Pablo Romero Montesino-Espartero

Pablo Romero Montesino-Espartero
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Camarote desde donde fueron escritas algunas de estas cartas-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Con este blog pretendo ir recopilando las cartas escritas por mi hermano Pablo Romero M-E, dirigidas a la familia, durante sus primeros años de navegación tras terminar su carrera de Marino Mercante allá por el final de la década de los años cincuenta, principio de los sesenta-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------.

sábado, 27 de octubre de 2012

FILADELFIA Y EL PRINCIPIO DE ARQUÍMEDES (III)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero




Carta nº – 8 -

Me pregunto ¿por qué estará tan caprichosamente mal repartida la belleza en este mundo?
 Con el fin de incorporarme a mi nuevo destino he viajado en tren desde Barcelona a Génova, bordeando la famosa Costa Azul. Durante el trayecto y mientras discurrían ante mis ojos: Montecarlo, Niza, Cannes, San Remo... me he venido haciendo la misma pregunta, al asociar el hermoso paisaje que desfilaba ante mis ojos, con el que ofrece la carretera de Medellín en pleno Agosto.
...

Norfolk es la base aeronaval más importante que los americanos tienen en la costa este. Sus muelles se encuentran materialmente abarrotados de colosales naves de guerra, algunas, veteranas de Tarawa, Peral Harbour, Leyte o Normandia durante la Segunda Guerra Mundial.
 Desde el insignificante dragaminas, hasta el poderoso acorazado, pasando por los más diversos tipos de maquinaria bélica flotante, disfruta aquí de su merecido descanso. Portaviones, cruceros, destructores en número impresionante, parecen sumidos en un pacífico y letárgico sueño abarloados unos a otros a lo largo de kilómetros. Es una fuerza poderosa de cientos de barcos, signo identitario de un país pujante al que no parece haberle hecho el menor desgaste la guerra que finalizó hace escasos años.

 Durante todo el día y la noche, el cielo de Norfolk se ve cruzado en todas direcciones por los más modernos reactores. Bombarderos impresionantes, cazas y helicópteros, no dejan descansar un momento nuestros tímpanos.
 En esta nuestra última escala en el continente americano, mi fobia por este país y sus incómodas costumbres había llegado al máximo. Por otra parte, la frialdad de carácter, y poca hospitalidad de sus moradores, me hacían desear abandonarlo cuanto antes.

En el estado de Virginia al cual pertenece Norfolk, la discriminación racial es de lo más severa, no siéndoles permitido a los negros efectuar compras o hacer uso de algunos servicios públicos, estando sometidos a una separación del comercio entre ambas razas. Una de las cosas que más poderosamente me llamó la atención, fue la “frontera” existente en los autobuses. A un tercio de su longitud, una cadena divide o separa a los unos de los otros, con la particularidad de que la cadena puede desplazarse hacia atrás (zona de negros), y no en cambio hacia adelante, (zona de blancos), aunque el excesivo número de viajeros de color así lo requiriese.
 Durante el tiempo que permanecí en los Estados Unidos tuve ocasión de charlar y cambiar impresiones, con emigrantes españoles. Todos ellos, los unos carpinteros, los otros mecánicos etc., tenían uno o dos lujosos automóviles, apartamento con todo género de adelantos modernos, destinados a hacer más cómoda la vida doméstica y cuanto un español de su clase pudiera soñar. Ninguno estaba contento con su suerte. Al igual que yo, echaban de menos la tranquilidad, el calorcillo de nuestros bares y cafés, la animación callejera, la cocina casera, el buen vino, y tantas otras cosas imposibles de conseguir allá.

 Los automatismos dominan al pueblo americano, que como fiel cordero se adapta a ellos sin vacilación alguna, obsesionado por la idea del tiempo. Yo, como buen español, opino que sufren mayúsculo error al considerar tiempo perdido el empleado en saborear una buena comida, paladear un café o dormir una discreta siesta. Usted que me lee, ¿cambiaría todo esto, por un frigorífico, una cocina eléctrica o un televisor? No, estoy seguro que no, pues usted como yo, sabe perfectamente que no existe tiempo mejor gastado, que el perdido en el disfrute de estos pequeños placeres tan nuestros, tan españoles.
 A partir de las seis de la tarde, no se ve alma viviente por la calle. Los bares quedan vacíos y los cinematógrafos dan su última sesión, a la que solo asistirá un contadísimo número de espectadores, y a veces ninguno.

 El tráfico enloquecedor del día queda reducido a unos escasos vehículos lanzados a velocidades supersónicas por las amplias avenidas. Los enamorados, estacionan sus automóviles en los lugares más inverosímiles, huyendo de la linterna del policía y en todos los hogares, cada miembro de la familia, busca la postura más cómoda frente al receptor de televisión.
 Completada la carga de grano con destino a Hull en Inglaterra, nos hicimos a la mar en demanda de la Corriente del Golfo que nos proporcionaría uno o dos nudos más de velocidad en nuestro regreso a Europa.

