Pablo Romero Montesino-Espartero

Pablo Romero Montesino-Espartero
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Camarote desde donde fueron escritas algunas de estas cartas-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Con este blog pretendo ir recopilando las cartas escritas por mi hermano Pablo Romero M-E, dirigidas a la familia, durante sus primeros años de navegación tras terminar su carrera de Marino Mercante allá por el final de la década de los años cincuenta, principio de los sesenta-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------.

lunes, 12 de noviembre de 2012

¡TODOS A LOS PUESTOS DE MANIOBRA!... (I)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero



Monte Urbasa

Carta nº - 10 -


“¡Todos a los puestos de maniobra¡”
La voz del Primer Oficial se oyó a través de todos los altavoces del barco.
...
Por fin salíamos a la mar con destino a los puertos de escala en el viaje de ida: La Coruña, Vigo, Tenerife, Río de Janeiro, Santos, Montevideo, Buenos Aires, Rosario y Mar del Plata.

Se me asignó el puente descubierto de popa, desde el cual transmitía las órdenes que recibía del puente principal al segundo oficial responsable de la maniobra de popa. Mi situación era un lugar elevado y privilegiado para ver todo lo que había a mi alrededor. Digo esto porque al pasar junto al "Monte Nuria", algunos tripulantes que estaban en cubierta presenciando nuestra maniobra de salida, me vieron encaramado en mí puesto, uniformado y con el teléfono de comunicaciones con el puente en la mano. Aquello debió ser “demasiado” para mis antiguos compañeros y resolvieron negarme el saludo metiéndose dentro, antes de que pasara el "Monte Urbasa" delante de ellos.

¡Qué espectáculo ver como nuestra proa hendía la superficie del mar “filando” a dieciséis nudos¡ La mayor velocidad alcanzada en mi anterior barco nunca pasó de los ocho nudos.

Cuando subí al puente para hacer mi guardia, era de noche. No pude reprimir un ¡oh¡ de admiración al entrar y contemplar las luces fluorescentes de los relojes indicadores : Angulo de metida del timón, clinómetro, tacómetros, corredera, giroscópica, pantalla de radar, controles de luces de navegación y de seguridad, alarmas de incendios en bodegas y camarotes, comunicaciones por VHF...todo estaba encendido y funcionando arrullado por el suave zumbido de los motores eléctricos de los sistemas de navegación. Creía haber agotado mi capacidad de asombro, hasta que al relevo de timonel, el Piloto de guardia me dijo que cogiera el timón para irme acostumbrando al servo eléctrico, mucho más sensible y de reacción más rápida, que el que tenía el "Monte Nuria" que era de vapor.
¡Podía llevar el barco con la punta de los dedos¡

¡Qué sensibilidad al ángulo de metida de caña y qué reacción casi instantánea de la caída de la proa a una u otra banda¡ Por unos instantes y a mis recién cumplidos veintiún años, creí tocar el cielo. Estaba gobernando uno de los mejores barcos de la compañía, mientras los destellos del faro de Cabo Peñas entraban tímidamente por la puerta abierta de babor, mitigando la oscuridad del interior del puente.
En el alerón, y apoyado sobre la tapa de madera barnizada de la regala me dejaba acariciar por la falsa brisa de poniente producida por la marcha del barco. Por la proa, las estrellas estampadas en el fondo oscuro, casi negro del cielo, iban sumergiéndose lentamente en el agua, mientras mis labios se impregnaban de un suave sabor salino.

Si mirar hacia proa era colmar tu espíritu de sensaciones nostálgicas y románticas, dirigir la mirada hacia popa era sentir el poder de la máquina que bajo tus plantas impulsaban a las quince mil toneladas que desplazaba el "Monte Urbasa". La estela blanca y recta se curvaba a veces por la guiñada del timonel al salirse de rumbo, pero al poco volvía a ser un camino de espuma blanca que se perdía por el este en la oscuridad de la noche.

En la pantalla fosforescente del radar además de los distintos ecos producidos por otros barcos y la silueta anaranjada de la costa, podía apreciarse nítidamente nuestra estela, denotando con ello la buena marcha del "Monte Urbasa".

La chimenea iluminada por potentes focos mostraban la A roja-insignia de la compañía- sobre fondo amarillo. Era un lujo que me resultaba difícil asumir, pero que marcaba la maravillosa realidad de mi cambio. Miraba mi bocamanga, y el fino galón dorado rematado por el ancla bordada sobre terciopelo negro, me llenaba de orgullo y de agradecimiento hacía mis padres, que con tanto sacrificio habían pagado mis cuatro años de estudios fuera de Cáceres.

Hubiera querido que mi primera guardia de mar en el puente del "Monte Urbasa" no hubiera terminado nunca, pero el cuádruple doble repique de la campana me sacó de mis ensoñaciones para decirme que eran las cuatro de la mañana y mi guardia había terminado. Por babor, la poderosa luz del faro de la Estaca de Bares anunciaba nuestra proximidad a mi querida Coruña.

Después del consabido ritual del cambio de guardia a los compañeros que entraban, bajé a mi camarote compartido con otros dos Alumnos de Náutica, gallego el uno, vasco el otro. No pude conciliar el sueño en lo que me restaba de noche. El cambio de sonidos, mis recuerdos más inmediatos de la guardia, fueron culpables de que a las ocho de la mañana, estuviera viendo la Torre de Hércules sin haber pegado ojo.


PABLO

(continuará)

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