Pablo Romero Montesino-Espartero

Pablo Romero Montesino-Espartero
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Camarote desde donde fueron escritas algunas de estas cartas-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Con este blog pretendo ir recopilando las cartas escritas por mi hermano Pablo Romero M-E, dirigidas a la familia, durante sus primeros años de navegación tras terminar su carrera de Marino Mercante allá por el final de la década de los años cincuenta, principio de los sesenta-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------.

miércoles, 15 de octubre de 2014

HAMBURGO (II)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero



Carta nº 48
Publicación 2ª parte de la nº 47

De tanto en tanto y cada vez que entra un cliente, se corre una cortina, mientras que algún curioso permanece con la nariz pegada a la ventana por si acaso se escapara algo. A partir de ese momento, la chica pone un despertador en marcha que se activa a los treinta minutos exactos. No hay prorroga, y si la concede cuesta el precio de otros treinta minutos y de nuevo el despertador...

Yo particularmente nunca he sentido atracción por este sistema, entre otras cosas porque resulta muy caro, poco seguro y carente del más mínimo atisbo de romanticismo. Por ello elijo una sala de fiestas que se llama “Café Kess”. En un salón de grandes dimensiones, bien decorado y con mobiliario elegante. La orquesta formada por más de una decena de músicos interpreta solo música de baile, generalmente melódica. A parte la luz del escenario donde se encuentra la orquesta, el resto solo queda iluminado por las lámparas de los veladores. Las grandes puertas de acceso llevan unos grandes cortinones de color granate del mismo tono que la tapicería de los sillones y sofás que flanquean las mesitas. El ambiente es muy elegante y acogedor. La pista es de dimensiones extraordinarias y sobre ella pende una lámpara con un globo de cristal que gira emitiendo rayos luminosos por todo su entorno. El encanto particular del “Café Kess” estriba en que no se permite al varón levantarse de la mesa para sacar a bailar a una fémina, siendo ella la que debe hacerlo. Más tarde deberás acompañarla a su sitio al término de la tercera pieza. Hay una gran variedad de gentes, si bien imperan las solteras maduritas, viudas, divorciadas etc., y marinos por doquier de todas las partes y rincones del mundo.

Ayer estuve en compañía del segundo oficial italiano y tuvimos mucho éxito. La cosa tiene su emoción, pues en cuanto comienza la orquesta se produce como una estampida de mujeres abandonando sus asientos en busca de pareja. Cuando veíamos que una se encaminaba hacia nuestra mesa deshojábamos la margarita:

“Viene a por ti”.

“No, que viene a por ti”

Tanto si es buena como si no, no tienes más remedio que bailar con ella. Lo grave es cuando le caes bien y no te deja ni fumarte un cigarrillo... y no vale el hacerse el distraído o salir corriendo hacia el “excusado”. Te esperan de pie ante tu mesa, con lo cual el bochorno es grande a la vuelta de la “escapada”.

El “excusado” es lo jamás visto. Botellas de perfume masculino, máquinas de afeitar, peines, crema y cepillo de zapatos en un ambiente de gran limpieza y lujo, que se paga a la entrada, por supuesto.

Se puede hablar de un cierto protocolo ya que cuando te sacan a bailar inclinan la cabeza como si se tratara de un baile de la corte de Luis XV. Por supuesto que tú debes hacer lo propio al dejarla.

Finalmente fuimos agraciados con dos teutonas rubias y de muy buen ver que al ser amigas, nos facilitaron las cosas. Bailamos durante toda la noche y pude observar que la de mi compañero lo hacía como si en cada paso que daba, subiera un escalón.

“Dino, me da la impresión de que la tuya es coja”, le dije.

“Niente male”, (ningún problema), me contestó.

La mía que era de raza aria pura, nos invitó a su casa y a la mañana siguiente, mi amigo Dino, me dijo:

“Pablo, certo, quando si levó le scarpe me n´accorgi che avevi raggione. (Pablo, es cierto, cuando se quitó los zapatos me di cuenta de que tenías razón).

Existe en Saint Paulis otra sala de fiestas muy peculiar, nada parecido a lo visto en otros puertos de Europa.

Los veladores tienen en el centro un teléfono y la mesa un número bien visible. Este sistema te permite entrar en contacto con cualquier velador de la sala y entablar conversación con la chica que más te atraiga. Eso es en teoría, pues dado que las alemanas no hablan inglés en su inmensa mayoría, debes, con el teléfono en la mano derecha y en pie, hacerla ver quien eres y lo que pretendes, en el lenguaje de signos. A veces se hace dificilísimo hacer comprender a la que ha respondido a la llamada, que no es con ella con la que quieres bailar, sino con la de la blusa blanca que tiene enfrente. En otras ocasiones en las que uno se puede más o menos entender en inglés con la interlocutora, la cosa cambia y resulta emocionante el ver como le cuenta a las demás quien es el que llama. Finalmente y con poca gracia que se tenga, la chica se levanta de la mesa y viene a encontrase contigo en la pista.

Aquí todavía no ha llegado la alta técnica argentina del “cabeceo”, se ahorrarían mucho gasto si la copiaran.