 Mi estancia en Norteamérica había durado aproximadamente un mes, en el transcurso del cual, conocí tres de las ciudades más populosas; la “fortificada” Norfolk , la bella y distinguida Philadelphia y Baltimore además de otras como Gloucester, Wilmington, Portsmouth...tan iguales, que para mi solo se diferenciaban en el nombre.
 Cuando dejamos Cabo Henry por la popa de nuestro noble y maltrecho barco, pensé para mis adentros: ¡América para los americanos¡

 El día 22 de Noviembre de 1958 al ser las 0036 horas del reloj de bitácora el Monte Nuria se encontraba en Latitud 41-45 Norte y Longitud 50-14 Oeste o lo que es lo mismo a menos de 4 millas de donde descansa el Titanic. La sola idea de pensar que en nuestro entorno se produjo la gran tragedia que acabó con la vida de más de 1.500 personas te conmueve, pero el pensar que sus restos yacen ahí abajo en la oscuridad del fondo marino, te sobrecoge.
 Veinte días flotando sobre las calidas aguas de la Corriente del Golfo- ese río de agua templada que cruza el Atlántico de oeste a este- y cabo Finisterre apareció por la proa a la hora más o menos prevista como indicaban “nuestras estrellas”, trayéndonos con sus destellos el aroma de la campiña gallega y la alegría de nuestra España. Una avería en la máquina había obrado el milagro cambiándonos el destino de Inglaterra por el de Bilbao.

 Por la radio supimos que uno de los mejores barcos de pasajeros de la compañía, reparaba en sus astilleros. Esta noticia no me dejaba dormir por las noches.
Pablo

sábado, 20 de octubre de 2012

FILADELFIA Y EL PRINCIPIO DE ARQUÍMEDES (II)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero





Carta nº - 7 -
(Continuación de la 6)

El fin exclusivo de nuestra escala en Filadelfia, había sido con objeto de preparar las bodegas para el transporte de trigo y maíz que debíamos cargar en Baltimore y Norfolk. Terminadas las arcadas (compartimentación de las bodegas para evitar el corrimiento del grano en un temporal) navegamos en demanda del puerto de Baltimore, una de las ciudades más populosas de los Estados Unidos.
 Baltimore está materialmente sembrada de bellísimos parques-su número se aproxima a la treintena- algunos tan hermosos como nuestro Retiro. En todos ellos no falta la pincelada azul del lago cristalino o el arroyuelo murmurador, tan frecuentados como en España por esas “aves” que conocemos con el nombre de tórtolos.

 Estos parques, junto con el que las calles tengan nombres de personajes ilustres en vez de números y que la mayoría carezcan de la monótona simetría propia de las ciudades americanas, dan a esta gran urbe un marcado sabor europeo. De norte a sur y de este a oeste, la cruzan catorce importantes arterias descollando la avenida Harford con más de dieciséis kilómetros de longitud y la autopista subterránea y subacuática que cruza el río Patapsco con un recorrido muy superior a los trece kilómetros. Su puerto, en el que cabrían diez como el de Barcelona, es uno de los de mayor tráfico marítimo del mundo.
 Mi madre me había recomendado mucho que visitase, -caso de que hiciera escala en Baltimore-, a una vieja amiga que conociera en Burdeos durante la Primera Guerra Mundial y con la que después de cuarenta años, seguía carteándose. Yo sentía verdadera curiosidad por conocer a la enfermera americana Mary Marshall, que año tras año nos felicitaba las Pascuas desde el otro lado del Atlántico. Con mi mejor amigo y camarada de a bordo, nada más poner los pies en tierra me lancé a la caza y captura del 3.312 de la Franklin Street.

 A poco de salir de los muelles nos encontramos con el triste cuadro que ofrecía una señora en estado de buena esperanza, cambiando en plena calle, una rueda de su automóvil. Haciendo gala de una caballerosidad congénita con nuestro espíritu español, decidimos echarle una mano a la embarazada dama, causando con ello la estupefacción de los americanos que presenciaban el desinteresado ofrecimiento de dos “quijotes” españoles, de Cáceres el uno y de Jerez de la Frontera el otro. Por cierto que durante el cambio de rueda, con tanto levantarme y agacharme, extravié la cachimba preferida de mi amigo. Tenía por costumbre ofrecer a una chica la primera “calada” imponiéndole su nombre y si había sido cariñosa con él, también el apellido. Aquella pipa se llamaba Emma Abruzzo von Zuibliden. Nunca me lo perdonó.
 Luego de no se cuantas horas, en el transcurso de las cuales utilizamos nuestros maltrechos pies y los más diversos medios de locomoción, llegamos al 3.312 de la calle Franklin. Por equivocación, pulsamos el timbre de una puerta que no correspondía al apartamento de la persona buscada y cual no sería nuestra sorpresa, cuando la chica que acudió a nuestra llamada- a la que no perdonaré nunca mis esfuerzos lingüísticos por expresar en la lengua de Sakespeare el motivo de nuestra visita- me respondiera en el más castizo castellano:

 “La señora Marshall vive en el apartamento de al lado, pero actualmente se encuentra en San Francisco con su hijo”.
La que así hablaba, era una guapísima vallisoletana establecida en Norteamérica hacía tres años y que compartía su piso con una estudiante de medicina de nacionalidad colombiana.

