Pablo Romero Montesino-Espartero

Pablo Romero Montesino-Espartero
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Camarote desde donde fueron escritas algunas de estas cartas-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Con este blog pretendo ir recopilando las cartas escritas por mi hermano Pablo Romero M-E, dirigidas a la familia, durante sus primeros años de navegación tras terminar su carrera de Marino Mercante allá por el final de la década de los años cincuenta, principio de los sesenta-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------.

sábado, 27 de octubre de 2012

FILADELFIA Y EL PRINCIPIO DE ARQUÍMEDES (III)

Autor:
Pablo Romero Montesino-Espartero



 
Carta nº – 8 -

Me pregunto ¿por qué estará tan caprichosamente mal repartida la belleza en este mundo?
 Con el fin de incorporarme a mi nuevo destino he viajado en tren desde Barcelona a Génova, bordeando la famosa Costa Azul. Durante el trayecto y mientras discurrían ante mis ojos: Montecarlo, Niza, Cannes, San Remo... me he venido haciendo la misma pregunta, al asociar el hermoso paisaje que desfilaba ante mis ojos, con el que ofrece la carretera de Medellín en pleno Agosto.
...

Norfolk es la base aeronaval más importante que los americanos tienen en la costa este. Sus muelles se encuentran materialmente abarrotados de colosales naves de guerra, algunas, veteranas de Tarawa, Peral Harbour, Leyte o Normandia durante la Segunda Guerra Mundial.
 Desde el insignificante dragaminas, hasta el poderoso acorazado, pasando por los más diversos tipos de maquinaria bélica flotante, disfruta aquí de su merecido descanso. Portaviones, cruceros, destructores en número impresionante, parecen sumidos en un pacífico y letárgico sueño abarloados unos a otros a lo largo de kilómetros. Es una fuerza poderosa de cientos de barcos, signo identitario de un país pujante al que no parece haberle hecho el menor desgaste la guerra que finalizó hace escasos años.

 Durante todo el día y la noche, el cielo de Norfolk se ve cruzado en todas direcciones por los más modernos reactores. Bombarderos impresionantes, cazas y helicópteros, no dejan descansar un momento nuestros tímpanos.
 En esta nuestra última escala en el continente americano, mi fobia por este país y sus incómodas costumbres había llegado al máximo. Por otra parte, la frialdad de carácter, y poca hospitalidad de sus moradores, me hacían desear abandonarlo cuanto antes.

En el estado de Virginia al cual pertenece Norfolk, la discriminación racial es de lo más severa, no siéndoles permitido a los negros efectuar compras o hacer uso de algunos servicios públicos, estando sometidos a una separación del comercio entre ambas razas. Una de las cosas que más poderosamente me llamó la atención, fue la “frontera” existente en los autobuses. A un tercio de su longitud, una cadena divide o separa a los unos de los otros, con la particularidad de que la cadena puede desplazarse hacia atrás (zona de negros), y no en cambio hacia adelante, (zona de blancos), aunque el excesivo número de viajeros de color así lo requiriese.
 Durante el tiempo que permanecí en los Estados Unidos tuve ocasión de charlar y cambiar impresiones, con emigrantes españoles. Todos ellos, los unos carpinteros, los otros mecánicos etc., tenían uno o dos lujosos automóviles, apartamento con todo género de adelantos modernos, destinados a hacer más cómoda la vida doméstica y cuanto un español de su clase pudiera soñar. Ninguno estaba contento con su suerte. Al igual que yo, echaban de menos la tranquilidad, el calorcillo de nuestros bares y cafés, la animación callejera, la cocina casera, el buen vino, y tantas otras cosas imposibles de conseguir allá.

 Los automatismos dominan al pueblo americano, que como fiel cordero se adapta a ellos sin vacilación alguna, obsesionado por la idea del tiempo. Yo, como buen español, opino que sufren mayúsculo error al considerar tiempo perdido el empleado en saborear una buena comida, paladear un café o dormir una discreta siesta. Usted que me lee, ¿cambiaría todo esto, por un frigorífico, una cocina eléctrica o un televisor? No, estoy seguro que no, pues usted como yo, sabe perfectamente que no existe tiempo mejor gastado, que el perdido en el disfrute de estos pequeños placeres tan nuestros, tan españoles.
 A partir de las seis de la tarde, no se ve alma viviente por la calle. Los bares quedan vacíos y los cinematógrafos dan su última sesión, a la que solo asistirá un contadísimo número de espectadores, y a veces ninguno.

 El tráfico enloquecedor del día queda reducido a unos escasos vehículos lanzados a velocidades supersónicas por las amplias avenidas. Los enamorados, estacionan sus automóviles en los lugares más inverosímiles, huyendo de la linterna del policía y en todos los hogares, cada miembro de la familia, busca la postura más cómoda frente al receptor de televisión.
 Completada la carga de grano con destino a Hull en Inglaterra, nos hicimos a la mar en demanda de la Corriente del Golfo que nos proporcionaría uno o dos nudos más de velocidad en nuestro regreso a Europa.

 Mi estancia en Norteamérica había durado aproximadamente un mes, en el transcurso del cual, conocí tres de las ciudades más populosas; la “fortificada” Norfolk , la bella y distinguida Philadelphia y Baltimore además de otras como Gloucester, Wilmington, Portsmouth...tan iguales, que para mi solo se diferenciaban en el nombre.
 Cuando dejamos Cabo Henry por la popa de nuestro noble y maltrecho barco, pensé para mis adentros: ¡América para los americanos¡

 El día 22 de Noviembre de 1958 al ser las 0036 horas del reloj de bitácora el Monte Nuria se encontraba en Latitud 41-45 Norte y Longitud 50-14 Oeste o lo que es lo mismo a menos de 4 millas de donde descansa el Titanic. La sola idea de pensar que en nuestro entorno se produjo la gran tragedia que acabó con la vida de más de 1.500 personas te conmueve, pero el pensar que sus restos yacen ahí abajo en la oscuridad del fondo marino, te sobrecoge.
 Veinte días flotando sobre las calidas aguas de la Corriente del Golfo- ese río de agua templada que cruza el Atlántico de oeste a este- y cabo Finisterre apareció por la proa a la hora más o menos prevista como indicaban “nuestras estrellas”, trayéndonos con sus destellos el aroma de la campiña gallega y la alegría de nuestra España. Una avería en la máquina había obrado el milagro cambiándonos el destino de Inglaterra por el de Bilbao.

 Por la radio supimos que uno de los mejores barcos de pasajeros de la compañía, reparaba en sus astilleros. Esta noticia no me dejaba dormir por las noches.
Pablo

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