Pablo

Hamburgo, 9 Marzo de 1966

sábado, 4 de octubre de 2014

CARTA DESDE HAMBURGO (I)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero


Con mi sextante

Carta nº 47
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De una carta a la familia
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¡Por fin tengo mi propio sextante¡
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Para un marino su sextante es como para un biólogo su microscopio. La cuestión es que llevaba años observando las estrellas con sextantes decimonónicos, propiedad casi siempre de algún capitán y con los que me dejaba la vista buscando en el horizonte la estrella a observar. He comprado un Plath alemán con prismático y lente astigmática. Es un instrumento magnífico que me ha costado el sueldo de un mes, pero ahora veo las estrellas de tercera o cuarta magnitud como si fueran de primera. La lente astigmática las convierte en líneas luminosas, con lo cual la operación de tangentear el horizonte con ellas se ha convertido en un juego. Además de lectura rápida, tiene iluminado el nonius, lo que me ahorra tener que entrar en el cuarto de derrota después de cada observación.
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Estos días navegando cerca de la costa y con el radar en marcha he hecho cálculos con cuatro o cinco estrellas para comparar su precisión con situaciones obtenidas con el radar y me ha dejado maravillado. La gran calidad de su prismático y su gran luminosidad, me ha permitido observar con el sol fuera, a Júpiter y a Venus. Estoy encantado y feliz con mi sextante.
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En Rótterdam me robaron del puente mi cámara Voigtglander y si lo he sentido mucho por ella, más lo he sentido por el carrete que se llevaron y en el que estaban las fotografías del tiburón y de Venecia.
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Hamburgo es una ciudad fabulosa. Los que la han visto al término de la guerra se preguntan como es posible llegar a tal grado de organización y de desarrollo en tan corto espacio de tiempo. Asombra lo que una buena cabeza rectora puede conseguir de un pueblo trabajador como el alemán. Este puerto está considerado como el segundo en importancia de Europa e inmediatamente después del de Rótterdam. El río Elba con sus 150 kilómetros navegables se ha convertido en la arteria principal del comercio europeo. Por él transitan en caravana cientos de barcos a diario y cuando por razón de los hielos o la niebla, algunos capitanes prefieren esperar fondeados en su desembocadura, ésta se convierte en una auténtica colmena de buques que vistos en la pantalla del radar pone los pelos de punta.
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A escasos kilómetros de Hamburgo y en la orilla norte del Elba, tienen emplazada una torre de control marítimo con un restaurante de enormes ventanales que permiten a los turistas contemplar el continuo desfile de barcos de todas las nacionalidades. Antes de llegar a este punto, el práctico nos avisó de la sorpresa o mejor dicho, el recibimiento que el puerto de Hamburgo hace a todos los marinos cuando pasan ante él. La torre arría la bandera de la República Federal haciendo sonar el himno alemán en potentes altavoces al mismo tiempo que un locutor da la bienvenida a la tripulación del barco en cuestión. Por último debemos aminorar la marcha y arriar nuestra bandera en señal de saludo, en cuyo instante, por los altavoces suena nuestro himno nacional. Desde la terraza del restaurante los turistas nos saludan con sus pañuelos. Es emocionante y mucho más debe serlo cuando la bandera que ondea en la popa de tu barco es la española, que no es mi caso. En momentos así uno se pregunta ¿por qué debo navegar bajo un pabellón que no es el mío? La respuesta es sencilla: para tener lo que España no sabe o no puede dar a sus marinos. Es triste ver como las marinas sueca, noruega, holandesa o alemana pone en manos de crios y de capitanes jovencísimos con muy poca experiencia de mar, verdaderas maravillas de la ingeniería naval, mientras que nuestros marinos con años y años de navegación se ven obligados a navegar en auténticas cucarachas de principios de siglo. Los armadores españoles prefieren tener grandes sedes en edificios suntuosos, antes que renovar su flota, de ahí que los más atrevidos abandonemos España ofreciéndonos a marinas que nos valoran y nos pagan cinco veces lo que ganaríamos en nuestra patria.
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Hamburgo tiene un atractivo muy especial para los marinos. En cuanto damos el último cabo a tierra, salimos de estampida para Saint Paulis. Este barrio es algo así como las Ramblas de Barcelona, pero mucho más cosmopolita y liberal. En toda su extensión y a derecha e izquierda de la calle, los porteros uniformados de los “clubs” nocturnos, nos asaltan intentando convencernos para que entremos. Los carteles en sus puertas, con bellezas ligeras de ropa como reclamo, son como la miel para el hombre de mar falto de cariño y de emociones amorosas. En algunas calles adyacentes y en exposición perpetua, mujeres semidesnudas y en actitud provocadora, exponen en ventanas acristaladas, sus encantos femeninos ante una cama teñida de rojo por la luz de una bombilla pintada de ese color.
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 (continuará).
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Pablo
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jueves, 11 de septiembre de 2014

SCOTLAND

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero


Barco: SINCERITY

        
Carta nº 46
                                                     De  cartas a la familia 

    Van a cumplirse cinco años desde la primera vez que llegué a Escocia y de la que escribí en el periódico “Cáceres” una carta, que ahora, casi me arrepiento de haberlo hecho. Después de aquella vez, tuve la fortuna de volver en varias ocasiones más, pero en ninguna de ellas permanecí en puerto más de dos semanas. En estos casi treinta días que en esta ocasión llevamos en Burntisland , he aprendido a mirar con otros ojos este encantador rincón de Escocia, rodeado de verdes colinas, una mar impredecible y un cielo plomizo que te llena el ánimo de melancolía. El pueblo no tiene más de tres mil habitantes, pero una historia rica que se refleja en sus monumentos y viejas casonas de fachadas tiznadas por el hollín característico que produce el humo de calefacciones y estufas de carbón mineral. 

