Pablo Romero Montesino-Espartero

Pablo Romero Montesino-Espartero
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Camarote desde donde fueron escritas algunas de estas cartas-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Con este blog pretendo ir recopilando las cartas escritas por mi hermano Pablo Romero M-E, dirigidas a la familia, durante sus primeros años de navegación tras terminar su carrera de Marino Mercante allá por el final de la década de los años cincuenta, principio de los sesenta-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------.

jueves, 15 de agosto de 2013

LAS MADEIRA, FUNCHAL, EL TRIGO ARGENTINO

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
 
Con mi colega de fatigas Urrutia. Escollera de Funchal 1959
 
Carta 25

La navegación hasta las Madeira ha sido un paseo delicioso cabalgando montado en los alisios. Daría cualquier cosa por encontrarme a bordo de un velero. Este viento me llevaría en volandas navegando a “orejas de burro” con viento y mar en popa. No pierdo la esperanza de poder hacer a vela algún día la travesía del Atlántico con un compañero de la carrera.
 Dimos vista a la costa avanzada la noche, y como el tiempo ha sido favorable nos hemos adelantado al horario de llegada y lo compensamos dando la vuelta completa a la isla para llegar a Funchal al amanecer.

Al doblar Punta Pargo se nos ofreció a la vista un espectáculo maravilloso. La isla es muy montañosa y con acantilados escabrosos. Desde la ciudad, parten un número indeterminado de calles y carreteras montaña arriba, iluminadas por tenues luces amarillentas que serpenteantes se asemejan a gusanos de luz o luciérnagas temblorosas por efecto de la distancia que nos separa de ellas. A medida que la luz del amanecer las va apagando, van apareciendo en las faldas de los montes circundantes, cientos de casitas blancas de rojos tejados que me traen a la memoria la bahía de Río de Janeiro. En la isla no se ve un palmo de terreno llano, todo está en pendiente desde el nivel del mar. Al abrigo de la costa, el alisio se modera convirtiéndose en una brisa primaveral que nos trae al barco el olor característico a tierra húmeda.
 En el puerto no hay más barco que el nuestro y algún pesquero. No hay grúas y los muelles están tapizados de redes de pesca con gentes cosiéndolas. El negro de sus indumentarias no se casa con los colores alegres de los que está impregnada esta isla.

 Hemos iniciado la descarga de las mil toneladas de trigo argentino, llevándose a cabo con un sistema insólito. La bodega está llena de mujeres que van ensacando el grano a razón de cincuenta kilos por saco y que los hombres apilan para formar la “izada” que los llevará al muelle. Esta modalidad de la era de los “clippers” hará que permanezcamos en Funchal al menos cuatro días, cosa que agradecemos.
 Hoy he dedicado la jornada al turismo y he cogido un autobús destartalado que sube al pico más alto de la isla y que fatigosamente cumplió su misión. A medida que ascendíamos, Funchal iba empequeñeciéndose hasta parecer una maqueta hecha con casas de muñecas rodeadas por un mar azul luminoso, con reverberaciones plateadas por efecto del esplendido sol del día.

El traqueteo de las ruedas del autobús al rodar sobre la carretera empedrada, llegaba a ser un tanto molesto, pero ¿cómo se puede uno quejar ante una obra tan asombrosa, que además sirve para deslizarse cuesta abajo en una especie de trineos hechos de mimbre y madera a velocidades de vértigo? Estos trineos suelen llevar a turistas muy valientes, que sentados cómodamente se ponen en manos de un “auriga”, que sin caballos desciende manejando el vehículo con los pies para cambiar su rumbo. Cuando toman las curvas se te ponen los pelos de punta, pero lo cierto es que todo el mundo se baja encantado. Habrá que probar.
 Una vez alcanzado el punto más alto accesible en cuatro ruedas, me puse a caminar y continué ascendiendo por la calzada, que al no estar frecuentada por vehículos iba tornándose verde entre las piedras, hasta que pude contemplar desde mi atalaya, la ciudad y su puerto. La vegetación es asombrosa y gatea monte arriba hasta desaparecer entre nubes blancas que bajan lamiendo las laderas y que cargadas de humedad dejan al pasar una agradable sensación de frescor en el rostro. Los olores que se perciben allá arriba son indescifrables y solo sé decir que al mezclarse el de la profusa variedad de flores con el de la tierra húmeda y las maderas en descomposición de los árboles muertos, distorsionan tu olfato hasta el punto de no poder distinguir a que huele y de que parte proviene el perfume.

 Hay regatos de aguas cristalinas que discurren entre la hierba y las flores y que en su camino hacia el mar van saltando entre las rocas formando pequeñas cascadas. Te paras para contemplar el espectáculo que se te muestra allá abajo y de pronto la nube del pico se deshace en penachos dejando pasar unos rayos de sol que dan a Funchal una mayor blancura si cabe.
 En mi afán por llegar a lo más alto, encontré en el camino una ermita de paredes desconchadas y tejados tapizados de musgo. Traspuse el umbral con cierto temor y quedé sobrecogido por la oscuridad y el silencio que reinaba en ella. Tan solo una mortecina lamparilla de aceite iluminaba la faz de un cristo despintado y ruinoso apoyado sobre el altar.