A partir de aquél instante, la señora Marshall , me importó tres pitos, y que me perdone mi progenitora.
 En tan grata compañía se nos fue la tarde y buena parte de la noche, hablando de España, escuchando su música, bailando ritmos colombianos e incluso mascando buen chicle americano entre sorbo y sorbo de buen ron caribeño. Esto de mascar chicle en América es tan típico como nuestro gazpacho o el “five o´clock tea” de los ingleses, aunque quizás más romántico, pues de ello han hecho canciones enternecedoras. Yo conozco una que dice: “Una joven se miraba en las azules aguas de un lago, cuando acertó a pasar por allí un apuesto muchacho, le ofreció chicle y a los cinco minutos “he was chewing her gum” (él mascaba el chicle de ella).

 Durante mis cuatro años de viajar de un lado para otro, he conocido españolas en todas las latitudes, pero a la única que reconozco como tal, es a mi amiga de Valladolid, ¿por qué?, yo les digo porque.
 Cuando la española deja el suelo patrio con el fin de residir en otra nación, su manera de pensar y sus costumbres sufren un cambio radical. Huye del “macho ibérico” como si lo hiciera de su propia conciencia, desarrollándosele una asombrosa cara dura. La libertad en grandes dosis se le indigesta y la pierde en un noventa por ciento de los casos (palabras de un sacerdote católico de Londres).

 Siempre que en alguna sala de fiestas fuera de España he intentado abordar a una compatriota he sido “calabaceado” de la forma más ignominiosa y solo cuando he empleado el “voulez vous dancer avec moi” o el “Will you dance with me” he obtenido resultados positivos. Bueno, positivos hasta que volvía a abrir la boca. Acto seguido era hombre sin pareja.
“Los españoles lo contáis todo” . Es la explicación que dan.

 Pienso que llevan toda la razón.
Pablo

(continuará)

sábado, 13 de octubre de 2012

FILADELFIA Y EL PRINCIPIO DE ARQUÍMEDES (I)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero


 Carta nº – 6 -

Diariamente, el puntito negro que indicaba nuestra situación en el pilot chart del Atlántico Norte iba acercándose a las costas americanas. Las diecinueve marcas indicaban nuestra posición en cada uno de los días de viaje y unidas todas ellas se podía ver el camino sinuoso descrito por nuestra quilla a lo largo de los cerca de seis mil kilómetros que nos separaban de las  costas de la Península.
 Se me hacía difícil creer que al siguiente día, el cielo plomizo que nos acompañó durante todo el viaje, no se confundiría en el horizonte con la mar, sino con las primeras tierras del Nuevo Mundo; pero no cabía duda alguna, el puntito negro no engañaba y éste estaba allí, a escasos milímetros de nuestro destino.

 Aquél 28 de Octubre de 1958 por la mañana, como lo hiciera seiscientos años atrás Rodrigo de Triana desde la cofa de la “Santa María”, grité ¡tierraaaa¡ desde el puente del" Monte Nuria" con la diferencia de que Rodrigo de Triana vio realmente tierra y lo mío fue un cumulus nimbus emergiendo tras la línea en que la mar se confunde con el cielo.
 Al mediodía finalmente vimos la silueta grisácea de la costa, dibujándose en el horizonte como una esperanza alentadora.

 De la bahía de Delaware fluían de forma continua poderosos y enormes navíos, al lado de los cuales, nuestro valiente barco llamaba la atención por su vejez, su estado cochambroso, su casco rezumando óxido por cada poro y uno de los botes salvavidas, con trincas de fortuna para evitar que se nos cayera al mar. Desde un espectacular trasatlántico fondeado en las cercanías del puerto de Wilmington, algunos pasajeros agitaban sus pañuelos, no sé si en señal de bienvenida o en señal de admiración por lo que nuestro lamentable aspecto denotaba.
 El práctico norteamericano bajo cuyas indicaciones íbamos a navegar río arriba, en un alarde de ingenio y humor sajón, le espetó al Capitán al pisar el puente de mando:

 “O.K Capitán, ha llegado usted hasta aquí, pero ¿piensa usted regresar a Europa en esto? ”
 El “viejo” le contestó en inglés con acento vasco de Bermeo:

 “Me siento orgulloso de mandar uno de los tres vapores más antiguos que hoy en día cruzan el Atlántico. navegar en los que ustedes tienen es fácil, lo difícil es hacerlo en estos”
 A lo lejos y surgiendo de entre la bruma, como figuras fantasmagóricas escapadas de un Greco, los colosales rascacielos de Filadelfia desafiaban a todas las leyes físicas, mientras nuestro renqueante barco, lo hacía al Principio de Arquímedes, pasando-como si de un arco triunfal se tratara- bajo el puente colgante Walt Whitman sobre el río Delaware.

