientras que Venus lo mira cómo diciéndole, eres un indolente que no sabe que uno jamás debe“dormirse” en el amor.
 
 
 
 
Carta 68
Íntima
A bordo del “Alacrity” viaje de Panamá a Gdynia (Polonia) Noviembre de 1969
 
 
Nos encontramos en el Atlántico Norte y a escasas singladuras del Canal de la Mancha. El viaje desde Perú se hace largo y tedioso. La televisión no se ve y tan solo podemos disfrutar de la proyección de películas que el capitán  alquiló en Italia para el viaje.
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El cocinero italiano, además de ser un buen profesional, tiene muy buen verbo y es un gran experto con las mujeres. Por su edad y porte un tanto desgarbado, no se le podría enmarcar como un clásico “latin lover”, yo diría que es una especie de viejo encantador de hembras, a las que no sabemos que les da, pero que las envuelve primero con su verbo y después las deja enganchadas con su arte.
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Su máxima es : “bisogna fare l´amore a regola d´arte”.
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Pues bien, aprovechando sus cualidades y conocimientos, pensando por otra parte que pasaríamos en Polonia una temporada larga, se me ocurrió la idea de proponerle que abriera  a bordo un aula de pedagogía del sexo. Aceptó sin titubear y en el salón principal del barco, solo utilizado para proyección de películas, montó nuestro carpintero, una tarima y colocó una mesa sobre ella.
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A falta de pizarra para que pudiera dibujar sus bosquejos, saqué del cuarto de derrota una carta náutica de grandes medidas, y en su parte posterior pintó como Dios le dio a entender, varias figuras del cuerpo de una mujer en dos posiciones: de cubito supino unas y de cubito prono la demás, poniendo números en los distintos lugares en los que se iban a dirimir los debates y sus enseñanzas. Se le dotó de un puntero y lápices de colores para que pudiera trabajar subrayando o tachando lo que fuera necesario, imponiéndosele como condición “sine qua non” el que no viniera a la cátedra con el pantalón de cuadritos típico de “cuoco” napolitano.
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Usó el color verde para señalar los puntos a los cuales debemos llegar con susurros y mucho cariño, sin prisas pero con seguridad y sin timidez en los prolegómenos,
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El color azul para aquellos en que una vez visitado los verdes, y siempre con el verbo de un enamorado, deberíamos actuar con paciencia y ternura, pero sin complejos y ganando posiciones.
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Finalmente, el color rojo lo dejó para indicarnos los lugares en los cuales la fémina se rinde y se entrega con pasión, si hemos hecho bien los anteriores deberes.
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Del punto “G” solo nos dijo que está en el cerebro de cada cual y que si lo buscamos en recónditos lugares, lo más probable es que nos aburramos y perdamos el tiempo que pudiéramos emplear en cosas  menos sofisticadas pero más fructíferas, y por último, que el alcohol, la comida  excesiva y las risas desmesuradas no son buenas compañeras de viaje en el amor.
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El éxito fue rotundo y determinados días, el Capitán, que también asistió a algunas clases, le daba el relevo al oficial de guardia en el puente, para que éste pudiera bajar al salón en el que se impartía la clase.
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En aquel lugar estábamos reunidos  italianos, yugoslavos, españoles y un ecuatoriano que embarcó como polizón y que demostró ser un buen marinero, siendo incorporado a la plantilla con todos sus derechos. Hubo días en que se intercambiaban las guardias de mar para poder asistir a las exposiciones y debates, y alguno que no entendía muy bien el italiano, tomaba notas sobre dibujos de andar por casa y en los que la anatomía femenina, más parecía un rompecabezas, que un cuerpo humano.
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Fueron días de gran diversión, compaginados con ratos de enorme seriedad en los que las explicaciones poco ortodoxas del cocinero, pero de gran sabiduría, se entremezclaban con las preguntas de los más jóvenes e inexpertos y que causaban admiración en los “tendidos” y carcajadas sin límite. De vez en cuando, algún avanzado reflexionaba en voz alta sobre un determinado tema y otras se venía abajo el “teatro” cuando el cocinero hacia preguntas a los alumnos y éstos respondían con evasiones por puro desconocimiento, o  equivocadamente sobre el nombre y la importancia que  a un determinado número en los dibujos del día, pudiera corresponderle.
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Entre bromas y veras, en aquellas clases el que más y el que menos mejoró notablemente en el arte de amar y nos enseñaron  no solo a saber más de la anatomía femenina, también de cómo actuar en los “approaches”, algo sobre psicología aplicada a la conquista de la mujer, comportamiento ante una real hembra y “modus operandi” en la horizontalidad, la verticalidad, la oblicuidad y en la oposición.
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En su lección magistral de fin de curso, impartida pocos días antes de entrar en el Canal de la Mancha, nos animó a hacer el amor susurrando, con mucho cariño y respeto y rodeándolo todo con un halo de romanticismo y ternura.
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Cerró la clase con una frase antológica que no he olvidado ni olvidaré en mi vida:
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“Fare l´amore é come dipingere un quadro sul corpo della donna”
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Todos los alumnos, especialmente los españolitos tan educaditos y tímidos con las mujeres, hemos aprendido en diez días lo que no habíamos hecho a lo largo de nuestras jóvenes vidas. Siempre he pensado que existen dos escuelas en este arte : la italiana y la brasileña, yo me quedo con la italiana, porque entre otras cosas, siempre está de por medio la música romántica y el “lacrima christi”.
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 Pablo
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miércoles, 25 de noviembre de 2015