 Los cuatro bancos destartalados y comidos por la carcoma, el suelo lleno de excrementos de golondrinas y vencejos no invitaban a la oración, sí en cambio al salir al exterior, en donde se podía ver a Dios por todas partes.
 Al llegar abajo de nuevo, encontré en la parada a las dos pasajeras y esta vez sí me saludaron. Noté que se quedaron con las ganas de preguntarme algo, pero yo no hice el menor gesto de acercamiento y continué mi camino hacia el “Monte Urbasa” al que la pequeñez del puerto lo había convertido en un gran trasatlántico de cruceros.

Pablo
 

(continuará)

viernes, 12 de julio de 2013

CON EL AIRE DE AUDREY HEPBURN

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
 

En la toldilla de primera clase, entrando en Bahía de Todos los Santos año 1960

 
Carta nº 24

Hemos regresado de Mar del Plata y nos encontramos de nuevo en Buenos Aires para completar las doce mil toneladas de trigo, para Funchal, Vigo y Amberes.
Esta escala es de puro trámite pues tan solo permaneceremos dos días, lo justo para finalizar el cargamento y embarcar algunos pasajeros de primera clase. Regresan con sus enormes coches americanos de brillantes cromados, y pertenecen a ese uno por mil que después de años de trabajo y sacrificio consiguen volver de nuevo a Galicia. Unos terminarán sus días en la tierra que les vio partir hace años, otros para disfrutar de unas vacaciones y permitirse el lujo de restregar a los “cobardes” que no se atrevieron a emigrar, sus éxitos, sus oros, sus “haigas”... Pocos de ellos saben que en la bodega número uno, en féretro de zinc viajará con nosotros como cadáver uno de los muchos a los que la muerte le sorprendió antes de que le llegara el anhelado triunfo.

 Hacer la guardia mirando al horizonte por la proa durante quince días, sabiendo que está ahí, convierte nuestro trabajo en algo desagradable. Por más que intentas desviar tus ojos hacia las estrellas en tu afán de huir del pensamiento fúnebre, no consigues otra cosa que darle vueltas y más vueltas imaginando como se estará moviendo el cuerpo dentro del ataúd con el balance del barco. Durante el mal tiempo que encontramos en los alisios, bajamos en varias ocasiones a la bodega para comprobar que el féretro no se movía y siempre que lo hicimos nos asaltaba el temor de encontrarnos con el cadáver resbalando de un lado a otro por el suelo de la bodega.
Dejamos atrás las islas Canarias, bailando el “baile de los malditos” debido al mal tiempo, que según los tripulantes gallegos, era motivado por el “fiambre” de la bodega uno. A la naviera no le pareció muy correcto escalar en Funchal con el muerto a cuestas y nos ordenaron proseguir hasta Vigo. Cuando vimos colgando de la grúa el ataúd, intuimos que con él se iría el “mal fario”, volvería el buen tiempo y la brisa de proa invadiría de nuevo nuestros sentidos.

 En Vigo se quedaron también los pocos pasajeros embarcados en Buenos Aires y... ¡oh sorpresa¡ poco antes de partir para las Madeira, hete aquí que nos entregan los pasaportes de dos féminas- recomendadas del Armador -para embarcar con destino a Funchal y Amberes. Una de ellas natural de Bilbao con apellidos vascos y de veintidós años, la otra de treinta y uno, natural de Santander y como descubriríamos más tarde, la “carabina” que el papá le puso a la preciosidad bilbaína para que no corriera peligro alguno entre tanto marino. La niña no tenía desperdicio alguno: cuarto año de Derecho en la Universidad de Deusto, de facciones angelicales, pelo castaño con melena, figura esbelta y delgada, ojos castaños y labios finos pero sugerentes. Tenía el aire de Audrey Hepburn y como no... también tenía novio. La dama de compañía tampoco estaba mal, pero era demasiado caldo para tan poco pollo, así es que había que ingeniárselas para buscarle un caballero maduro y rápidamente, ya que el viaje Vigo-Funchal-Amberes-Bilbao no duraría más de dos semanas.
Después de presenciar como algunas casadas por poderes, se rendían a los hechizos del trópico, ¿por qué habría que darse por vencido ante un novio?