 Por cierto que este puente, de impresionante obra de ingeniería, con ocho pistas, doble vía férrea y doble camino de peatones, se me ocurrió cruzarlo andando en compañía de otro oficial y fuimos durante todo el trayecto, blanco de las sorprendidas miradas de los norteamericanos, que dicho sea de paso, solo utilizan los pies para ponerlos sobre las mesas.
 Inmediatamente después de atracar el barco, fuimos abordados por el F.B.I, que nos fotografió y tomó huellas de cada uno de los tripulantes. La Aduana con sus complejos sistemas de detección de drogas y narcóticos nos dejaban con la boca abierta. Por último la inmigración, esa maravillosa organización que en veinticuatro horas pone de patitas en el país de origen a los que cegados por el asombroso nivel de vida de los americanos, desertan de sus barcos con el propósito de establecerse en el país.

 Usted lector, si algún día visita esta nación, le recomiendo lleve buena ración de pañuelos, porque como yo, derramará amargas lágrimas al contemplar el macabro cuadro que ofrecen los cementerios de automóviles, sí, sí, de automóviles. En ellos verá miles de modelos recién salidos de las fábricas, cuyas vidas se han visto truncadas por la impericia o imprudencia de sus conductores, y se le desgarrará el corazón al presenciar como sus brillantes portezuelas son atravesadas por las uñas de las grúas.
 Pero si todo esto es triste, más lo es aún saber que, con el dinero que lleva en la cartera para los gastos o compras del día, podría pasar a ser propietario de un “Cadillac” del 56, cuyas abolladuras un buen chapista en España las dejaría irreconocibles. Desde cuatro mil pesetas y sin más trámite que el papel moneda y una firma, usted tendría entre sus manos el volante de un “haiga” de segunda mano en buen estado y arranque garantizado a la primera.

 Si visita algunos grandes almacenes en Market Street y sus medios económicos se lo permitieran, tendría ocasión de adquirir en ellos desde una casa prefabricada hasta una avioneta, pasando por las cosas útiles de uso más común… para ellos por supuesto.
 Si hiciera alguna compra- lo digo por experiencia- y no quisiera ser confundido con un vulgar ratero, no se le ocurra abrir dentro de los almacenes ninguno de sus paquetes, pues aunque le parezca mentira, más de veinte cámaras de televisión filman sus movimientos, que son observados en otras tantas pantallas por inspectores, que inmediatamente ordenarán a un vigilante su detención hasta que pueda demostrar que cuanto contienen los envoltorios ha sido pagado.

 Cuando vaya a un cine tenga buen cuidado de enterarse del precio de la butaca, ya que a este cacereño le costó ciento veinte pesetas darse el gustazo de ver a Antonio Nieto, a nuestra Benemérita y a los gitanos de Sacromonte, “hablar” un inglés envidiable entre trabucazo y trabucazo.
Entrar en un bar si no tienes cumplidos los veinte años, te puede llevar a hacer el ridículo más espantoso ante la parroquia al pedir una cerveza y que te obliguen a que acredites tu edad.

 Procure comer en un restaurante, italiano, francés o español, de otro modo se acordará toda su vida.
 Por ninguna razón se aventure a hacer “auto-stop”, a menos que se encuentre situado a unos dos metros del borde de la carretera, yo lo hice a menos distancia y aún me pregunto cómo estoy vivo. Por último le recomiendo que estudie usted, no inglés, sino “americano” y buena mímica italiana, entre otras cosas porque no hacen el mínimo esfuerzo por hacerse comprender. Por ultimo si va a un "dancing" buscando con el pretexto del baile una amistad femenina, no lo haga, porque no existiría tal pretexto, desde el momento en que eso de los dos pasitos a la izquierda y el pasito a la derecha, desgraciadamente en 1958 aún lo desconocen por completo.

 Pablo

(continuará)
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domingo, 7 de octubre de 2012