“ REBELION” A BORDO

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
 
 
Escena de la película Rebelión a Bordo



Carta nº 67
De una carta a la familia
Mar Caribe 1969
 
 

Ayer pasamos el Canal de Panamá y ahora navegamos en aguas del Caribe con rumbo a pasar al Sur de Florida.
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Nuestro último puerto de descarga y carga fue Puerto Chicama en Perú, donde se produjeron los acontecimientos que paso a relataros.
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Al iniciar el viaje en Italia y por exigencias del poderosísimo naviero Lauro, que tiene fletado nuestro barco, embarcó un sobrecargo de dicha compañía, para supervisar las operaciones de carga y descarga en los distintos puertos de América e informar de cualquier contingencia al fletador. Generalmente es, como en este caso, un capitán de la flota  Lauro  de confianza del naviero.
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Esta persona que en un principio se comportó como un pasajero, a medida que iban pasando las semanas de viaje, comenzó a adjudicarse competencias, tales como impartir órdenes desde el puente a la marinería en las maniobras de atraque y desatraque, o incluso  al oficial de proa o al timonel.
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Nuestro capitán a todo aquello no le daba mucha importancia, pues para nada quería tener un enfrentamiento, con el representante de la compañía que nos tenía alquilado el barco, lo cual podía acarrearle algún roce con nuestro propio armador.
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En cierto momento, llegados al último puerto de descarga en América, convoqué una reunión a la que asistieron toda la gente de cubierta, nuestro capitán y también nuestro Jefe de Máquinas, italiano el uno y español el otro, ambos buenísimos profesionales y lo que es más importante, buenísimos amigos míos.
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Expuse mi parecer y el de todos los marineros, incluido el contramaestre, sobre el comportamiento del sobrecargo italiano, al que habíamos soportado a lo largo de casi dos meses de navegación, pero que no teníamos intenciones de continuar haciéndolo durante el largo viaje de regreso a Europa.
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Informé al capitán de que toda la gente de cubierta y yo al frente, no saldríamos de Puerto Chicama, si el sobrecargo de Lauro no se quedaba en tierra y volvía a Europa en avión o en cualquier otro barco, pero no con nosotros.
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El pulso lo iniciamos veinticuatro horas antes de la salida y supuso un ir y venir de los agentes representantes de Lauro, con el fin de que depusiéramos nuestra actitud. Nos reunieron a todos, incluido el sobrecargo motivo de nuestra “rebelión”, para intentar aproximar posiciones, pero centramos nuestro descontento, en lo que di en llamar un sometimiento denigratorio para nuestro orgullo como oficiales y marineros, teniendo que soportar a un personaje que se adjudicaba competencias que no le incumbían a bordo del Alacrity  y menos aún después de haber descargado hasta la última tonelada de carga. Llegado el momento de la partida, el capitán nos ordenó a los puestos de maniobra y a ellos acudimos con la mayor naturalidad. En el puente de mando, como siempre, el sobrecargo era la sombra del capitán, pero esta vez no hizo el menor gesto, ni transmitió la mínima orden desde allá arriba. Todo parecía una maniobra más de desatraque, hasta que el capitán ordenó virar el ancla y yo no obedecí. Ningún marinero movió  un dedo y el ancla seguía en el fondo como antes de la orden.
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Por segunda vez, se me ordenó virar el ancla, con el mismo resultado, para posteriormente hacerme subir al puente con objeto de aclarar la situación.
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Todo fue inútil y al capitán le dije que  desembarcaba  el  sobrecargo o el barco no salía a la mar, al menos con nosotros como tripulación.
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Después de una hora de espera, el sobrecargo, con la cara desencajada e imaginándose las preguntas que le iban a hacer sus superiores en Italia, desapareció del puente para hacer las maletas. Media hora más tarde  bajaba a la lancha del práctico para no volver al Alacrity. Inmediatamente y en cuanto lo vimos descender por la escala, pusimos el molinete en marcha y comenzamos a virar el ancla, que no volvería a tocar fondo hasta Polonia.
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Habíamos ganado la batalla y recuperado el honor perdido.
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 Pablo
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jueves, 29 de octubre de 2015