Al poco de nuestra partida de Vigo y al bajar del puente, me crucé con ellas por primera vez en cubierta y sentí la emoción que te produce la perdiz al iniciar el vuelo cuando te sale de los pies en un vedado. No oí ni tan siquiera que respondieran a mi saludo, quizás porque no lo hicieron o porque el viento se lo llevó, al fin y al cabo mi delgadísimo galón dorado, no debió impresionarles demasiado.
Pablo


(continuará)

Foto:
En la toldilla de primera clase, entrando en Bahía de Todos los Santos año 1960

 

 

martes, 28 de mayo de 2013

EL AVESTRUZ, SU COJERA Y EL ENGAÑO

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
 
 
Con el capellán del “Monte Urbasa” en 1960

 Carta nº 23

Se me asignó un “Remington” del 22- la primera vez en mi vida que tenía entre mis manos un rifle- y partimos con las armas asomando por las ventanillas del “Chevrolet” que parecía un erizo con ruedas. Luego de una hora de “navegación” por aquél mar de pasto, llegamos a un río y lo vadeamos en calzoncillos, pues del otro lado había unos claros en dónde nos sería más fácil disparar contra lo que se moviera. Nada más cruzarlo y aún en paños menores hicimos fuego contra una piara de unos siete cochinos que pasó por delante de nuestras narices tan rápido que no nos dio tiempo a hacer puntería siquiera. Fueron los únicos jabalíes que vimos en todo el día.
Animados y con la emoción propia de la caza, nos abrimos en arco y al cabo de una hora de andar, pude ver sobresaliendo del herbazal y a unos dos kilómetros de distancia un grupo de “ñandus”. Se me aceleró el corazón de tal forma que creí fuera a salírseme del pecho. Como un gusano me arrastré camuflándome entre los pajonales hasta situarme a unos cuatrocientos metros de ellas. Un disparo de mi amigo que se encontraba a unos quinientos metros de mí, las asustó alejándose tanto que las perdí de vista. Todos se dieron la vuelta para volver al río y al coche pero yo continué caminando hasta que de nuevo las tuve delante de mí. Arrastrándome como un lince, me acerqué hasta unos cien metros, me encaré el rifle y disparé a la más cercana. La vi caer y levantarse coja y arrastrando las alas por el suelo entre los pajonales. Disparé de nuevo hasta la última bala y sin pensármelo dos veces corrí tras ella abandonando el arma para correr mejor. Corrí y corrí hasta la extenuación, mientras el turco me gritaba algo que no entendía. Al cabo de unos minutos de mi enloquecida carrera, el avestruz dejó de cojear y se alejó a gran velocidad. Más tarde supe que era una hembra con pollos a los que fue colocando mientras a mi me hacia alejarme de ellos fingiéndose herida. ¡Tardé cerca de una hora en encontrar el rifle¡
 Vadeamos de nuevo el río y nada más poner el coche en marcha caímos en un barrizal oculto por el pasto. Nos quedamos clavados, con el barro hasta los ejes y por más que lo intentamos nos fue imposible salir de aquella trampa. Llegamos incluso a calzar las ruedas con todo el esqueleto de una vaca, sin que el invento funcionara.

En aquél océano de hierba seca, la casa aparecía en el horizonte a unos 12 kms. de distancia y era nuestra única esperanza si queríamos llegar al barco al día siguiente, antes de las ocho de la mañana. Sorteamos, y el turco y yo fuimos los “afortunados”a los que nos tocó ir a pedir auxilio.
 Caminamos y caminamos durante cerca de tres horas, siempre en línea recta y nadando a veces por entre el pasto. La estancia parecía un espejismo al que nunca llegaríamos, apareciendo y desapareciendo con las ligeras ondulaciones del horizonte. Llegamos con los pies destrozados y agotados pero animosos de ver la que se estaba montando mientras contábamos nuestra aventura. No sentía el menor deseo de volver al coche hasta que vi los caballos que cuatro de los hijos del guarda-dos chicos y dos chicas- nos prepararon para acompañarles en el rescate.

 Mi amigo el turco, al ver la alzada del suyo, me dijo si no me importaba que fuese a la grupa conmigo, ya que no tenía experiencia hípica alguna.
 Salimos en fila india, hasta que el ritmo y el tranco largo de los gauchos nos fue alejando de ellos. Yo intentaba acercarme galopando el nuestro, pero cada vez que lo intentaba, mi compañero de viaje me gritaba:

“¡Viejito, viejito, no lo galopés que nos vamos a caer y quedaremos mal¡”
Las chicas viendo el apuro que estábamos pasando-casi me tira por la forma en que se agarraba a mi cintura-galopaban sus monturas, con lo cual la nuestra daba arreones haciendo resbalar de la grupa a Gregory. Tanta era mi risa que me dolía el estómago y montaba apoyando mi frente sobre la crin del caballo para mitigar las molestias. En cuanto me veía en esa posición volvía a decirme:

“¡Viejito, viejito, mirá pá lante que vamos a quedar muy bien si no nos caemos¡”
Mientras nosotros luchábamos por mantenernos erguidos, las dos chicas puestas en pie sobre sus monturas oteaban el horizonte y cabalgaban en esa posición para nuestro escarnio y vergüenza. Supongo que pensarían que los conquistadores extremeños debieron ser mejores jinetes que yo...