DE MI DIARIO DE NAVEGACIÓN

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero



Carta nº - 5 -

“Singladura Nº. 12
Damos comienzo a la presente singladura navegando al rumbo de aguja 265º, viento frescachón de 60 k/h del 4º cuadrante y mar muy gruesa del mismo. Al ser mediodía verdadero observamos meridiana de sol, siendo situación latitud 46º-15´N y longitud 42º-31´W . Barómetro bajando.
A HRB 20 horas continúa aumentando la fuerza e intensidad del viento y la mar. Velocidad del buque 5 nudos. Barómetro bajando. Grandes bandazos..
Singladura Nº. 13
Navegando al 263º de la aguja con vientos de noroeste fuerza 8 rolando al norte. Velocidad del viento 75 km./h y temporal declarado con mar arbolada y olas de 7 m. Barómetro bajando.
Sufrimos duros golpes de mar por el costado de estribor embarcando grandes masas de agua. Bandazos de hasta 35º grados.
Finalizamos la singladura al rumbo 180º corriendo en popa el temporal. Rachas de viento huracanado de hasta 100 km./h y olas de mar montañosa de hasta 9 m. embarcando duros golpes de mar sobre la toldilla de popa. Se abaten los pescantes de los botes salvavidas como medida de seguridad”
Pocas cosas hay tan hermosas y de tanta fuerza emotiva en la naturaleza como la mar embravecida...pero vista desde tierra firme. Tengo grabados en mi mente en manera imborrable mi primer temporal en aquellos días finales de mi primer viaje a América. Nunca podré olvidar todos y cada uno de los acontecimientos acaecidos y la honda impresión que me causaron las fuerzas, para mí absolutamente desconocidas, de la mar y el viento. En mi época de estudiante en La Coruña, presencié como las borrascas vapuleaban la costa con mares tremendas, pero aquél viento aullando entre la jarcia del barco en la negritud de la noche y que con su fuerza deformaba nuestras caras cuando nos asomábamos al alerón del puente, aquél viento levantando montañas de agua con las crestas empenachadas y espumeantes, no lo olvidaré jamás.
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El barco estaba a merced del temporal sacando a veces la hélice fuera del agua al paso de la ola y obligándole a meter la proa bajo ella un tiempo interminable dada la lentitud con la que recuperaba su estabilidad longitudinal. Los golpes de mar hacían crujir cada remache de sus planchas de acero y las maderas emitían auténticos quejidos de bestia herida a punto de rendirse a la fuerza descomunal que batía cada centímetro cuadrado del casco. Parecía como si fuera cosa de poco tiempo el que saltara algún remache que anunciara el principio del fin. Nadie se sostenía en pie sin aferrarse con ambas manos a lo que podía. Los bandazos y cabezadas hacían que nuestros cuerpos tomaran una inercia difícil de contrarrestar.
A veces al retirarse la ola que nos pasaba bajo el casco, el barco levantaba la proa quedándose ésta sin agua debajo, cayendo a gran velocidad sobre la superficie del agua y produciendo con su quilla plana un impacto estremecedor que hacía que el buque sufriera flexiones de hasta dos metros en sus extremidades, como si de una vara de mimbre se tratara. A esto lo llamamos pantocazo que casi lo dice todo. Saltan los lavabos de sus anclajes, se rompen los cristales, caen las bombillas, las lámparas se desprenden y hace que las plantas de los pies lleguen a separarse del suelo varios centímetros sufriendo un plantillazo que se transmite por todo tu esqueleto si no te pones de puntillas antes del impacto. Cualquiera que haya cazado ranas con una tabla se podrá hacer una idea de lo que sería si la tabla pesara once mil toneladas y cayera desde 4 ó 5 metros de altura golpeando la superficie plana del agua.
En la siguiente singladura nos encontrábamos en el centro de la depresión y un durísimo temporal del noroeste azotaba aquella zona del Atlántico Norte. El día anterior, si bien es verdad que me sentía atemorizado cuando el Capitán dijo: “solo nos queda correr el temporal”, también no es menos cierto el que aquella inmensa humanidad de blancos cabellos y bruto hasta decir basta, inspiraba cierta confianza. Pero cuando dijo aquello de abatir los pescantes de los botes salvavidas por seguridad, sentí por vez primera ganas de salir corriendo. Por mi mente pasaron en un momento todos y cada uno de los miembros de mi familia. ¡Cuán ajenos estaban ellos del trance que estaba viviendo ¡ Los veía sentados alrededor de la acogedora camilla, quién sabe si hablando de mí e incluso envidiándome por mi visita al país de las maravillas. ¡Qué no hubiera dado yo en aquellos instantes por ocupar mi lugar junto al brasero de buen picón malpartideño, rodeado de todos los míos y no a dos mil millas de la costa más cercana, en medio de un océano inhóspito que nos obligaba casi a andar a gatas, debido a las tremendas escoras que alcanzaba en sus bandazos nuestro maltrecho y vapuleado barco.
El día 15 por la noche el barómetro comenzó a subir y el tiempo fue amainando. En muchas ocasiones habréis visto como los marinos tenemos por costumbre golpear ligeramente con el dedo índice el cristal del barómetro. La reacción del dispositivo sensible del instrumento ante el golpe seco, hace que la aguja se desplace hacia arriba o hacia abajo según la tendencia de la presión atmosférica. Durante un temporal el oficial de guardia, está muy atento a ese saltito de la aguja pues nos puede indicar el inicio de la mejoría del tiempo si sube o un mayor empeoramiento si baja. Es difícil explicar lo que puede significar ese mínimo aumento de la presión atmosférica en el ánimo del oficial de guardia.
Después de sufrir una buena paliza, y de los malos ratos vividos, el barco quedó maltrecho, con daños y averías que hacían de él una chatarra flotante.
Como un cachalote herido, resoplando por su chimenea el humo de un volcán, y con una escora permanente de 3 grados, fuimos alterando el rumbo durante las siguientes veinticuatro horas cuando la mar nos lo permitía, hasta alcanzar por fin nuestra derrota.
En la radio podíamos escuchar en la lejanía a Doménico Modugno cantar “Volare”, canción que de forma persistente sonaba en todas las emisoras y que nos iba indicando fielmente nuestro acercamiento al continente americano.