    El puerto se encuentra situado en la orilla norte del Firth de Forth y a escasos kilómetros de Edimburgo. Por el portillo de mi camarote puedo ver el famoso puente de hierro que une a ambas orillas del Firth. Este puerto es tan pequeño que tan solo pueden entrar dos barcos, de ahí nuestra larga permanencia para descargar las 12.000 toneladas de bauxita que embarcamos en Ganha. Se trata de un dock; es decir una especie de piscina grande a la que se accede en el preciso momento de la pleamar, cuando las aguas del puerto y las de la mar alcanzan el mismo nivel. Acto seguido se cierran las compuertas sin que éstas puedan ya abrirse hasta la próxima marea. La maniobra de entrada en el dock es bastante complicada, pues generalmente el fuerte viento desplaza el barco de su correcta posición. A la hora exacta hay que tener dos cabos dados a los norays de la puerta, y el barco perfectamente enfilado con la proa prácticamente apoyada en aquella. En el preciso instante en que se produce la pleamar, se abren las compuertas y el barco, rozando con ambos costados las paredes de hormigón y con poca máquina va entrando en el dock, mientras la hélice levanta los lodos del fondo debido a que bajo nuestra quilla tan solo hay un pie de agua.

    Es éste el gran reto que nos impone el armador, cargar lo máximo pero teniendo en cuenta que en  la puerta del dock no podemos tener problemas con el calado. Esto supone cálculos muy afinados en manera que las 20 toneladas de consumo diario de combustible compensen exactamente el exceso de carga aceptada en Ganha. En caso de llegar deep nos vemos obligados a llevar a cabo todo tipo de maniobras con los tanques hasta que el barco queda perfectamente horizontal y con un calado que permita pasar al dock sin quedarnos en seco a la mitad.

A veces la maniobra de entrada es presenciada por espectadores que como aves de mal agüero parecen estar esperando que el barco se clave al fondo y no pueda entrar, con lo cual la puerta no se cerraría y el dock se quedaría en seco en la bajamar con lo que hubiera dentro.

    Siempre que abandonamos un puerto de Africa Occidental,  debemos llevar a cabo inspecciones por cada hueco del barco buscando polizones. Casi siempre suelen darse a vistas a los cinco o seis días de navegación, cuando ya no hay posibilidad de retorno para entregarlo a las autoridades. En este viaje se ha dado un caso trágico. Cuando se descargaba  el mineral, los que estábamos en cubierta nos quedamos petrificados al ver como la grúa traía colgando del carramarro y cogido por una pierna, el cuerpo de un hombre negro. Sospechamos que durante la carga debió quedarse dormido en algún hueco de la bodega y no se percató de que el mineral le había cerrado la salida. Llevaba al menos veinte días enterrado en bauxita.

    Mi capitán es un italo-austriaco nacido en Trieste, jubilado de la Marina Mercante italiana, y  embarcó en este puerto para sustituir al anterior. Tiene sesenta años, pesa más de cien kilos y bebe cerveza a cántaros. Es un hombre de refinada educación, habla cinco idiomas y tiene una cultura apabullante. Por si todo esto fuera poco, es un buen marino y además un buen amigo mío. Habíamos navegado juntos con anterioridad en el Sincerity. Cuando se enteró de que yo era el Chief Mate  del Uje, aporreó la puerta de mi camarote y me sacó de la cama para festejar nuestro reencuentro con una botella de champagne francés en su sala de estar.

    Al capitán Cosín le debo el que le perdiera el respeto a conducir por la izquierda. Un buen día me hizo que le acompañara al muelle para enseñarme algo que me iba a gustar. Me sorprendió el ver que sacaba del bolsillo las llaves de un coche, mientras me decía:

-Questa sará la nostra mácchina fino alla nostra  partenza per Rotterdam, (éste será nuestro coche hasta nuestra salida para Rotterdam). 
Con el Comandante Cosin en el aeropuerto de Fiumicino en Roma 

   Se trata de un Morris 1100 prácticamente nuevo, en  el que sin más preámbulos me hizo que lo llevara por las calles de Burntisland hasta las oficinas de nuestros agentes de la naviera en Escocia. Los primeros metros por la calles de Burntisland me produjeron un cierto desasosiego, pero gracias a las palabras de ánimo y aprobación de mi “labor” por parte del capitán, llegamos sin problemas a nuestro destino. Fue mi bautismo conduciendo a siniestrosum. Como anécdota debo confesar que tuve una negativa, al calárseme el coche en un cruce de calles y no encontrar la marcha atrás para salir del apuro. Los pasajeros del autobús al que obligué a parar, se partían de la risa, pero no sonó ni un sólo bocinazo.
    Por no se sabe que extrañas razones mi capitán no conduce, pero como copiloto es extraordinario y a lo largo de nuestra larga permanencia en Burntisland estamos haciendo viajes interesantísimos por el norte hasta Inverness, recorriendo el Caledonian Canal los lagos Lemon y Ness y las High Lands con su Ben Nevis cubierto por la nieve, y por el este, Aberdeen, Dundee.

 y Kirkaldy. He visitado a orillas del Loch Ness las ruinas del castillo de Urquahart, donde el amor secreto de Maria Estuardo- el italiano David Riccio- fue sacado de la cama por orden de la reina Elizabeth de Inglaterra para ser asesinado. Es un castillo de lo más tenebroso, con una historia plagada de violencias y que fue la última morada de la Estuardo y que lo abandonó para  ser ejecutada también por orden de la reina Elizabeth. Era defensora del catolicismo en Escocia y esto la llevó a la tumba. A medida que te informas de los acontecimientos vividos por la reina de los escoceses, crece tu simpatía hacia ella y tu antipatía más visceral contra la que ordenara su muerte. Por cierto que el pasado fin de semana entramos en la finca  del castillo de Balmoral, propiedad de otra Elizabeth, pero ésta mucho más pacífica. Circulamos por sus estrechas carreteras asfaltadas sin que nadie nos detuviera, hasta llegado un punto en el que al salir de una curva, una veintena de reporteros gráficos enchufaron sus cámaras a nuestro coche en mitad de la vía. El susto fue mayúsculo. Pero todo se  aclaró, cuando entre nuestro coche y los fotógrafos pasaron arrastrando sus carritos de golf, el Príncipe de Edimburgo y el premier británico Harold Willson. Estuvimos presenciando durante un largo rato el juego para incorporarnos más tarde a la carretera que nos llevaría de vuelta a Burntisland. En ese trayecto y de improviso, salió de la cuneta un faisán macho que fue a estrellarse contra el parabrisas de nuestro coche. Miré por el retrovisor y vi como un elegante caballero escocés con pantalón bombacho a cuadros, me mostraba a lo lejos el faisán muerto. Se me heló la sangre, pues conociendo el percal, pensé que como mínimo me iba a caer una buena reprimenda. Con un ademán nos indicó que fuéramos a recogerlo, así es que el telegrafista que había sido invitado a la excursión tuvo que lidiar el asunto. Cual no sería su sorpresa cuando el inglés ante el azoramiento de mi compañero, le dijo: “llévatelo que es muy rico para comer “.