Más tarde, los del coche nos confesarían que pensaron que nuestro caballo estaba loco por las cosas raras que hacía.
 En un abrir y cerrar de ojos engancharon los animales al “Chevi” con largas correas de cuero y tiraron de él sacándolo de un tirón, ayudados por el motor.

 Regresamos a la casa escoltados por los cuatro hijos del guarda. La menor delante de nosotros y puesta en pie sobre la montura, buscando el mejor camino entre los pastizales y pajonales.
 Cuando llegamos a la estancia muy atardecido, comenzaba a llover. Nos metimos todos en la gran chimenea de la cocina y sentimos un gran alivio al ver terminada felizmente nuestra aventura. Sacamos anchoas, coñac español, sardinas y bonito, -manjares todos ellos muy apreciados en Argentina- mientras nos contaban historias y experiencias sobre la caza del puma en la sierra, las nutrias y los “ñandus” de la pampa o nos explicaban el uso de las boleadoras y el “facón”. La hija mayor en su afán por demostrarnos sus habilidades cinegéticas, salió en solitario a todo galope con intención de matar un “chancho salvaje” al estilo gaucho, con los cascos del caballo. Para nuestro asombro, regresó en noche cerrada con un pequeño jabalí amarrado por las patas a la montura.

No faltó la ceremonia del “mate” y por vez primera chupé por la “bombilla” aspirando aquél líquido amargo un tanto repugnante, pues todos chupábamos por la misma. Sentados alrededor del fuego, nos fuimos pasando la “matera” al tiempo que dos de los hijos se arrancaron con una “cueca” como despedida.
 El regreso a Mar del Plata fue otra odisea debido a la persistente lluvia. Los caminos estaban intransitables y caminábamos patinando como si de nieve se tratara. Llegamos al barco al amanecer, rendidos de la durísima jornada cinegética y de empujar el coche en la oscuridad inquietante de aquellas soledades.

Más adelante y en otros viajes a la Argentina, pude saborear el éxito de días de caza fructífera sentado sobre el capó del mismo coche y recorriendo las interminables siembras cerealistas o cazando al salto, si cazar se puede llamar el ir disparando a derecha e izquierda a cada paso que dabas. La liebre – que por cierto es como un perro de grande-está considerada plaga en ese país por lo que liebre muerta, es liebre abandonada en el campo.
Las perdices, un poco más grandes que nuestra codorniz, pero de parecido plumaje, iban a peón por las calles de los pueblos. En cierta ocasión y para no ser el hazmerreír de la tripulación al llegar con las manos, vacías, llenamos el maletero del “Chevi” de liebres, que depositamos provisionalmente en la bañera de nuestro cuarto de baño y que desgraciadamente terminaron en el agua a causa de su rápida descomposición.

 La Pampa me cautivó hasta tal punto, que me prometí a mí mismo volver para recorrer de norte a sur todo el territorio argentino. Un sueño... tal vez, pero de momento todo juega a mi favor para poder realizarlo algún día.
Pablo

(continuará)

Foto:
Con el capellán del “Monte Urbasa” en 1960

lunes, 6 de mayo de 2013

A LA CAZA DEL "CHANCHO" EN EL "CAZADERO"

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
 
 
Rastra y facón de un gaucho argentino.



 Carta nº 22

El “Monte Urbasa” es un buque mixto de carga y pasaje y en el que, generalmente, cargábamos en viaje de regreso grano en Argentina y café en Brasil.
 Mi primer contacto con la Pampa argentina lo tuve gracias a nuestra escala en Mar del Plata , puerto turístico y cerealista de gran importancia en el que pasamos una semana cargando trigo para Funchal y Amberes.
 Como siempre, nuestro barco era visitado por gente variopinta en cuanto dábamos el último cabo a tierra. Jamás pude imaginar en mis correrías cinegéticas tras los lagartos por los campos y berrocales malpartideños, que algún día iría de caza por la Pampa y menos aún invitado por un turco.
Gregory era uno de esos visitantes que se interesaba por los barcos y cuanto se podía comprar en ellos. La palabra “importado” tenía un significado para él casi erótico. De doble nacionalidad, regentaba en Mar del Plata una tienda de recuerdos trabajados en oro y plata y del que guardo como recuerdo un “facón” y una “matera”, ésta última en mérito a nuestra amistad, obsequio de la casa, lleva adornos de plata y oro y es una obra de artesanía gaucha que nunca creí merecer.
 Pues bien, la cuestión es que a bordo de su Chevrolet de la época de Al Capone, un buen día, con mi amigo y compañero gallego, salímos para la Pampa con afán de aventura y la ilusión de cazar un “chancho”, unas liebres o un ”ñandú”, teniendo como guía a nuestro nuevo amigo Gregory y al ayudante del Juez de Mar del Plata amigo a su vez de los propietarios de la finca.

 El viaje desde el puerto hasta el “cazadero” se hizo casi interminable y siempre por pistas de tierra. Tras un recorrido de unos 200 kilómetros llegamos de amanecida a la estancia cuya superficie de 24.000 hectáreas nunca llegamos a asimilar como algo real.
 Cargados de rifles, escopetas y hasta un revolver, nos presentamos en la casa de la finca y a partir de aquí, enlazo con la carta que desde Mar del Plata escribí a mi familia en Cáceres.