Pablo
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lunes, 1 de octubre de 2012

MI NUEVO BARCO (II)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero

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Carta nº - 4 -
(Continuación de la 3)

Mis primeros días de mar me produjeron mi primera gran satisfacción personal, al poder poner en práctica cuanto había aprendido durante mis cuatro años de Escuela de Náutica. Observar con el sextante el paso del sol por el meridiano para calcular nuestra latitud o buscar al atardecer las estrellas para obtener nuestra situación en mitad del Atlántico Norte, mediante cálculos trigonométricos largos y tediosos pero emocionantes. Los resultados a veces dispares con los del oficial superior, te proporcionaban la falsa esperanza de que alguna vez se tuvieran en cuenta al marcar sobre la carta el punto. La situación así obtenida nos permitía además de corregir nuestro rumbo, poner los relojes de abordo en hora solar o tiempo verdadero, saber con exactitud nuestra velocidad media en veinticuatro horas y calcular día arriba día abajo la fecha de llegada al primer puerto americano. ¡El sextante proponía y la mar disponía¡
De todos los instrumentos empleados en navegación son el sextante, el cronómetro del barco y el compás magnético o brújula los verdaderos tesoros de cualquier marino. A bordo los tratamos como a “Stradivarius” y como tales los mimamos.
Un mínimo error, unas décimas de segundo de arco o de tiempo en estos instrumentos pueden alejarnos de nuestro rumbo considerablemente. Existen otros medios más modernos basados en la radionavegación por enrejado hiperbólico, experimentado por vez primera durante el desembarco de Normandía, como son el Decca o el Loran, pero a pesar de todo continuamos aferrados a nuestro sextante y a nuestras maravillosas estrellas que son capaces de convertir su punto luminoso perdido en el espacio, en algo tan sencillo pero a la vez tan difícil como es saber en que lugar del inmenso océano se encuentra tu barco.
Los días fueron transcurriendo de forma tranquila sin más novedad que el empeoramiento progresivo del tiempo o la visita de los delfines cuyos prodigiosos saltos y piruetas me llenaban de asombro y hacían más llevadera la guardia diurna. Era un espectáculo ver como surgían del fondo del mar, a veces en manadas, elevándose a varios metros de la superficie del agua para caer con gran estrépito sobre sus costados. Los más atrevidos, pasaban por debajo del casco a una velocidad de vértigo o se rascaban el lomo, rozando en sus pasadas la proa. Nos acompañan durante horas e incluso días enteros, sin hacer el menor caso a la carnada que en un anzuelo remolcábamos a unos cien metros de nuestra popa con el propósito de pescar alguna dorada o algún atún. El aparejo de pesca era de lo más sencillo e ingenioso. Consistía en un cordel de unos cien metros de longitud, separado del barco por una percha o pértiga y que llevaba un anzuelo con una brocha de fibra blanca camuflándolo. El sistema terminaba en una pesada pieza de hierro con una falsa amarra, que al romperse por el tirón de la picada, era arrastrada por la cubierta del barco, con grande estrépito. Yo pensaba que todo aquel lío no serviría para engañar a ningún morador de los mares, hasta que un buen día a eso de las seis de la mañana, encontrándome en el mejor de los sueños, un marinero aporreó la puerta de mi camarote, invitándome a presenciar un gran espectáculo, cuando por la popa, los penachos de algunas nubes empezaban a teñirse del color rosáceo del alba.
Oí el telégrafo de ordenes a la máquina y noté como disminuía la velocidad mientras el barco lo acusaba dejando pasar bajo su quilla olas que empezaban a producirme cierto vértigo por su grandiosidad y cercanía, para quien estaba en la cubierta principal en la brega con aquél pez, de sorprendentes dimensiones totalmente desconocido para mi y que llevaba una tremenda protuberancia en su boca.
La batalla por cobrar aquello que salía del agua dando tremendos saltos y destellos plateados, me sobrecogió. En cierto momento pensé qué hacía yo, cacereño del secano más yermo, en medio del Atlántico halando, entre vascos y gallegos, un cabo que traía prendido un pez con una especie de estoque descomunal en su nariz. Mis ojos de marino del interior no daban crédito al ver como su cola producía el efecto de una coz de mula y sus gruñidos parecían los de una cochina ante el matarife. Por unos momentos mi imaginación voló a Cáceres recordando mis días de pesca en el Tajo, el Salor o el Guadiloba, cuando tenía esa edad en que se cambia una buena siesta por una insolación. ¡Qué lejos quedaba todo aquello¡

Pablo
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jueves, 27 de septiembre de 2012

MI NUEVO BARCO (I)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
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Carta nº - 3 -