    El cocinero italiano, en un alarde de arte culinario, lo presentó en la mesa de oficiales con sus largas plumas decorando la cola, y su cabeza tornasolada echando llamas azuladas producidas por el cognac francés al arder. Lo cierto es que fue una exquisitez y todos los presentes reconocimos que era la primera vez que comíamos un faisán “real”.

    Esta gente es extraordinariamente hospitalaria. Nada que ver con el carácter inglés-se enfadan cuando los confundes con ellos-siendo asombrosa su manera de beber la cerveza negra. Dado que el Whisky es muy caro para sus bolsillos, a una pinta de cerveza le echan un vasito de whisky y la estiran hasta la eternidad. Gustan de cantar y bailar en las tabernas, algunas veces –especialmente los sábados- van a ellas vestidos con sus famosas kilts y no es extraño escuchar el sonido lastimero de la gaita escocesa al pasar frente a algún pub. A diferencia de lo que ocurre en España, aquí hay una hora de cierre de los bares y tabernas y los días de diario a las siete de la tarde el boby de turno entra en ellos con un silbato y grita time please  o lo que es lo mismo: ¡Se acabó¡

     Hacemos fácilmente amigos que nos invitan a sus casas y  nos dicen a menudo que entienden y conocen bien la vida dura y sacrificada del marino y que somos nosotros los que hacemos que la British Aluminium Co. continúe siendo el motor de la vida económica de Burntisland.

    Aunque os parezca pretencioso me encierro con llave en el camarote en cuanto los trabajadores del muelle terminan su jornada laboral. En Escocia existe una desaforada afición al whisky, y todo el mundo sabe que en el camarote de un oficial no falta nunca. Al caer la tarde y cuando el muelle queda silencioso y solitario, chicas menores de edad tratan de “asaltarnos” y se te cuelan en el camarote con la excusa de conocer a un latin lover...y de paso, tomar una copa gratis. Esto que a primera vista parece una bicoca, ha llevado a más de un oficial de nuestra compañía a la cárcel. Los italianos, ante estas cosas se frenan poco o nada y se ven obligados a esconderlas en la sala de máquinas cuando llega la policía dando una redada de menores. Así es que aunque parezca paradójico, tenemos que echarlas del barco...claro está, solo si son menores.

     Otra distracción en este pueblo es jugar a los bolos. Hay buen ambiente para hacer amistades femeninas en la bolera del pueblo. En ella conocí hace unos días a una chica norteamericana de San Antonio (Tejas), que tiene ascendencia escocesa y está pasando una temporada con su abuela. Jugaba en otra pista y se me acercó al ver sobre mi mesa un paquete de Marlboro. La pobre llevaba varias semanas sin tabaco americano. Le ofrecí un cigarrillo y casi se lo bebió. El caso es que hemos iniciado una amistad. No es una belleza, pero es un tipazo de mujer.

    No es corriente que un marino español tenga un coche esperándole en el muelle. Así es que la americana se sorprendió cuando al día siguiente  la recogí en el flamante nuevo coche alquilado, un Ford Cortina de más enjundia que el Morris y la invité a cenar en Edimburgo.

    Desde lo alto del castillo, la vista nocturna de la capital escocesa es fascinante, e inquietante la subida a él por una carretera estrecha oscura y solitaria. Al llegar a lo más alto, pensé que con la vista tan romántica que se podía disfrutar, estaría llena de parejas enunciando el verbo amar. Pues no. Bajo aquel manto de nubes borrascosas y desde el interior de un coche inglés, tan solo una americana y un cacereño, contemplábamos desde el lugar más famoso de Escocia, la incomparable ciudad de Edimburgo. Paseamos por Princes Street, de la que dicen es la avenida más bonita del mundo, contemplamos el monumento a Walter Scott y cenamos en el restaurante de un hotel de postín  el pollo más repugnante que he probado en mi vida. Ella llamó al camarero para felicitarle y yo tuve que abandonar la mesa con arcadas. El buen whisky escocés y la música de Tom Jones bailada a media luz  entonaron de nuevo mi maltrecho cuerpo.

    El regreso a Burntisland lo hice en solitario, pues tenía que empezar mi trabajo a las ocho de la mañana. El cúmulo de horas sin dormir, se tradujo en que a la salida del puente del Firth de Forth di una cabezada y me salí de la carretera sin que, afortunadamente,  el Ford Cortina o yo sufriéramos daño alguno.