“ La casa está rodeada de dependencias de toda índole y en su conjunto parece como si se tratara de un pequeño pueblo. Nos salió a recibir el hijo mayor del guarda que sería nuestro anfitrión en ausencia del dueño. Se trata de una familia gaucha con catorce hijos, todos ellos trabajan en la estancia cuidando del ganado, miles de cabezas que en libertad permanente, deambulan por todos los confines de la finca.
 De unos treinta años de edad, parecía persona de carácter serio, pero algo tímido por nuestra presencia. Tostado por el sol y el viento, pelo muy negro y facciones enteramente indígenas, bigote bien poblado y de una estatura poco común. Al igual que los demás varones vestía el traje típico gaucho. Sombrero negro de ala ancha, cazadora de cuero con adornos de plata ennegrecida y pañuelo anudado al cuello. Pantalones bombachos, -que me traían recuerdos de mis años en el colegio - plisados e introducidos en sus botas de caña con formas de acordeón, espuelas de plata, una fusta de cuero con adornos del mismo metal y un enorme “facón” a la cintura metido entre la faja y la “rastra”. El mango del cuchillo es una verdadera obra de arte por sus filigranas en oro y plata. De la misma “rastra” llevaba colgada la “boleadora” que les sirve para parar en su carrera los terneros y cazar el ”ñandú” que es una avestruz americana de menor tamaño que la africana. Pensareis que estoy describiendo a un hombre que se va a la fiesta del pueblo. Pues os equivocáis. Como primogénito lucía toda la plata acumulada de sus ascendientes y la lleva de forma habitual y diaria.

 Prosigo. La “rastra” es un cinturón negro de cuero de unos treinta centímetros de ancho, con cadenas de plata que tejen más de doscientas monedas del mismo metal. Pero si todo esto es sorprendente, mucho más lo son los arneses y la montura de su caballo en los que se han cosido de alguna manera al cuero, varios kilogramos de plata trabajada y oscurecida por el paso de los años, fruto de una artesanía típicamente gaucha.
 La hija menor se ha educado en Mar del Plata y es de una belleza exótica al igual que la madre. Vestía muy modestita pero elegante. Pantalón bombacho y botas de caña, gorro de lana, que deja fuera una trenza corta de pelo negro como su cazadora de piel, forrada de lana blanca de cordero y un pañuelo azul anudado al cuello. La plata estaba absolutamente ausente en su indumentaria, a excepción de unos pendientes bastante modestos. De unos dieciocho años, nos encandiló a todos, sobre todo por su habilidad montando a caballo.

Lo primero que te sorprende de la Pampa es la lejanía del horizonte. Es como un mar de hierba y pajonales que no tienen más límite que el propio de la curvatura terrestre. Sus pastos son tan altos, que en algunas zonas, nuestro coche desaparecía entre la hierba y debíamos subirnos al capó, para tener la posibilidad de marcarnos un rumbo en nuestro peregrinar. Lisa como la palma de la mano, estaba surcada por ríos de aguas mansas y cristalinas.
 Os parecerá extraño cazar jabalíes en un lugar tan llano pero no es fácil verlos si no se va a caballo, a no ser cuando cruzan un río o atraviesan un claro en el pastizal.

Pablo
 
(continuará)

 Foto:
Rastra y facón de un gaucho argentino.

viernes, 19 de abril de 2013

LA VESPA, SU SIDECAR Y MI VIDA

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
 
 
Atracados en los muelles de Río de Janeiro. Año 1959 a bordo del "Monte Urbasa".


 Carta nº 21

Las salidas nocturnas de Buenos Aires nos traían de cabeza a la hora de iniciar nuestro trabajo a las ocho de la mañana. El Primer Oficial entraba en nuestro camarote pegando tres fuertes golpes en la puerta, soltándonos siempre la misma cantinela:
“¡Noches alegres, mañanas tristes¡”
Pero nuestro trabajo, no estaba reñido con el negocio, si bien era cierto que había que ingeniárselas para atender la “tienda” mientras hacías frente a tus responsabilidades durante la descarga. En ocasiones, la “tienda” la llevabas encima, como sucedía con las radios japonesas. Me solía pasear por cubierta oyéndola “visiblemente”, hasta que algún estibador me pedía que se la vendiera, cosa a la que siempre respondía que era de mi uso personal y no tenía otra. Esto hacía elevar el precio y una vez cerrada la operación, volvía al camarote a por la siguiente, procurando esquivar al cliente anterior.
 Entre la gente asidua que nos visitaba cada vez que se escalaba Buenos Aires, figuraba como invitada de excepción, una ex-pasajera del “Monte Urbasa” azafata de Aerolíneas Argentinas. Solía comer a bordo invitada por el Capitán y después compartía con nosotros sus vivencias tomando café en nuestro saloncito de estar. Venía siempre “cabalgando” sobre una Vespa con sidecar y nunca tenía inconveniente, en que cualquier oficial la utilizara para darse un paseo por los muelles. Mi experiencia con las motos, era en aquél año más bien escasa, pero al llevar sidecar me indujo a pensar que sería mucho más fácil. El caso es que, con el barco de salida y de uniforme blanco impecable, se me ocurrió darme un paseo corto. Todo fue bien hasta mi regreso triunfal. Entré muy confiado a cierta velocidad en la zona de vías que a lo largo del muelle, sirven de camino de hierro a las grúas. La Vespa dio varios saltos, sin que pudiera frenarla antes de chocar contra el casco del barco que estaba separado del muelle unos dos metros. Por ese hueco, precisamente por ese hueco, nos fuimos para abajo, la vespa, el sidecar y yo.

