Pablo Romero Montesino-Espartero

Pablo Romero Montesino-Espartero
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Camarote desde donde fueron escritas algunas de estas cartas-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Con este blog pretendo ir recopilando las cartas escritas por mi hermano Pablo Romero M-E, dirigidas a la familia, durante sus primeros años de navegación tras terminar su carrera de Marino Mercante allá por el final de la década de los años cincuenta, principio de los sesenta-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------.

domingo, 23 de septiembre de 2012

PRÁCTICAS DE MAR ( II )

Autor:
Pablo Romero M-E.
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PRÁCTICAS DE MAR
 

Carta nº 2
(Continuación de la 1)

El conserje me acompañó hasta el despacho del Jefe de Personal de Flota. El nerviosismo aumentó al ver que la persona con la cual iba a entrevistarme, era un Capitán con galones hasta el codo, rodeado de teléfonos y de aparatos que ni remotamente sabía cual era su finalidad y que sobre la mesa de reluciente caoba, acrecentaban el pequeño físico de mi interlocutor, convirtiéndolo a mis ojos en un gigante
Con ademán de incorporarse, me tendió la mano y me dijo:
“ Con que es Vd. de Cáceres...”
Aquello me hizo más daño que el peor insulto, me ruboricé, y desde entonces me estudié de cabo a rabo la Conquista de América con el fin de defenderme de esta clase de “ataques” contestando a ellos con hechos, fechas y nombres de extremeños que demostraron a lo largo y ancho de América, ser Hombres-con mayúscula- en tierra firme y en la mar.
Al poco de conocer el nombre del buque en que prestaría servicio, se vinieron abajo todos mis sueños trasatlánticos. Debía trasladarme a Astillero en Santander, donde mi barco estaba efectuando reparaciones.
Al cruzar el “hall” y ver de nuevo aquellas maquetas, primorosamente blancas, de los buques de pasaje, con sus aerodinámicas y relucientes chimeneas, sentí como si parte de mi corazón se quedara junto a ellas. Eché un último vistazo a la dorada lista de nombres que componían la flota, busqué esperanzado el que me había tocado en suerte, pero no cabía duda alguna; no iría a América y posiblemente ni tan siquiera saldría de aguas españolas: mi barco era de cabotaje nacional.
Ya en el tren, camino de Santander, fui recuperando mi ánimo, pensando que muy pronto pisaría por vez primera un puente de mando. Yo, que la primera vez que vi la mar, la confundí con un río de gran caudal, daría ordenes a gente avezada en tan duro oficio y si no Londres, Nueva York o Río de Janeiro, conocería muchos rincones bonitos de nuestras costas.
Así pensaba, hasta tener ante mi aquél montón de chatarra flotante, que llevaba dos años esperando el soplete para ser desguazado y que bautizado como “antesala de la muerte” por quiénes a bordo de “aquello” que no me atrevo a calificar de barco –entre ellos ningún oficial-sufrían castigos disciplinarios impuestos por la compañía o esperaban destino como yo.
Tomé posesión de la nave, como Robinsón Crusoe lo hiciera de su deshabitada isla del Pacífico y de nuevo nació en mí la ilusión marinera, sobre todo al saber que disponía de un bote a motor como dueño y señor del “paquebote”.
Al mes de estar a bordo, me había olvidado de mis frustrados viajes y disfrutaba de aquel veraneo pagado, pues todo mi trabajo consistía en comer, dormir y pasarlo lo mejor posible. Tenía amistades de ambos sexos y mi “yate”, al que bautizaron con el nombre de el “Sucio Pablito”- dado los innumerables recuerdos imborrables, que de él conservaban los alegres estampados de mis pasajeras- se hizo famoso en Astillero y nos sirvió a mis amigos y a mi para llevar a cabo excursiones marineras inolvidables a Somo, Pedreña, La Magdalena o el Sardinero.
Santander, rebosante de luz y color, con sus lindos paisajes, sus fiestas y romerías, junto a la alegría de sus gentes, había obrado en mí un gran cambio y solo cuando regresaba al barco, y desde su ruinoso puente contemplaba el horizonte de la mar, volvía a sentir la llamada de lo desconocido.
Quienes conozcan Piquío y hayan contemplado desde alguno de sus bancos, el reflejo de la luna en las aguas del Sardinero, teniendo entre sus manos las de una mujer, podrá comprender mejor el por qué de mi olvido.
Mi barco se había convertido en una “boite” al aire libre. Adornamos la cubierta con las banderas y gallardetes del Código de Señales, colocamos estratégicamente luces rojas y verdes pertenecientes a las farolas de señalización en navegación y con mi “tocadiscos” RCA de 45 revoluciones, enunciábamos hasta la última declinación del verbo amar, mientras nos mecíamos con la voz dulzona de Nat King Cole.
Una conferencia telefónica puso fin a mi “dolce vita”. La Compañía Naviera me ordenaba transbordar a un buque de navegación de altura atracado en los muelles del puerto de Santander y listo para hacerse a la mar rumbo a América.

Pablo

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