    La salida de Burntisland, como en otras ocasiones, ha sido muy “lacrimógena”. Después de treinta y dos días en este puerto, todos hemos sido de una u otra manera “flecheados” por cupido. Los italianos las han enamorado a pares, yo en cambio me llevé una solo, pero norteamericana, con lo cual he sido un poco la envidia del resto de la oficialidad. Casarse con una estadounidense, es el sueño dorado de cualquier marino europeo. Puedes pasar de tener unas condiciones laborales aceptables, a tener las mejores del mundo. De momento vendrá a Rótterdam- nuestra próxima escala- con objeto de seguir nuestra relación. Más adelante tenemos planeadas unas vacaciones en España y luego Dios dirá, pero me temo que su intención es buscar trabajo en la base americana de Torrejón para alargar su estancia allí. Me ha preguntado directamente si no estaría interesado en trabajar en Estados Unidos.

       Un español y un yugoslavo junto a cuatro  italianos en buena armonía 

    Con la pleamar, y con nuestro barco en lastre pasamos ayer la puerta del dock. Fue muy emocionante pues el espigón estaba lleno de chicas despidiéndonos con sus pañuelos y gritando desaforadamente. Pasamos a escasos metros del  “comité” de despedida y francamente estas cosas te hacen creer realmente en la famosa teoría del latin lover de la que ellas mismas hacen publicidad. Creo que el secreto está en nada de alcohol, sólo amor.

    Se lo comenté al práctico y me dio la razón.

Pablo

                                  Mar del Norte, 5 Octubre de 1965       

miércoles, 13 de agosto de 2014

CARTA DESDE EL “SHERBRO RIVER”

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero




       

Carta nº 45                                     

                                                                                      De una carta a la familia

 
    Me encuentro a 180 kms. río arriba de la desembocadura del Sherbro. Pertenece a Sierra Leona y es de una extensión que a pesar de la lejanía de la mar, tiene 18 kms. de anchura y el agua es salobre en la pleamar.

    Llegué a Freetown, la capital de Sierra Leona por vía aérea después de tomar cuatro aviones  que me llevaron de Madrid a Milán, de Milán a Zurich dónde enlacé con uno que procedente de Copenhague y con escala en Lisboa me dejó  en Monrovia, para allí tomar otro de hélice con tripulación toda aborigen que me trajo a Freetown. En éste último era yo el único blanco y aterrizamos en medio de un chubasco tropical que hizo nos cambiara el semblante a  los doce pasajeros. ¡Nos pusimos todos del mismo color¡

  Me han instalado en un estupendo hotel en el que me tocará pasar unos días esperando a que llegue el “Santagata” mi nuevo barco.

    El vuelo sobre los Alpes y sobre el Sahara, fueron dos espectáculos difíciles de olvidar.

    Hace diez días que estamos cargando mineral para Hamburgo en este infierno, rodeado de selvas y con temperaturas de infarto, rodeado de salvajes que vienen en sus piraguas, rodean el barco y en cuanto nos descuidamos suben a bordo por las cadenas de las anclas y nos roban de todo. Tenemos diseminadas por la cubierta y en las puertas de los pañoles, tachuelas para evitar que suban  descalzos.
 
    El otro día se llevaron quinientos kilos de pinturas y hemos tenido que establecer unas guardias en los costados del barco, con mangueras contra incendios de gran potencia, que nos sirven para hundir las canoas que durante la noche se nos acercan demasiado al casco.

    Durante la navegación desde la desembocadura hasta donde nos encontramos, nos han seguido grupos de tiburones, que a pocos metros de la popa esperan que vaciemos los bidones de basuras.

    A nadie se le había ocurrido la idea de preparar un aparejo para intentar pescar uno. Pues bien, el otro día, cuando vi que el cocinero  iba a tirar por la borda dos cajas con dos docenas de pollos en mal estado, a este cacereño, marino del interior, se le ocurrió lanzar todos, uno a uno por la popa, a excepción de dos que reservé para mi objetivo. Cuando comenté a los marineros que eran para pescar un tiburón, se echaron  todos a reír.

     Aquellos veintidós pollos, arrastrados por la corriente y navegando en la más cómica fila india, tenían que atraer a algún escualo. Fui a popa, armé un aparejo con un cabo de cien metros unido a un alambre de acero de tres metros y este a su vez a un buen taco de madera. En el extremo del alambre  coloqué un impresionante anzuelo de quince centímetros de caña, en el que finalmente pinché uno de los dos pestilentes pollos, con su plástico y todo, largando el aparejo al atardecer.

    Ayer de madrugada fui a popa a ver que había pasado con mi invento y noté  que el aparejo estaba como una cuerda de guitarra y se perdía bajo el casco del barco. Salí corriendo a llamar al contramaestre y a cuantos encontré en cubierta. Pensaron que era una broma hasta que empecé a gritarles nervioso de ver que podía escaparse si no acudíamos  pronto a halarlo. Hasta tenerlo al costado no lo vimos. ¡Era un bicho impresionante¡ En su lucha por soltarse del anzuelo durante la noche, se había clavado el alambre de acero a todo lo largo de su costado y estaba casi sin fuerzas. Después de casi una hora de intentos para enlazarlo con un cabo, entre más de ocho tripulantes, lo metimos a bordo ayudados por una de las poleas de un puntal de carga.

    Al abrirlo en canal vimos en su estomago clavado el anzuelo y los plásticos de todos los pollos así como restos de pescado aún sin digerir. Midió tres metros y calculamos que debía pesar más de 150 kilogramos. Su piel era como la lija, bastaba acariciarla para que se te irritara la mano. Su boca tenía arriba y abajo tres hileras de dientes. Los más internos se podían pinchar con el cuchillo y los externos daban pavor con su forma de anzuelo y sierra a la vez. Los colmillos y algunos dientes me los he adjudicado, pero el que más se ha llevado del escualo ha sido el capitán siciliano, que a diario come tiburón. Yo lo probé y me pareció una carne demasiado áspera. Las aletas están congeladas y son patrimonio del “viejo”. He hecho muchas fotos con mi “Voiglander” que espero revelar en Rótterdam.