 Bajé, bajé y bajé con mi pierna trabada entre el casco y la moto. Fueron los segundos más largos de mi vida, pues por más que hacía no conseguía liberarme; hasta que llegué a la curva del pantoque –a unos ocho metros de profundidad-en que pude soltarme de ella. Cuando salí a la superficie flotaba en un charco de residuos y de gasoil y me encontré en un callejón en el que las defensas del barco me salvaron de morir aplastado. Me lanzaron un cabo y subí como un gato los cuatro metros de muelle.
La moto permanecería varios días bajo el agua y en el transcurso de los meses posteriores al accidente, la fui pagando en “cómodos” plazos, hasta que fue recuperada gracias a la intervención de la hija de un alto funcionario de Aduanas. La conocí en mi segundo viaje a Buenos Aires en la Casa de Galicia y creo que merece un inciso, ya que por ella estuve a punto de tener doble nacionalidad.

 Fue en Julio de 1959 y en pleno invierno austral. La Casa de Galicia es por así decirlo, el lugar más “chic” de Buenos Aires. Es un gran club social sumamente restringido, al que acuden todos los españoles adinerados que han triunfado en Argentina. El acceso a sus fiestas y bailes está sometido al filtro de la rigurosa invitación. El Capitán de nuestro barco recibía de manera casi institucionalizada, tres invitaciones cada vez que el “Monte Urbasa” atracaba en el puerto de Buenos Aires. Generalmente, los oficiales, vascos en su mayoría, preferían otro tipo de diversiones, por lo que no se hacía necesario mucho esfuerzo para que los Alumnos de Náutica pudiéramos hacernos con ellas.
En Argentina, el ser español es un salvoconducto, si además eres marino, las puertas se te abren de par en par y si por añadidura vistes de uniforme, entonces el éxito en la toma de la “plaza” está garantizado. Mi compañero gallego y yo, no olvidaremos jamás nuestra primera entrada en el salón de baile de la Casa de Galicia. Al poco de tomar asiento en nuestra mesa, quedamos sorprendidos cuando una señora acompañada de su hija se nos acercó y nos dijo:

“Desearía poder presentar a mi hija a dos marinos españoles.”
Ya han pasado unos años de este momento vivido tan lejos y tan cerca de España y aun siento gran emoción al recordarlo.

 La Argentina siempre nos trató bien y creo que nunca podremos pagarle la deuda que contrajimos con ella en nuestra posguerra. En aquellos tiempos tristes y a la edad de seis o siete años uno no sabía ni le importaba, la procedencia del trigo con el que convertido en blanca harina, se elaboraba el pan que nos quitaba el hambre a diario. Ahora, además, nos reciben con los brazos abiertos ofreciéndonos trabajo y futuro... ¿se puede pedir más para nuestro reconocimiento sincero?
 Aquella chica que su madre nos presentó, nunca llegó a ser en mi vida más que la amiga de la que sí lo sería y por varios años. La conocí gracias a ella y en un principio, su fuerte acento argentino hacía que mi atención por sus maneras educadas, su belleza y cultura, se desviara involuntariamente. Me era difícil concentrarme en las cosas que me decía, pero era tan atractiva y dulce que poco a poco su acento me fue pareciendo un toque musical a su personalidad. Fue mi guía turística por el Gran Buenos Aires, mostrándome todo lo típico y tópico, lo grandioso y lo criollo de su ciudad y alrededores, Olivos, El Tigre, Palermo...Conciertos en el Teatro Colón, tango, milonga y cueca hasta la extenuación. Sabedora de mi afición por el tenis, me llevó a su club donde la tierra batida trajo a mi memoria tantos recuerdos de Cáceres, Cádiz, La Coruña...Con ella se me ofrecieron de golpe un sin fin de posibilidades, entre ellas la de navegar a vela por el Plata en un barco clásico que su padre tenía amarrado en el Náutico de Buenos Aires y al que también alguna vez le pedía su coche para hacer excursiones inolvidables al Tigre o a Mar del Plata.