 Mi nuevo barco, el Monte Nuria veterano de los cinco océanos, había sido en sus años mozos, buque escuela de la Marina Mercante. Su viejo casco de remachadas planchas, rezumaba historia a través de su medio siglo de peregrina vida. No solo había aguantado las fuerzas desatadas de la Naturaleza durante las oscilaciones del barómetro, también el furor y los errores de los hombres. En su haber tenía dos embarrancadas, una colisión con otro barco y el impacto de un torpedo alemán que no llegó a explotar gracias-según antiguos tripulantes- a la Virgen de Begoñakoa que adornaba, junto a unos angelitos el espejo de su despintada popa.
 Era un barco que flotaba por misericordia del Principio de Arquímedes y que disponía de cuatro bodegas con capacidad para siete mil toneladas de grano, y su máquina de vapor era capaz de imprimirle la increíble velocidad de ocho nudos-unos 15 Km. por hora- que le permitían en condiciones atmosféricas muy favorables, cruzar el Atlántico Norte en el bonito “record” de 20 días, es decir diez y seis días más que el “United States” poseedor de la famosa Cinta Azul.
 A pesar de sus inconvenientes, me sentía orgulloso de ser miembro de su tripulación. Más tarde nos demostraría que era un barco marinero y valiente a pesar de su vetustez.
 Cuando llegué a bordo, las operaciones de descarga de los siete millones de kilogramos de blanquísima azúcar cubana estaban tocando a su fin y me preguntaba que se haría con los cientos de kilos esparcidos por sus bodegas y que se consideraban desperdicios o barreduras. Todo se fue al mar, nada se aprovechó.
 Al día siguiente me empezaría a contar mi tiempo de embarque como Alumno de Náutica o Agregado en prácticas. Transcurrirían casi cuatrocientos días de mar y dos años y medio de embarque, antes de desembarcar para retomar de nuevo mis estudios para la obtención del título de Piloto de Segunda Clase de la Marina Mercante Española.

 Como todo aquél que embarca por vez primera, mi mayor y más grave preocupación era si me marearía o no. Sentía espanto al imaginarme hecho un trapo a la vista de mis compañeros, pero por fortuna jamás me sucedió tal cosa, dándome cuenta más tarde de que nadie que se maree a bordo hace el ridículo ante la tripulación, al considerarse el mareo una enfermedad profesional.
 Tras unas emocionantes pitadas de despedida, abandonamos Santander con destino a Lisboa, puerto en el cual nos esperaba un cargamento completo de corcho en fardos para Norteamérica. No podía creer que mi primera travesía atlántica la hiciera con una mercancía tan entrañable para cualquier extremeño.

 ¡Mi barco olía a Extremadura¡ Después supe que buena parte de la carga procedía de San Vicente de Alcántara, ¿cómo no sentir una emoción grande cuando en navegación, y en mitad del océano, la ventilación de las bodegas nos traía hasta el puente el inconfundible aroma de nuestros alcornocales?
Teníamos por la proa seis mil kilómetros de Atlántico en la más dura época del año, sobre todo para un barco con tan mísera fuerza de máquinas.

 Para ir de Europa a América hay dos caminos a elegir: loxodrómico y ortodrómico. El primero es el más largo pues se trata de bajar en latitud hasta alcanzar las Canarias, correr el paralelo, para después arrumbar a las costas americanas viniendo del sur. Esto nos aparta del círculo máximo u ortodrómica que es la distancia más corta entre dos puntos del globo. La principal ventaja radica en las latitudes bajas por las que se navega, que nos proporciona un viaje, en la mayoría de los casos, de sol y buen tiempo. Es el camino elegido por los capitanes de viejos y destartalados candrays, menos por el nuestro, que no le importaba afrontar los peligros del Atlántico Norte en invierno, si con ello nos ahorrábamos un día de viaje.
El camino ortodrómico o directo, nos lleva a latitudes muy altas que implica riesgo de temporales con grandes mares del N.O, persistentes nieblas y lo peor de todo, los icebergs .Estos últimos, a veces auténticas montañas de hielo que esconden bajo su línea de flotación siete veces lo que emergen. Desde Groenlandia navegan a la deriva arrastrados por los vientos y corrientes, llegando algunos de ellos a alcanzar la llamada “autopista del Atlántico” siendo un peligro muy serio especialmente para barcos como el nuestro, sin radar.

 Poco a poco, las turbias aguas del Tajo se iban tornando color turquesa y más tarde azul, azul océano, solamente roto por la blanca espuma que la estela de nuestro decrépito barco iba dejando tras de sí.
 A medida que nos adentrábamos en el Atlántico la niebla hacía acto de presencia convirtiendo las guardias en un verdadero suplicio y las noches en una tortura.