    Las noches son asfixiantes y no entran ganas de meterte en el camarote. Nuestra mayor diversión estriba en oír los cánticos de los negros en las orillas del río, iluminadas en ciertos tramos por hogueras. El Jefe de Máquinas, que como el Capitán es también siciliano, nos alegra el alma tocando su mandolina y entonando canciones napolitanas, que intentamos seguir con nuestras voces. A veces nos quedamos dormidos en las hamacas y nos despertamos como si saliéramos de una ducha, tal es la humedad reinante en este impresionante río.

    Mañana terminaremos la carga completa de mineral para Rótterdam y finalmente saldremos de este infierno de humedad, mosquitos y calor sofocante. No vemos el momento de sentir en la cara la brisa marina.
 
Pablo
                                                                         Sherbro River, 28 Octubre 1966

 

                              

martes, 22 de julio de 2014

MESSINA

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero
 
 
A bordo del Sincerity como Primer Oficial 1965

 
                
Carta nº 44 

                                                                        De una carta a la familia

 
    El pasado día 29 cruzamos el estrecho de Messina. Como tantas otras veces, lancé al agua una botella con una carta para vosotros. Como el tiempo era bueno y la mar en calma, estoy seguro de que algún pesquero se haría cargo del correo. Dentro de la botella iban dos paquetes de cigarrillos sueltos y un billete de 500 liras para el franqueo. Quiero recordar, que hace dos años recibisteis una carta mía echada al agua y que había tardado casi un año en llegar a vuestras manos. Esperemos que a ésta, las corrientes la traten mejor.

    He pasado el estrecho en múltiples ocasiones, pero nunca me había impresionado tanto como ésta última. Era el amanecer de un día diáfano de una visibilidad extraordinaria que nos permitía ver el coloso de Sicilia cubierto de un inmaculado manto de nieve. De su cráter un penacho blanco de humo se elevaba a gran altura como avisándonos de que sólo está dormido.

    La navegación a lo largo de la costa norte de la isla te permite contemplar en toda su grandeza sus montañas recortadas en el añil de un cielo límpido y profundo, en contraste con el azul  oscuro de la mar rizada y hermosa que se interpone entre nosotros y la costa. Por el costado de babor y durante la noche anterior, la isla de Stromboli nos ofreció el incomparable espectáculo fantasmagórico de sus explosiones esporádicas, iluminando el horizonte por el norte, como si de  un faro de la antigüedad se tratara. La última vez que pasé cerca de esta isla lo hice entre el pequeño islote de Strombolichio y la costa de Stromboli. En aquella ocasión las cenizas del volcán nos caían en la cubierta del barco como pavesas apagadas. Fue algo que recordaré siempre.

A medida que nos acercábamos al estrecho, fueron corriendo hacia popa, una tras otra, las islas de Vulcano, Lípari y Salina. De la primera se pasa a menos de media milla y aparece a la vista como un enorme cono volcánico  de color grisáceo de gran belleza, saliendo de la mar azul Las rompientes de su lado sur, le dan un realce mayor, al salpicar de blanca espuma su costa acantilada, oscura y  despoblada de vegetación. Con nuestra proa puesta en la costa de la península, corremos al largo hacia el este, buscando el camino que deberá permitirnos pasar entre Sicilia y el continente. Da la impresión de que el paso no existe y que nos dirigimos hacia unos acantilados contra los que indefectiblemente estrellaremos nuestro barco si no paramos las máquinas. Cuando Scilla apareció nítida a nuestros ojos y los relieves de la cueva en la que Ulises se refugió al oír los cantos de sirena, fueron tomando forma, yo también escuche esos cantos, pero ni un grado varió el rumbo de mi barco, quizás fuera porque Ulises no llevaba como nosotros, timón automático.
 
Poco a poco, el punto azul del agua separando las dos costas se fue convirtiendo a medida que nos dirigíamos a él, en una línea divisoria de mar por donde el Sincerity tenía que pasar del mar Tirreno al Jónico.
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    El sol fue elevándose tras las montañas calabresas, mientras a nuestra derecha los edificios de la ciudad de Messina cambiaban de color, pasando del violáceo al rosado y de éste al blanco más puro. Por nuestra proa los overcraft, elevados sobre sus patines, parecían volar sobre el agua, llevando del continente a la isla a pasajeros enclaustrados pero cómodamente sentados en sus asientos de plástico.
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    Por la amura de estribor, Taormina se nos apareció de entre las aguas como queriéndonos decir que no pasáramos  de largo sin visitar su histórica ciudad. Nuestro barco impertérrito y sin haber escuchado de este lado del estrecho, más sirenas que las de los ferrys que lo cruzaban, se dirigió a paso lento pero seguro hacia el cabo Spartivento buscando el Adriático y el puerto de Ravenna cuna del Dante.
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                                                                     Mar Jónico, Noviembre de 1965
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Pablo

martes, 8 de julio de 2014

DE RUSIA CON AMOR

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero



 
 
  
Carta nº 43
                                                           De una carta a la familia

 