 Fue una relación seria, pero que estaba condenada a no durar más que el tiempo que me quedaba para tener que retomar mis estudios de Piloto. En Septiembre de 1960, un año después de haberla conocido, nos prometimos amor eterno en los muelles de Buenos Aires, mientras nos despedíamos en mi último viaje. Nunca perdió la esperanza de que aceptara la oferta de su padre, para que navegara-una vez obtenido mi título de Piloto- en modernos barcos argentinos y en condiciones económicas que no podíamos ni soñar en España. Hecha un mar de lágrimas y pensando como yo, que quizás era la última vez que nos veíamos, se quedó sola en el muelle del puerto de mi querido Buenos Aires, cuando nuestro barco lentamente ponía proa a Europa.
 Pero el hombre propone y el amor dispone. Pasado un tiempo, pensó equivocadamente, que si cruzaba el Atlántico me llevaría consigo a la Argentina... y lo cruzó. Pero siendo esa una historia ajena a mi vida en la mar, no va a tener cabida en estos relatos.

Pablo


(continuará) 

Foto:
Atracados en los muelles de Río de Janeiro. Año 1959 a bordo del "Monte Urbasa".

miércoles, 3 de abril de 2013

A LA CONQUISTA DE LA "CITY"

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
 
 
Nochebuena de 1959 en el Club Náutico de Buenos Aires, con la que
años después cruzaría el Atlántico, para intentar hacerme argentino.
 
Carta nº 20 
 

Cumplidos nuestros deberes y obligaciones y formando una especie de binomio perfecto con mi compañero gallego, nos lanzamos a la conquista de la “city”. Los negocios marchan bien, por lo que disponemos de abundante plata para corrernos más de una “farra” con taxi a la puerta.
Solemos, como principio de fiesta, cenar en un buen restaurante un churrasco de esos que solo en Buenos Aires se pueden “catar”. Las calles huelen a carbón vegetal y carne asada que preparan a la vista, impregnándolo todo con su olor característico. Es asombroso el despilfarro que hacen de ella. En España comeríamos tres adultos con una porción de estas. La mitad del plato se va a la basura a pesar de su exquisitez. Pero lo más asombroso es saber que la carne de la res sacrificada o se consume o se deshecha, tal es su abundancia y bajo precio, que no les interesa congelarla para un posterior consumo. Por todas partes se nota el bienestar social. Cines, teatros, restaurantes, tiendas, librerías- sorprendentemente abiertas hasta altas horas de la madrugada – con gente dispuesta a gastarse hasta el último peso. Para nosotros, los españoles, los precios son muy asequibles y en según que cosas muy baratos. Todo lo relacionado con la alimentación, la piel, los tejidos de lana, los transportes y la diversión están baratos. Una noche con restaurante, baile y taxi nos cuesta unas cien pesetas o dicho de otra forma, un cartón y medio de cigarrillos- precio de compra en Canarias.
Se ven buenos automóviles americanos, algunos de ellos ocupados por hombres que peinan canas y que practican un deporte desconocido en España. Se trata de orillarse a la derecha en una calle principal y seguir a una chica a velocidad peatonal, invitándola insistentemente a montarse en el coche. Algunos se hacen varios kilómetros en las grandes avenidas y consiguen su fin cuando ya el radiador echa humo. Esta formula de conquista, en España, además de “ligarte” una buena multa, causaría risa a todos los transeúntes. Aquí en cambio se ve como lo más natural del mundo, hasta el punto de que a veces hay más de un coche detrás de la misma “pebeta”.
La primera vez que fui a bailar en Buenos Aires, y como caballero español de ley, me acerqué a la mesa de una encantadora bonaerense y con gesto amable y educado, le pedí que bailara conmigo. Me miró sorprendida y me dijo:
“Lo siento “gallego”, me tenés que cabecear”
Regresé con la cabeza baja y un hombre de mediana edad con el que compartíamos la mesa, me soltó:
“Qué gallego...¿ te calabaceó la piba... ? Fiiijáte como hace el gaucho que está apoyado en la columna”
El “gaucho” que estaba apoyado en la columna, medía casi
 dos metros y era un dandy de cabello repeinado, pantalón estrecho y zapatos de dos colores. Desde su situación privilegiada, dominaba toda la sala e iba fijando su mirada unos segundos en las chicas que estaban sin pareja. De vez en cuando paraba su ojeo en una de ellas y sin apartar la vista del “blanco”, le hacía dos o tres inclinaciones de cabeza, casi imperceptibles para un neófito del “cabeceo” como era yo. El resultado era, que de pronto, el “gaucho” se ponía en movimiento al mismo tiempo que la “ piba “que estaba a más de quince metros de distancia, para finalmente encontrarse ambos uno frente al otro en la pista. Se puede decir que la sacó a bailar vía radio.