“APUNTAMENTO” EN PUNTA TETAS

Autor:
Pablo Romero Montesino.Espartero



 
Carta nº 66
De una carta a la familia
Pacífico Sur 1969

 

    En el anecdotario de mi vida, podrían figurar en lugar preferente, los acontecimientos de éste viaje por la costa del Pacífico, desde Panamá hasta Valparaíso y regreso.
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   A pesar de nuestros buenísimos sueldos, todos los marinos tratamos de mejorarlos con algún que otro negociete, para que nuestros jolgorios en tierra nos salgan gratis. Es algo innato que se puede hacer extensivo a marinos de guerra, pilotos de líneas aéreas y todo aquél que cruza una frontera. La única diferencia estriba en la cantidad, y en un barco mercante, la cantidad no supone freno alguno, ya que tenemos espacio de sobra.
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    En nuestro paso por  Cristóbal que es puerto franco en el Canal de Panamá, tuvimos la visita de un contrabandista de tomo y lomo, el cual nos hizo una proposición tan deshonesta como tentadora. Se trataba de cargar en una bodega del barco, 4.000 cartones de cigarrillos americanos y 100 cajas de whiskey para entregarlos fuera de las aguas jurisdiccionales de Chile y precisamente a 12 millas al oeste  de Punta Tetas (cabo muy conocido de la costa chilena a poca distancia de Antofagasta).
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    La operación la bautizamos “apuntamento en Punta Tetas” porque en italiano-nuestra lengua oficial a bordo-“apuntamento” significa cita.
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    Básicamente nuestro trabajo consistiría en transportar la carga hasta el lugar del encuentro por la módica cantidad de 5.000 dólares americanos y descargarla sobre una lancha antes de que anocheciera, todo ello en la fecha fijada de nuestro paso al oeste de Punta Tetas, camino de Valparaíso. El pago del “flete” sería contra la entrega de la “mercancía”. El “contrato” lo cerraron  el Capitán y el Jefe de Máquinas, en anuencia con el resto de la tripulación a la que se le pagaría proporcionalmente al sueldo de cada uno de nosotros.
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    El Jefe de Máquinas  buen amigo, excelente profesional y experto en estas lides, tiene un bonito negocio, que además de proporcionarle pingües beneficios, le facilita sus relaciones con las chilenas y peruanas que acuden  a su “tienda”, en cuanto el Alacrity asoma su proa por la bocana de El Callao o Valparaíso. En Barcelona hace su acopio de mercancías por medio de una furgoneta cargada de ropa variada e íntima de mujer, blusas, faldas, lencería, cremas y potingues, perfumería etc. etc. Todo ello lo camufla en la sala de máquinas, quedándose en su despacho del camarote, con un amplio muestrario que le sirve para hacer pedidos por el teléfono interior a su “almacenista” en la máquina. El muestrario ha desplazado de sus cajones a los planos del barco, instrumentos de precisión etc. es decir un auténtico profesional del comercio internacional y no catalán como sería de esperar, sino castellano y de Almorox provincia de Toledo.
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    Una vez  terminada la operación de carga de la “mercancía” salimos a la mar camino de Valparaíso, mientras que el contrabandista partió por tierra hacia Antofagasta, dejándonos una emisora para las comunicaciones de última hora entre nosotros y la lancha.
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    En la fecha y hora fijadas, el Alacrity paró sus máquinas 12 millas al oeste de Punta Tetas, - y por tanto, fuera de las aguas jurisdiccionales de Chile- con fuerte marejada y vientos de poniente que proporcionaban al barco un balanceo desagradable. A medida que se acercaba la puesta de sol, la mar empeoraba sin que la lancha hiciera acto de presencia en la pantalla del radar. Poco antes del ocaso, un eco en el radar nos hizo pensar que pudieran ser ellos. Llamamos por radio y en su respuesta solo pudimos entender que estaban a punto de hundirse y que regresaban a la costa, con lo cual se nos planteó un gravísimo problema, cual era el de entrar en Valparaíso con un cargamento de tabaco y whiskey que podía llevarnos a la cárcel desde el primero hasta el último de la tripulación. La única solución era echar todo por la borda, con lo cual el contrabandista se quedaba sin nada - riesgo de represalias- o buscar un escondrijo en el barco que fuera tan seguro como para arriesgarnos.