    Llegamos sin novedad a este puerto de Ganha en donde llevamos cuatro días cargando cacao para Ámsterdam.
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    Estoy cansado y aburrido de Africa. Este calor agobiante acaba por deprimir a cualquiera. Pierdes noción del tiempo y de las estaciones...menos mal que Dios aprieta pero no ahoga (aunque...¡coño¡, tampoco afloja).
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    Ayer estuve bailando en una “sala de fiestas” de la localidad. El baile consiste en coger de la mano a tu pareja y en círculo ir caminando con ella a tu lado dando dos pasitos con el pie derecho y uno con el izquierdo. Resulta cómico ver a un blanco con una negra haciendo lo que yo he bautizado como el “pasemisin”. La mayoría tienen unos cuerpos esculturales, pero casi todas llevan peluca y cuando se la quitan o se les desplaza, se te caen los palos del sombrajo.   
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    Hemos coincidido en este puerto con el San Salvador -mi anterior barco antes de ascender a Primer Oficial -y que viene de Novorosisk (Rusia) en el Mar Negro. Me han venido a visitar todos los marineros demostrándome un afecto que nunca supuse pudieran tener por mí. Me han regalado varios libros  traducidos al castellano y una botella de vodka ruso. A bordo  ha sorprendido también la visita de la tripulación  del San Salvador casi al completo. Francamente me emocionó verlos a todos subir por la escala real, saludándome ya de lejos cuando aún no habíamos dado cabos a tierra. El contramaestre me dijo que aunque hubieran estado a cinco kms. de distancia un barco del otro, habría venido a saludarme.
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    Me han contado cosas interesantes del viaje y de la vida en la Unión Soviética.
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    El Segundo Oficial que me relevó, también vino a verme y me relató su historia triste con una estudiante rusa que trabajaba como bibliotecaria por las tardes en un club estatal para marinos.
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    Este chico dejó la carrera de Ingeniero en tercer año para hacerse marino y ella estudia filosofía y letras.
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    En ese club van chicas que entretienen a los marinos, bailan, charlan y hacen propaganda del sistema soviético. Todas están vigiladísimas por una comisaria política. Las preparan para vender el ideario comunista a las tripulaciones extranjeras. Muchas de ellas son contrarias al sistema y no creen en absoluto las cosas que los marinos extranjeros cuentan del mundo occidental.
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    Descrita por él como un ángel de cabellos rubios, excelente  cultura, además de guapísima, estaba siempre sola sentada en un butacón  leyendo. Un buen día se acercó a ella con objeto de pedirle un libro, excusa que le sirvió para entablar conversación en inglés. Hablaron de todo, aunque en manera muy reservada respecto a las cuestiones soviéticas. No creía en nuestra libertad, ni en la facilidad de adquisición en Europa de productos como vestidos, cosméticos, aparatos domésticos, automóviles etc. y menos aún, que él estuviera soltero a los veintisiete años.
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    La invitó varias veces a acompañarla después de su trabajo a lo que siempre se negó rotundamente, no porque no lo deseara, sino porque era peligrosísimo para ella. Cada vez que intentaba una caricia o cogerle las manos, le pedía casi llorando que no la hiciera sufrir. El último día le dijo que solamente le pedía un beso de despedida.
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“Se me iban las manos sin querer en dirección a las suyas; era una atracción irresistible, que sólo me frenaba el miedo a que  la pudieran castigar”, dijo.
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    Por último le habló de matrimonio y que estaba dispuesto a llevarla a España, de la que tanto le había contado en el transcurso de las dos semanas que estuvieron viéndose. No creía en su sinceridad y menos aún en la posibilidad de conseguir un pasaporte para salir de la Unión Soviética.
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    La última noche le sorprendió con sus palabras:
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“Arturo, esta noche me acompañarás hasta mi casa y pase lo que pase nos besaremos una y mil veces”.
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   Siguiendo sus instrucciones la esperó lejos de la puerta del club. La cogió de la mano y echaron a correr hasta  la parada del autobús.
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   “Llegamos sin respiración”, me contó.
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   Cuando subimos al autobús, nos encontramos a la comisaria que nos estaba esperando en él.
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    En un perfecto español me dijo:
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    “Haga el favor de regresar a su barco”. Ni una palabra más, ni una palabra menos. Después se dirigió a ella en ruso y la invitó a  subir al autobús.
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    Al día siguiente salieron a la mar. Desde Turquía la escribió y no ha recibido contestación alguna.
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    Es un buen chaval y está obsesionado con la vela.   Quiere que hagamos juntos la travesía del Atlántico en un barco que tiene en Galicia.
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                                                          Puerto de Tema (Ganha), 30 de Enero de 1965
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Pablo

jueves, 26 de junio de 2014

CONTINUACIÓN CARTA 41

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero

 

                                     
Carta nº 42
(Continuación de la carta 41)
 

    Hoy nos hemos cruzado con el “Queen Mary”. Hace un crucero navideño para millonarios. Es un barco impresionante de 45.000 toneladas que alcanza los 47 nudos. Nosotros con buen tiempo llegamos a los 11 nudos.

    Pasó como un rayo camino de Las Palmas, con sus tres chimeneas echando humo y la proa con “bigotes” blancos y cortando la mar como con un cuchillo. Con los prismáticos se podían ver en el puente a varios  oficiales uniformados y un sin fin de pasajeros mirándonos como se mira a un ser inferior. Trajo a mi memoria mi querido e inolvidable “Monte Urbasa”. El complejo de inferioridad nos impidió saludar con la bocina como signo de felicitación por Navidad. ¿No es lo correcto que el saludo deba partir del superior? Habrá que consultarlo en algún libro de urbanidad...

    A mediodía hemos descorchado diez botellas de buen champagne francés en el puente y más tarde nos hemos dado el gran banquete a base de los mejores manjares franceses, españoles e italianos. Hemos reído, cantado, tocado palmas y la señora nos ha sorprendido cantando en yugoslavo una canción serbia típica de estas fiestas. Como siempre, causó sensación al “personal”. A veces pienso si su belleza la multiplicamos por diez debido a que llevamos dos meses sin ver otra mujer blanca que  ella.

    A la altura del Cabo de San Vicente con mar gruesa del norte. Temperatura 15 grados. Hemos puesto la calefacción. Pensar que hace once días estaba en la playa...