“Eso es cabecear a una mujer en Argentina”, me soltó mi compañero de mesa.
 En el curso de la noche lo intenté en varias ocasiones, hasta que por fin me salió de una forma, que no pareciera que mi “cabeceo” lo hubiera aprendido en una clase de gimnasia. No podía creer que aquella mujer que desde tan lejos caminaba hacia la pista, viniera a mi encuentro. Pero si esto me sorprendió, no lo fue menos el que ya frente a mí, no me permitiera cogerla para iniciar el baile. Yo la miraba sin preocuparme del entorno y de nuevo, pasados unos segundos, lo intenté por segunda vez cuando ya la pieza iba por la mitad. Entonces me di cuenta de que todas las parejas estaban paradas mirándose o hablando, hasta que, como si alguien diera la salida, todos nos pusimos a bailar. Quizás lo más interesante fuera que la chica te aguantaba hasta la tercera pieza... y vuelta a cabecear. Después supe que eran costumbres arraigadas en zonas más bien de nivel social medio bajo, si bien la “piba” lo era de nivel medio alto.

Pablo
 
(continuará) 

 La foto se salvó por casualidad de la quema en 1971.



domingo, 17 de marzo de 2013

LLEGADA A BUENOS AIRES

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
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Observando el paso del sol por el meridiano, para el cálculo de la latitud.

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Carta nº 19
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Quizás lo más espectacular de la llegada por mar a Buenos Aires sea la navegación por el río de la Plata. Su desembocadura es de tal extensión, que después de navegar horas en demanda del puerto, no se ven las orillas. Da la impresión de encontrarte en un mar de chocolate con leche, que poco a poco va oscureciéndose a medida que nos acercamos a la ciudad del Plata.
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 Las autoridades de inmigración, sentadas tras una mesa alargada en el comedor de primera clase, con sus tampones y sellos, van desgranando la personalidad de cada pasajero. Los pasaportes en pilas de a diez, son escrutados uno por uno delante de los interesados. Sus nombres, lanzados a voz en grito, van abriéndose paso entre los murmullos de las tres grandes colas. Sus rostros reflejan la inquietud que les producen los uniformes azules y el cansancio de la vigilia. Se suceden las preguntas una y otra vez referidas a la salud, no importa si son o no analfabetos, importa lo físico. Se examinan los tórax sobre la marcha. Hay miedo a la tuberculosis, algunos son apartados de la fila y no se les devuelve el pasaporte. Les esperan los rayos X en las dependencias de la sanidad en el puerto. Vuelven los llantos y el miedo. A los que colaboramos nos invade cierta pena, sabedores de lo que han pasado para llegar a la fecunda y rica Argentina.
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 Las dos brasileñas descienden por la escala sin pasar el trámite. Son turistas. La noche anterior a la llegada tuvimos nuestra particular despedida con promesas, direcciones, teléfonos y toda clase de arrumacos, arrullados por los destellos de la Cruz del Sur.
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 Finalmente el barco se queda sordo, pero por poco tiempo. Despedido todo el pasaje a los acordes de un pasodoble, da comienzo a las pocas horas la invasión turística de criollos y españoles afincados en el país, que quieren visitar el barco y comprar cualquier cosa que venga de España y especialmente bacalao, por el cual harán largas colas para hacerse con una hoja. ¡Termina el romanticismo y da comienzo el negocio¡
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 Nuestro camarote se convierte en una verdadera tienda al detall. Sobre nuestras camas y a modo de mostrador, mantillas españolas, medias americanas, crema “Ponds” radios japonesas, tijeras de Vitoria, navajas de Albacete, conservas gallegas... se entremezclan en absoluto desorden. Los conjuntos de perlón hacen perder la cabeza a alguna fémina. Tenemos que abandonar el camarote para que se prueben...otras veces, no. Todo esto tan solo son baratijas que representan una parte de nuestras ventas. El plato fuerte será el tabaco y el whisky, pero para eso hay que esperar a que la policía se lleve su parte, en manera de poder bajar el “principal” y trabajar con tranquilidad. En cierta ocasión dejaron sus pistolas en el camarote y se llevaron todo el tabaco con la promesa de pagarnos al recogerlas. Lo hicieron para que nos confiáramos. Regresaron a por ellas y se largaron sin pagarnos un céntimo. Alguien dijo una vez:
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“El dinero va y viene”. Desde luego no en este caso.
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 Lo primero que descargamos fue la rueda del afilador. Era como un muñeco roto colgado del cable de la grúa. Más tarde comienza la descarga de mercancías, que se interrumpe con la llegada de una camioneta con soldados armados. Se colocan en las inmediaciones de la bodega número dos, de la que sale una caja de madera de regular tamaño. Todo el mundo está expectante por ver que sucede con la caja, cuyo contenido se ha mantenido en el más absoluto secreto desde que se cargó en Bilbao. Finalmente, la caja es rodeada por los soldados y es cargada en la camioneta. Algunos de ellos suben al vehículo que parte seguido de un coche de la policía. A los pocos minutos el Primer Oficial nos comunica que allí van más de quince millones de pesetas en azafrán.
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Pablo
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(continuará)
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Foto:
Observando el paso del sol por el meridiano, para el cálculo de la latitud.