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   En conclave decidimos correr el riesgo, escondiéndolo todo en un tanque vacío, que no figuraba en los planos del barco y sito en el compartimiento del servomotor del timón.
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   En un trabajo de artesanía del equipo de máquinas, todo quedo dentro del tanque, cuya puerta se soldó con autógena, colocándose sobre ella, ruedas dentadas de las máquinas.
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    Nada más atracar en los muelles de Valparaíso, apareció el contrabandista y nos informó de su epopeya para evitar que la lancha se fuera a pique con los tres hombres que la gobernaban. Veían el barco aparecer y desaparecer en el horizonte según estuvieran en la cresta o el seno de la ola sin que avanzaran en su aproximación al Alacrity . La comunicación por  radio- con un walky- talky de poca potencia- fue tan solo un cruce de pocas palabras  debido a la distancia y al ruido de la mar al romper en la proa, por lo que decidieron abortar la aproximación pues estaban embarcando mucha  agua.
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    Los días que pasamos en Valparaíso fueron de gran preocupación hasta que los inspectores de la Aduana abandonaron el barco no habiendo encontrado nada ilegal y por supuesto tampoco el “tesoro”.
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   A los pocos días repetimos el “apuntamento” en la misma situación y esta vez con éxito.
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    La lancha era un lanchón de madera con motor diesel y unos seis metros de eslora que se abarloó sin problemas con una mar bella y el viento en calma.
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    La “mercancía” fue subiendo y subiendo en altura, hasta tal punto de que nos daba la impresión de que el lanchón volcaría en cuanto soltara los cabos que tenía dados a nuestro barco. Con un francobordo de unos 20 cms. desde la superficie del mar, parecía que sobre cubierta llevara un autobús de Londres.  Comenzó su navegación hacia la costa embarcando los salpicones del agua que levantaba su proa. Poco antes se había efectuado el pago del “flete” en el despacho del Capitán, quedando bajo su custodia en la caja fuerte del barco.
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   Antes de nuestra llegada a Perú, se distribuyó lo que para cada uno de nosotros significó el sueldo de un mes. En Lima dimos rienda suelta a nuestras alegrías, gastando lo que con tan poco esfuerzo habíamos ganado, hasta que en un lugar de cuyo nombre no puedo acordarme, alguien le gritó a un tripulante : “¡son falsos, son dólares falsos¡”. Fue como una estampida, pero a cámara lenta. Fuimos saliendo del local nocturno, sin prisa pero sin pausa, sin mirar atrás pero con unas ganas irrefrenables de echar a correr. Ya en el barco, el más entendido de todos, cogió un billete lo mojó con su saliva y lo frotó con otro. La tinta impregnó de verde lo que no lo era, hasta quedar el billete como un pimiento frito.
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    En Europa, con el afán de protegernos la huida, solíamos invitar a los compañeros a todo gasto pagado, siempre que fuera con los dólares de Punta Tetas y en locales nocturnos. Nunca faltaron guardaespaldas.
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Pablo
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