    Mañana cruzamos el paralelo de Cáceres. Con la velocidad que hacemos, ¡el Año Viejo en Inglaterra es nuestro.¡
                                                            Mar, 25 de Diciembre de 1964
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    Me ha sido completamente imposible continuar hasta hoy. Hemos pasado tres días horribles. Desde Finisterre a Land End- el finisterre inglés- sufrimos vientos de fuerza 8 y 9 con mar arbolada del  noroeste, mala visibilidad, frío tremendo y bandazos de hasta 25 grados. No dejó nada en pie y casi perdemos uno de los botes salvavidas por efecto de un golpe de mar. Las olas pasaban de babor a estribor como si no existiéramos. No pudimos tener una situación fiable en tres días hasta hoy que nos fue posible observar el sol. Nos encontramos a 200 millas de las costas de Irlanda y a cerca de 20 millas de donde creíamos estar, a causa de la deriva que nos han producido las corrientes y el temporal.

    Durante toda la noche hemos estado oyendo en un tanque vertical -que llevamos vacío y que tiene capacidad  para 1.000 toneladas de lastre-unos golpes y chirridos extraños. Al amanecer bajé al tanque en compañía del contramaestre y vimos con asombro, que varias planchas del casco se curvaban hacia el interior cada vez que la mar las golpeaba. La causa era que había tres cuadernas que se había rajado de arriba abajo y friccionaban produciendo un sonido insoportable. Subimos los catorce metros de escalera desde el plan del tanque hasta la escotilla como auténticos gatos, para informar al capitán de que de un momento a otro se podían reventar varias planchas del casco, lo cual habría supuesto el naufragio en un abrir y cerrar de ojos, dado que el barco va a máxima carga. Fuimos poco a poco cambiando el rumbo hacia el Canal de Bristol evitando así los golpes directos de las olas en esa parte debilitada del barco. Ahora navegamos en una empopada con mar arbolada que nos lleva en volandas, viento en popa, corriente a favor y dando ¡ 14 nudos¡   

                                                          Canal de Bristol, 30 de Diciembre de 1964
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    Ayer llegamos a fondear frente al puerto de Newport a las 10 de la noche y como tenemos averiado el VHF, tuvimos que pedir práctico con la lámpara de destellos. El práctico no quería salir por el oleaje que había en donde estábamos fondeados. Directamente le contesté, que nos acercaríamos más a la entrada del puerto y que la tripulación tenía ya la corbata puesta.

    Los británicos a parte de ser buenos marinos, comprenden muy bien a la gente de mar de cualquier nacionalidad y sobre todo en una ocasión en que la mar nos había dado una gran paliza  a dos horas del Año Viejo. La respuesta no se hizo esperar y confirmó que salía fuera inmediatamente a por nosotros.

    A la maniobra fuimos vestidos de calle y una vez atracados al muelle, nos trasladamos en taxi al centro de la ciudad. En el primer “dancing” que encontramos, nos metimos como fieras salvajes. La entrada en él fue espectacular. Dieciocho hombres renegridos del sol tropical, con caras de querer comernos el mundo y de participar en todo el jolgorio que allí se cocía. Cuando entramos en tromba, faltaban tan solo unos minutos para que sonaran las campanadas. El techo había desaparecido tapado por cientos de globos de colores. La bola mágica repartía destellos por todo el salón. La orquesta rompía, con su estridente sonido, nuestros  tímpanos habituados al silencio de los quince días de navegación. El olor a perfumería barata fue lo primero que nos impactó.

  A punto de sonar las doce campanadas, tomamos posiciones, sabedores de la costumbre que tienen las inglesas de dar besos a diestro y siniestro en esos momentos de euforia. Yo no encontraba una de mi gusto entre tanto rostro pálido, así es que me sorprendió la explosión de júbilo sin haber alcanzado una buena posición . Nada más terminar las notas del “Dios Salve a la Reina” se me colgó una inglesa del cuello y me empezó a besar como una loca. Tenía cerca de 30 años. Al Tercer Oficial, italiano, que estaba junto a mí y era su primer viaje al Reino Unido, casi se le caen los pantalones de la impresión, al ver como se le venía otra encima.

    Bailamos toda clase de danzas, escocesas, galesas y que se yo...fue divertido, pero no veía la forma de librarme de aquella pesadilla de mujer.

    La sala de baile se convirtió en una casa de locos. Por todas partes se veían besos atornillados de larga duración, algunas parejas continuaban besándose en el suelo cuando por efecto de la borrachera, el giróscopo dejaba de funcionarles. A la una de la mañana pude librarme de aquella lapa.

    Al verte libre, las chavalas te cogían, te traían y llevaban como a un muñeco. Besos a diestra y siniestra con sabor a alcohol rancio. Para nosotros aquello acababa de empezar, ellas arrastraban quién sabe cuantas horas de desenfreno. A cada “happy new year” se te abrazaban, te pisaban, te zarandeaban y te besaban hasta sacarte el hígado. Lo malo del caso es que todas las que me achucharon eran bastante callos.

    A las tres de la mañana regresé a bordo. Me divertí mucho a pesar de no haber encontrado algo de mi gusto.

     Me sucedió una anécdota curiosa. Al entrar en la sala había en la calle una chavala muy mona que tenía una trompa tremenda. Al pasar a su lado le ofrecí mi brazo y se agarró a él como si se tratara de un salvavidas. Pagué su entrada y en cuanto traspasó la puerta se dirigió de urgencia a W.C más cercano. Pues bien, entre todo aquél follón de cientos de parejas, me encontró dos horas más tarde, me dio  las gracias y me dijo  “you are a gentleman”.¡Lástima que tuviera pareja...¡

                                                                 Newport, 1 de Enero de 1965
 
Pablo