 La bocina del barco lanza al viento su estrepitoso lamento ahogando el sonido de las máquinas, mientras los tripulantes tratamos de no pensar en la colisión del Titanic. Algún barco con radar pasa cerca de nosotros con su bocina silenciada por la confianza que aquel les proporciona. Solo el runruneo de sus máquinas nos avisa de su paso. Seguro que sus oficiales reirán comentando el susto que nos habrán dado. “Spain is different”..., nuestros barcos también lo son.
Por la proa veinte días de horizonte hasta que Cabo Hatteras nos anuncie nuestra llegada a América.

Pablo
(continuará)

domingo, 23 de septiembre de 2012

PRÁCTICAS DE MAR ( II )

Autor:
Pablo Romero M-E.
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PRÁCTICAS DE MAR


Carta nº 2
(Continuación de la 1)

El conserje me acompañó hasta el despacho del Jefe de Personal de Flota. El nerviosismo aumentó al ver que la persona con la cual iba a entrevistarme, era un Capitán con galones hasta el codo, rodeado de teléfonos y de aparatos que ni remotamente sabía cual era su finalidad y que sobre la mesa de reluciente caoba, acrecentaban el pequeño físico de mi interlocutor, convirtiéndolo a mis ojos en un gigante
Con ademán de incorporarse, me tendió la mano y me dijo:
“ Con que es Vd. de Cáceres...”
Aquello me hizo más daño que el peor insulto, me ruboricé, y desde entonces me estudié de cabo a rabo la Conquista de América con el fin de defenderme de esta clase de “ataques” contestando a ellos con hechos, fechas y nombres de extremeños que demostraron a lo largo y ancho de América, ser Hombres-con mayúscula- en tierra firme y en la mar.
Al poco de conocer el nombre del buque en que prestaría servicio, se vinieron abajo todos mis sueños trasatlánticos. Debía trasladarme a Astillero en Santander, donde mi barco estaba efectuando reparaciones.
Al cruzar el “hall” y ver de nuevo aquellas maquetas, primorosamente blancas, de los buques de pasaje, con sus aerodinámicas y relucientes chimeneas, sentí como si parte de mi corazón se quedara junto a ellas. Eché un último vistazo a la dorada lista de nombres que componían la flota, busqué esperanzado el que me había tocado en suerte, pero no cabía duda alguna; no iría a América y posiblemente ni tan siquiera saldría de aguas españolas: mi barco era de cabotaje nacional.
Ya en el tren, camino de Santander, fui recuperando mi ánimo, pensando que muy pronto pisaría por vez primera un puente de mando. Yo, que la primera vez que vi la mar, la confundí con un río de gran caudal, daría ordenes a gente avezada en tan duro oficio y si no Londres, Nueva York o Río de Janeiro, conocería muchos rincones bonitos de nuestras costas.
Así pensaba, hasta tener ante mi aquél montón de chatarra flotante, que llevaba dos años esperando el soplete para ser desguazado y que bautizado como “antesala de la muerte” por quiénes a bordo de “aquello” que no me atrevo a calificar de barco –entre ellos ningún oficial-sufrían castigos disciplinarios impuestos por la compañía o esperaban destino como yo.
Tomé posesión de la nave, como Robinsón Crusoe lo hiciera de su deshabitada isla del Pacífico y de nuevo nació en mí la ilusión marinera, sobre todo al saber que disponía de un bote a motor como dueño y señor del “paquebote”.
Al mes de estar a bordo, me había olvidado de mis frustrados viajes y disfrutaba de aquel veraneo pagado, pues todo mi trabajo consistía en comer, dormir y pasarlo lo mejor posible. Tenía amistades de ambos sexos y mi “yate”, al que bautizaron con el nombre de el “Sucio Pablito”- dado los innumerables recuerdos imborrables, que de él conservaban los alegres estampados de mis pasajeras- se hizo famoso en Astillero y nos sirvió a mis amigos y a mi para llevar a cabo excursiones marineras inolvidables a Somo, Pedreña, La Magdalena o el Sardinero.
Santander, rebosante de luz y color, con sus lindos paisajes, sus fiestas y romerías, junto a la alegría de sus gentes, había obrado en mí un gran cambio y solo cuando regresaba al barco, y desde su ruinoso puente contemplaba el horizonte de la mar, volvía a sentir la llamada de lo desconocido.
Quienes conozcan Piquío y hayan contemplado desde alguno de sus bancos, el reflejo de la luna en las aguas del Sardinero, teniendo entre sus manos las de una mujer, podrá comprender mejor el por qué de mi olvido.
Mi barco se había convertido en una “boite” al aire libre. Adornamos la cubierta con las banderas y gallardetes del Código de Señales, colocamos estratégicamente luces rojas y verdes pertenecientes a las farolas de señalización en navegación y con mi “tocadiscos” RCA de 45 revoluciones, enunciábamos hasta la última declinación del verbo amar, mientras nos mecíamos con la voz dulzona de Nat King Cole.
Una conferencia telefónica puso fin a mi “dolce vita”. La Compañía Naviera me ordenaba transbordar a un buque de navegación de altura atracado en los muelles del puerto de Santander y listo para hacerse a la mar rumbo a América.

Pablo